El envío del equipo de Búsqueda y Rescate Urbano (USAR) de El Salvador a Venezuela tras dos terremotos de magnitud superior a 7 representa un caso concreto de cómo las capacidades construidas durante una década pueden traducirse en asistencia inmediata. El director de Protección Civil, Luis Alonso Amaya, detalló en entrevista televisiva que la unidad opera bajo estándares INSARAG de Naciones Unidas y que El Salvador ocupa actualmente la presidencia pro tempore de ese organismo. Las operaciones se concentran en La Guaira y Caracas, donde las réplicas continúan y la densidad de escombros exige protocolos de precisión.
El contingente viaja con alimentación, agua, herramientas, insumos médicos y estructuras de pernocta propias. Esta autonomía elimina la necesidad de recursos locales que ya escasean tras el desastre. La estructura interna se divide en cuatro componentes claramente diferenciados: mando para planificación de turnos y asignación de zonas; búsqueda y rescate para ingreso directo a estructuras colapsadas; médico para estabilización dentro de los escombros; y logístico para mantenimiento de equipos y sostenimiento del campamento.

La experiencia acumulada desde la misión en Haití en 2011 permitió a El Salvador alcanzar certificación internacional sin depender de asistencia externa permanente. Ese antecedente explica por qué el equipo puede coordinar directamente con unidades de países de mayor desarrollo económico. El principio de autosostenibilidad, repetido por Amaya, se convierte en requisito operativo más que en declaración de principios: cualquier contingente que consuma recursos del país receptor genera fricción y reduce la eficiencia global de la respuesta.
Impacto en la arquitectura de respuesta humanitaria latinoamericana
La presencia salvadoreña altera la dinámica tradicional en la que los equipos de rescate provienen casi exclusivamente de Europa o Norteamérica. Países de renta media baja demuestran que pueden mantener unidades certificadas si invierten de forma sostenida en entrenamiento y equipamiento. Esta realidad cuestiona la suposición de que solo las economías grandes poseen capacidad técnica para operaciones complejas bajo escombros.
Para Venezuela, la llegada de un equipo que no requiere alojamiento ni víveres locales reduce la presión sobre cadenas de suministro ya fracturadas. Para otros Estados de la región, el caso salvadoreño ofrece un modelo replicable: la combinación de certificación INSARAG con experiencia previa en Haití genera credibilidad que facilita la aceptación política de la ayuda.
Tres observaciones derivadas del despliegue
Primera: la preparación técnica no surge de manera espontánea. El paso por Haití en 2011 permitió identificar fallas en coordinación, abastecimiento y comunicación que luego se corrigieron mediante ejercicios periódicos. Esa secuencia temporal demuestra que la certificación internacional es resultado acumulativo más que logro aislado.
Segunda: el uso simultáneo de métodos manuales (“llamado y escucha”) y tecnología infrarroja no es redundante. Las cámaras detectan calor pero fallan cuando las víctimas están protegidas por capas de material aislante; los perros y el oído humano complementan esa limitación. La decisión de mantener ambos protocolos refleja aprendizaje práctico, no apego a tradiciones.
Tercera: el componente logístico resulta tan crítico como el operativo. Equipos que deben abandonar la zona por falta de agua potable o baterías agotadas pierden horas valiosas. La autonomía declarada por el director Amaya traduce esta lección en política concreta.
Perspectivas de los actores involucrados
Desde la óptica del Gobierno de El Salvador, la misión refuerza su posición como proveedor regional de asistencia técnica y eleva el perfil diplomático derivado de la presidencia pro tempore en INSARAG. Para las autoridades venezolanas, la llegada de personal certificado sin costo adicional representa alivio inmediato en una emergencia de gran escala. Organismos internacionales observan que la participación de equipos latinoamericanos reduce la dependencia histórica de unidades del norte y diversifica las rutas de cooperación.
Existen tensiones potenciales. Algunos sectores venezolanos podrían interpretar la presencia extranjera como injerencia, aunque el marco humanitario y la ausencia de condiciones políticas mitigan ese riesgo. Del lado salvadoreño, mantener la sostenibilidad del equipo a largo plazo exige presupuesto continuo que podría competir con otras prioridades internas.
Tendencias y riesgos futuros
El modelo salvadoreño apunta hacia mayor cooperación Sur-Sur en gestión de desastres. Si otros países medianos replican la ruta de certificación INSARAG y entrenamiento en escenarios reales, la región podría reducir tiempos de respuesta ante eventos sísmicos frecuentes en el Cinturón de Fuego. Sin embargo, el mantenimiento de perros entrenados, renovación de equipos de visión térmica y realización de ejercicios conjuntos requieren financiamiento estable que no todos los presupuestos nacionales garantizan.
Los riesgos operativos incluyen réplicas que pueden colapsar estructuras ya apuntaladas y la fatiga acumulada del personal que opera en turnos prolongados. En el plano político, cambios de administración en cualquiera de los dos países podrían alterar la continuidad de los acuerdos de asistencia mutua. La autosostenibilidad mitiga parte de estos riesgos, pero no los elimina por completo.
La operación actual confirma que la capacidad de respuesta efectiva depende tanto de la preparación técnica como de la disciplina logística. El Salvador ha convertido lecciones de 2011 en protocolos operativos que ahora se aplican en Venezuela, demostrando que la distancia geográfica y el nivel de desarrollo no son obstáculos insalvables cuando existe planificación previa y compromiso sostenido.
