México mantendrá una política exterior sustentada en el derecho internacional, la solución pacífica de las controversias y el rechazo al uso de la fuerza, afirmó el secretario de Relaciones Exteriores, Roberto Velasco Álvarez. El mensaje, pronunciado durante la inauguración de la 14a Feria del Libro de Relaciones Internacionales, coloca una definición política en el centro de un momento global atravesado por conflictos armados, tensiones entre potencias y una creciente fragilidad de los mecanismos multilaterales.
La posición expuesta por el canciller no plantea una respuesta coyuntural a una crisis específica, sino una línea de conducta para la actuación internacional del país. Bajo la conducción de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, señaló, México busca ejercer una política exterior de principios y resultados. En ese marco, la consistencia no aparece sólo como una exigencia jurídica, sino como un recurso diplomático: un Estado cuya respuesta puede anticiparse en casos comparables gana credibilidad ante aliados, socios, organismos internacionales y gobiernos con los que mantiene diferencias.

La previsibilidad como activo diplomático
Velasco Álvarez resumió esa lógica al sostener que un país que responde de la misma manera ante circunstancias semejantes se vuelve previsible, y que esa previsibilidad constituye “capital diplomático”. La idea tiene implicaciones prácticas. En una etapa en la que los gobiernos ajustan posiciones con rapidez según intereses de seguridad, presión económica o alineamientos geopolíticos, sostener criterios reconocibles puede ampliar la capacidad de interlocución de México, incluso cuando no dispone de instrumentos militares comparables con los de las grandes potencias.
La previsibilidad no equivale a inmovilidad. Una política exterior fundada en normas puede adaptarse a escenarios cambiantes sin abandonar sus referencias básicas: igualdad soberana de los Estados, respeto a las normas internacionales, prohibición de la amenaza o empleo de la fuerza y resolución pacífica de disputas. El desafío consiste en traducir esos principios en decisiones concretas, particularmente cuando los costos políticos de condenar una violación al derecho internacional o de defender una posición jurídica pueden variar según el actor involucrado.
Los antecedentes que busca proyectar la Cancillería
Para explicar esa continuidad, el titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores recordó la decisión del gobierno de Lázaro Cárdenas de recibir a republicanos españoles en 1939. Aquel episodio se ha consolidado como una referencia de la tradición mexicana de asilo y protección humanitaria, además de una demostración de que la política exterior puede expresar una lectura ética y jurídica de los acontecimientos internacionales.
También mencionó la reacción de México tras la irrupción en su Embajada en Quito, Ecuador, en 2024. En ese caso, el gobierno mexicano recurrió a canales jurídicos internacionales para responder a lo que consideró una vulneración a la inviolabilidad de sus instalaciones diplomáticas. La referencia permite vincular una tradición histórica con un caso reciente: la defensa de reglas que protegen la misión diplomática no sólo responde a un interés nacional inmediato, sino a la necesidad de preservar un sistema de garantías que todos los Estados requieren para relacionarse.
La combinación de ambos ejemplos busca mostrar que la diplomacia mexicana pretende sostener una misma premisa frente a hechos distintos: los conflictos entre gobiernos deben encauzarse mediante normas, diálogo e instituciones, no mediante acciones unilaterales. Esa aspiración enfrenta límites evidentes en un orden internacional donde las reglas se aplican de forma desigual, pero también define el terreno desde el cual México procura participar en los debates globales.
Cuando el diálogo se vuelve una herramienta de seguridad
El canciller advirtió que, cuando la desconfianza desplaza al diálogo, los canales de comunicación adquieren una relevancia mayor. Su función no se reduce a mantener contacto protocolario: permiten corregir percepciones erróneas, delimitar posiciones y evitar errores de cálculo que pueden convertir una crisis política en una escalada de mayor alcance. En situaciones de tensión, conservar interlocución puede ser tan importante como fijar una postura pública, porque abre posibilidades para proteger a la población civil y reducir riesgos de confrontación.
Esta perspectiva explica por qué la diplomacia no se presenta como una alternativa pasiva frente a la fuerza. Su eficacia depende de información, preparación técnica, presencia institucional y capacidad para construir puentes entre intereses contrapuestos. Para países de poder medio, el derecho internacional y las instancias multilaterales representan además un espacio donde la influencia no depende exclusivamente del tamaño económico o militar, sino de la capacidad de argumentar, negociar y reunir apoyos.
La feria como espacio de formación y discusión pública
La 14a Feria del Libro de Relaciones Internacionales reúne a 50 expositores en el Instituto Matías Romero. Participan casas editoriales, universidades, centros de pensamiento, dependencias públicas y representaciones acreditadas en México. El programa contempla la presentación de 11 publicaciones y dos mesas de diálogo: una dedicada a la relación de México con Europa y otra centrada en diplomacia, soberanía y seguridad nacional.
El tema elegido para esta edición, el papel de la diplomacia frente a la fuerza en un entorno internacional convulso, traslada una discusión habitualmente reservada a cancillerías y especialistas hacia un espacio público más amplio. Esa apertura es relevante porque las decisiones externas repercuten en asuntos internos: comercio, movilidad humana, seguridad, protección consular, inversión y capacidad de respuesta ante emergencias. Una ciudadanía y una comunidad académica con mayor acceso a estos debates pueden exigir mayor coherencia entre los principios declarados y las acciones del Estado.
Fortalecer la capacidad de anticipar
Entre las prioridades señaladas por Velasco está el fortalecimiento del Instituto Matías Romero, dirigido por el embajador Juan José Bremer, para consolidarlo como centro de pensamiento de la Cancillería y como apoyo para la toma de decisiones. El objetivo revela una necesidad de fondo: la política exterior contemporánea exige más que reacción ante crisis. Requiere análisis prospectivo sobre cambios en la competencia estratégica, la economía global, la tecnología, la seguridad y las nuevas formas de presión entre Estados.
El vínculo entre servicio público y academia puede contribuir a esa tarea si produce diagnósticos útiles y no sólo intercambios formales. Anticipar riesgos permite diseñar alternativas antes de que una crisis reduzca el margen de maniobra; contrastar enfoques académicos con experiencia diplomática ayuda a identificar costos, oportunidades y consecuencias no previstas. En ese sentido, la apuesta mexicana por el derecho y el diálogo adquiere una dimensión operativa: para defender principios en un mundo más incierto, también hace falta conocimiento, preparación institucional y una diplomacia capaz de actuar con coherencia.
