Una filtración en el techo, un cable expuesto, una carretera bloqueada o una zona inundada pueden alterar una jornada laboral en cuestión de minutos. Ante la posible intensificación de lluvias y eventos asociados al fenómeno El Niño, especialistas en salud ocupacional advierten que la prevención empresarial debe abarcar tanto las instalaciones como el traslado seguro de los trabajadores, la continuidad de operaciones y la capacidad de respuesta frente a emergencias.
Los riesgos no se reducen a huaicos, desbordes de ríos o precipitaciones intensas. También incluyen accidentes en ruta, interrupciones de electricidad y agua, contaminación de fuentes de abastecimiento, dificultades sanitarias y problemas para evacuar. En ese escenario, la preparación previa es determinante: una empresa puede mantener operativo su local, pero aun así quedar limitada si su personal no puede llegar o volver a casa sin exponerse a peligro.

La prevención comienza antes de la emergencia
Kharla Heredia, médico ocupacional y gerente del centro especializado en salud ocupacional EstarBien, señaló que uno de los principales errores es activar protocolos recién después de un evento extremo. A su juicio, los planes de contingencia deben construirse con información concreta sobre las zonas donde residen los empleados, las rutas que utilizan, los servicios esenciales que requiere la organización y las labores que no pueden detenerse.
Una vía interrumpida, un puente afectado o una quebrada activada pueden aislar a trabajadores clave incluso cuando la sede laboral permanece en condiciones de funcionar. Por ello, la identificación de puestos críticos debe ir acompañada de reemplazos temporales, acceso compartido a información operativa y capacitación previa. La medida busca evitar que la ausencia de una sola persona paralice un proceso esencial o empuje a otros trabajadores a asumir tareas para las que no están preparados.
El trabajo remoto, los cambios de horario, el traslado temporal a otra sede y la redistribución de funciones son alternativas que pueden reducir la exposición al riesgo. Sin embargo, su utilidad depende de que se definan con anticipación y de que existan condiciones mínimas de conectividad, coordinación y seguridad. Improvisar estas decisiones durante una inundación o un corte de servicios suele agravar la desorganización operativa.
Protocolos conocidos y riesgos actualizados
Los trabajadores deben contar con un plan de contingencia actualizado y accesible, no con un documento archivado que solo conozcan algunas áreas de la empresa. El protocolo debe precisar qué acciones tomar ante una alerta, qué números o canales de comunicación usar, qué rutas deben evitarse, dónde están los puntos de reunión y quiénes tienen la responsabilidad de activar la respuesta y coordinar una evacuación.
Heredia remarcó que las capacitaciones y los simulacros son parte central de esa preparación, porque permiten contrastar el procedimiento formal con las condiciones reales de cada centro de trabajo. El personal conoce los puntos de aniego habituales, las limitaciones de las rutas cercanas y los obstáculos que pueden surgir durante un traslado. Incorporar esa información mejora la calidad de las decisiones y permite detectar fallas antes de una emergencia.
Asimismo, corresponde actualizar la Identificación de Peligros, Evaluación de Riesgos y Determinación de Controles, conocida como IPERC. En el contexto de El Niño, esta herramienta debe incluir amenazas como lluvias intensas, huaicos, inundaciones, fallas eléctricas, contaminación de agua, deterioro de estructuras y restricciones de transporte. La evaluación no debe limitarse a registrar el riesgo: debe establecer controles concretos, responsables y mecanismos de seguimiento.
Alertar a tiempo reduce la exposición
Entre las medidas básicas que los empleados pueden exigir figuran la identificación de rutas y zonas vulnerables, canales claros para reportar peligros, responsables definidos, capacitación previa y opciones para los casos en que asistir presencialmente sea inseguro. Filtraciones, instalaciones eléctricas expuestas, paredes deterioradas o áreas anegadas deben ser comunicadas de inmediato para que la empresa evalúe el peligro y adopte controles.
Cuando existe un riesgo evidente, continuar una actividad sin medidas de protección puede transformar una incidencia menor en un accidente. La comunicación temprana cumple una función preventiva, especialmente en labores que dependen de equipos eléctricos, acceso por escaleras, transporte de carga o desplazamientos frecuentes. El reporte de una condición insegura no constituye una interrupción injustificada del trabajo, sino un insumo para prevenir daños a las personas y a la operación.
Las MYPE también deben asegurar operaciones esenciales
Las micro y pequeñas empresas no necesariamente requieren documentos extensos para prepararse, pero sí un diagnóstico realista de sus vulnerabilidades. Deben reconocer qué actividades sostienen el negocio, qué productos o servicios son indispensables, cuáles son sus proveedores críticos y qué alternativas existen si una ruta queda bloqueada o un suministro se interrumpe.
La continuidad operativa no implica mantener todas las actividades a cualquier costo. En circunstancias adversas, puede consistir en reducir temporalmente la atención, reorganizar turnos, usar canales remotos o trasladar funciones a un punto seguro. La prioridad, según la recomendación de salud ocupacional, es que esas decisiones estén previstas antes de que las lluvias, los huaicos o los cortes de servicios obliguen a actuar sin información suficiente y con trabajadores expuestos.
