Un glaciar colapsó en el Himalaya y sepultó el paso entre Nepal y China en siete minutos

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La frontera entre Nepal y China quedó transformada en cuestión de minutos por una cadena de fenómenos geológicos que convirtió el valle de Gyirong en un corredor de lodo, hielo y rocas. El 26 de agosto, un desprendimiento originado en las cotas altas del Himalaya recorrió casi 20 kilómetros hasta alcanzar el cruce fronterizo de Rasuwagadhi-Gyirong. Cuando la masa llegó a las instalaciones, a las 10:59 de la mañana, habían transcurrido apenas siete minutos desde el inicio del colapso.

El paso era uno de los principales puntos de conexión terrestre entre ambos países. Allí funcionaban oficinas aduaneras, vías de acceso, un puente para vehículos y zonas destinadas al estacionamiento de camiones y automóviles. La corriente arrastró también una fila de aproximadamente 300 vehículos que esperaba completar el cruce. El balance preliminar incluye víctimas mortales y personas desaparecidas, aunque las condiciones del terreno y el riesgo de nuevas inundaciones han dificultado las labores de rescate.

La comparación satelital que revela la magnitud del desastre

Las imágenes obtenidas por la compañía Vantor permiten observar el cambio con una precisión difícil de captar desde tierra. En la toma del 19 de abril, el complejo fronterizo aparece operativo y claramente delimitado: se distinguen los edificios de control, el estacionamiento, el puente y las carreteras que siguen el curso de los ríos Trishuli y Kerung, conocido como Gyirong en territorio chino.

La imagen del 27 de agosto muestra un escenario completamente distinto. Las construcciones han desaparecido bajo una capa extensa de sedimentos y escombros, mientras el cauce se presenta ensanchado y cubierto de fango. No solo quedó destruida la aduana: también fueron cortadas las carreteras y el suministro eléctrico, lo que dejó temporalmente inutilizada una infraestructura esencial para el comercio, el tránsito local y el turismo transfronterizo.

La diferencia entre ambas imágenes no representa simplemente la pérdida de un edificio. Expone cómo una infraestructura concentrada en un valle estrecho puede quedar anulada cuando el terreno canaliza una avalancha hacia un único punto. En zonas montañosas, las carreteras, los puentes y los pasos aduaneros suelen seguir los mismos corredores naturales que utilizan los ríos. Esa coincidencia reduce los costos de construcción, pero aumenta la exposición frente a crecidas súbitas y flujos de detritos.

De una avalancha de hielo a un torrente a 180 kilómetros por hora

Guo Zhaocheng, director del centro de monitoreo e investigación de desastres geológicos del Centro Chino de Prospección Aerogeofísica y Teledetección para Recursos Naturales, explicó que el desprendimiento comenzó en la cuenca alta del río Chhochen Khola, un afluente del Lhende Khola situado en el lado nepalí de la cordillera.

Según sus cálculos, el flujo descendió desde una altitud aproximada de 5.140 metros hasta el puerto de Gyirong, ubicado a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar. La diferencia vertical, cercana a 3.300 metros, se concentró en una distancia de unos 20 kilómetros. Ese desnivel proporcionó al material una enorme cantidad de energía potencial gravitatoria y explica que la velocidad media alcanzara alrededor de 50 metros por segundo, equivalente a unos 180 kilómetros por hora.

El especialista describe el proceso como una secuencia de tres fases. Primero se produjo una avalancha de hielo en las alturas. Después, el hielo y la roca se transformaron en un flujo de detritos de alta velocidad. Finalmente, el material se convirtió en un torrente de lodo capaz de sepultar el valle. Mientras descendía, la corriente erosionó las orillas y el lecho del cauce, incorporando sedimentos, bloques de roca y agua. Ese aumento progresivo de volumen hizo que el desastre se amplificara durante el trayecto, en lugar de perder fuerza.

El peligro no terminó con la primera inundación

La emergencia continuó después de que el aluvión alcanzara la frontera. El deslizamiento formó un nuevo lago represado por escombros, una barrera natural cuya estabilidad resulta difícil de evaluar. Las tareas de rescate fueron suspendidas cuando el agua comenzó a sobrepasar el dique, una señal de que podía producirse una segunda crecida repentina con capacidad para arrastrar más material hacia las zonas bajas.

Gyirong permaneció bajo alerta ante la posibilidad de nuevos deslizamientos, desprendimientos e inundaciones súbitas. El pronóstico de varios días de precipitaciones elevó la preocupación, porque la lluvia puede saturar los sedimentos recién depositados y debilitar las barreras formadas por rocas, hielo y barro. En este tipo de escenarios, el riesgo no depende únicamente del volumen de agua: también influye la rapidez con que el terreno pierde cohesión y la posibilidad de que un lago temporal se vacíe de forma abrupta.

Una región cada vez más expuesta al cambio climático

Guo situó el desastre dentro de una vulnerabilidad más amplia del Himalaya. La combinación de glaciares inestables, lagos supraglaciares y pendientes extremas crea condiciones favorables para fenómenos capaces de desarrollarse con escaso margen de reacción. El calentamiento regional puede acelerar la pérdida de hielo y modificar la estabilidad de las paredes rocosas, aunque la atribución precisa de un evento concreto requiere estudios geológicos y climáticos detallados.

La tragedia de Rasuwagadhi-Gyirong tampoco constituye un episodio aislado. En julio de 2025, el desbordamiento repentino de un lago supraglaciar ya había provocado una crecida que afectó al mismo puerto fronterizo. La repetición de emergencias en una infraestructura estratégica plantea un problema que supera la respuesta inmediata: la continuidad del paso dependerá de nuevos estudios de riesgo, sistemas de alerta temprana, rutas de evacuación y una revisión de las obras construidas en los corredores de los ríos.

La imagen satelital del antes y el después resume la dimensión visible de la catástrofe, pero también deja una advertencia operativa. Siete minutos bastaron para borrar una aduana, un puente, carreteras y cientos de vehículos; para reducir el riesgo futuro, las autoridades deberán anticiparse a procesos que comienzan mucho antes de que el agua y el lodo lleguen al valle.

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