La decisión de Donald Trump de sopesar nuevos ataques contra Irán mientras mantiene abierta la vía diplomática refleja tensiones acumuladas durante más de dos décadas en torno al programa nuclear iraní. Las conversaciones internas en Washington, reveladas por The Wall Street Journal, muestran a un presidente que evalúa opciones militares puntuales sin descartar una ofensiva mayor, siempre que no sabotee el objetivo de desmantelar las capacidades atómicas de Teherán.
El contexto actual se remonta al acuerdo nuclear de 2015, del que Estados Unidos se retiró en 2018. Desde entonces, Irán ha incrementado sus reservas de uranio enriquecido y ha reducido la cooperación con la Agencia Internacional de Energía Atómica. Los ataques estadounidenses de junio de 2026, justificados por el incidente del buque M/V Ever Lovely, rompieron un alto el fuego frágil alcanzado apenas dos semanas antes, evidenciando la inestabilidad estructural del memorando de entendimiento firmado recientemente.

Antecedentes de la escalada actual
El estrecho de Ormuz ha sido escenario recurrente de confrontaciones desde la guerra Irán-Irak de los años ochenta. En 2019, ataques a petroleros en la misma zona ya elevaron primas de seguro marítimo en un 300 por ciento. La acusación iraní de que Washington violó el alto el fuego al bombardear posiciones de la Guardia Revolucionaria el 26 de junio pasado sigue el mismo patrón: cada incidente marítimo se convierte en pretexto para escalar o para endurecer posturas negociadoras.
La retórica de Trump sobre que Irán “dejará de existir” si se ve obligado a completar el trabajo militar recuerda declaraciones similares realizadas por Netanyahu en 2024, cuando Israel atacó instalaciones iraníes. Sin embargo, a diferencia de entonces, Washington ahora cuenta con un memorando bilateral que establece plazos concretos hasta el 18 de agosto. La posibilidad de extender esas fechas, mencionada por el propio presidente, indica que la Casa Blanca prioriza evitar un vacío diplomático que podría empujar a Irán hacia acuerdos más estrechos con China o Rusia.
Impactos en la estabilidad regional
Una reanudación de ataques a gran escala afectaría directamente las rutas de suministro energético. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, que han normalizado relaciones con Israel, podrían verse obligados a recalibrar su postura frente a Washington si perciben que una confrontación prolongada amenaza sus propias instalaciones petroleras. El precedente de 2019, cuando drones hutíes respaldados por Irán dañaron la planta de Abqaiq, redujo la producción saudí en un 50 por ciento durante semanas y elevó el precio del Brent por encima de 70 dólares.
Israel, por su parte, observaría con atención cualquier señal de que Estados Unidos está dispuesto a “terminar el trabajo”. Un apoyo explícito o tácito de Washington a operaciones israelíes adicionales podría desencadenar una respuesta iraní a través de proxies en Líbano, Siria e Irak, multiplicando frentes de conflicto simultáneos y complicando la ya delicada situación humanitaria en Gaza.
Consecuencias para la no proliferación nuclear
El riesgo más significativo radica en el efecto demostración para otros países. Si Irán concluye que solo la posesión de armas nucleares garantiza su supervivencia frente a presiones militares, Arabia Saudita y Turquía podrían acelerar sus propios programas. El caso de Corea del Norte, que tras años de sanciones y negociaciones inconclusas realizó su sexta prueba nuclear en 2017, sirve como advertencia concreta: la ausencia de un acuerdo verificable puede consolidar capacidades irreversibles.
Por otro lado, una extensión de las negociaciones más allá de agosto permitiría a la Agencia Internacional de Energía Atómica reforzar mecanismos de inspección. El precedente del acuerdo de 2015 demostró que, aunque imperfecto, el sistema de verificación redujo las reservas de uranio enriquecido iraní en un 98 por ciento durante su vigencia. Recuperar ese nivel de transparencia requeriría concesiones mutuas que Trump, según fuentes cercanas, estaría dispuesto a aceptar siempre que no impliquen levantar sanciones sin contrapartidas verificables.
Repercusiones económicas y políticas internas
En el plano doméstico estadounidense, la opción militar divide a los asesores de Trump. El secretario de Guerra Pete Hegseth y el general Dan Caine han presentado escenarios que contemplan tanto ataques limitados como una campaña aérea sostenida. Sin embargo, el propio presidente ha señalado que otra ronda de bombardeos masivos podría perjudicar las posibilidades de desmantelar el programa nuclear, reconociendo implícitamente que la vía militar no sustituye a la diplomacia cuando el objetivo final es la verificación.
Los mercados ya reflejan esta incertidumbre. Las primas de riesgo en contratos de futuros de petróleo han aumentado desde el incidente del buque singapurense, y las compañías navieras evalúan rutas alternativas alrededor del Cabo de Buena Esperanza. Una escalada prolongada encarecería el transporte global y afectaría cadenas de suministro que aún se recuperan de disrupciones anteriores en el mar Rojo.
A largo plazo, la normalización de relaciones entre Washington y Teherán parece improbable mientras persista la desconfianza mutua. No obstante, la disposición de Trump a aceptar ataques puntuales ante violaciones específicas del memorando abre una ventana estrecha para una contención controlada. El verdadero desafío consistirá en convertir esa contención en un marco estable que impida tanto una guerra regional como una carrera armamentística nuclear en Oriente Medio.
