El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró este miércoles que su influencia ha contribuido a modificar el mapa político de América Latina, con la llegada o el fortalecimiento de gobiernos de derecha dispuestos a estrechar su relación con Washington. Durante una intervención ante periodistas en el Despacho Oval, el mandatario presentó esa evolución como un cambio continental: países que, según afirmó, estaban bajo liderazgos de izquierda habrían comenzado a desplazarse hacia posiciones más afines a su Administración.
“Nuestro continente realmente está resultando muy distinto de lo que era. Han pasado de la izquierda a la derecha. Todos están yendo hacia la derecha”, declaró Trump. También sostuvo que varios países latinoamericanos carecían de respeto por Estados Unidos hace dos años y que ahora Washington ha recuperado capacidad de interlocución y respaldo político en la región.

Las declaraciones combinan una lectura electoral con una definición de política exterior. Trump no se limitó a celebrar la afinidad ideológica de algunos gobiernos: intentó presentar los cambios de liderazgo como una evidencia de que su estrategia de respaldo público, vínculos directos con candidatos y presión diplomática está produciendo resultados. Esa interpretación, sin embargo, simplifica procesos nacionales marcados por factores internos como la seguridad, la inflación, el desgaste de los oficialismos y la fragmentación de las coaliciones políticas.
Colombia, el principal ejemplo en el discurso presidencial
Trump citó de manera especial la llegada al poder del ultraderechista Abelardo de la Espriella en Colombia, tras la salida del izquierdista Gustavo Petro. El presidente estadounidense recordó que respaldó a De la Espriella durante la segunda vuelta y se atribuyó una parte de la victoria al señalar que el nuevo mandatario no era favorito en la contienda. El caso colombiano tiene una relevancia particular para Washington por el peso de la cooperación antidrogas, la migración regional, la seguridad fronteriza y el vínculo histórico entre ambos países.
La transición en Bogotá puede abrir una etapa de coordinación más fluida con la Casa Blanca, especialmente si el nuevo Gobierno adopta posiciones cercanas a Trump en materia de seguridad, inversiones y política hacia Venezuela. Pero el margen de acción no depende únicamente de la sintonía entre presidentes. Colombia conserva instituciones, fuerzas políticas y prioridades económicas propias, mientras que cualquier alineamiento exterior deberá medirse frente a demandas internas de empleo, desarrollo territorial y control de la violencia.
Una red de socios con intereses distintos
El mandatario también mencionó su relación con Argentina, donde mantiene una estrecha cercanía con Javier Milei y asegura haber ayudado a “muchas personas” a ganar elecciones. La afinidad entre ambos gobiernos ha sido visible en el discurso económico liberal, la crítica a organismos multilaterales y la defensa de una agenda política más confrontativa frente a la izquierda regional. Para Argentina, el vínculo con Washington puede aportar respaldo político y facilitar canales de diálogo financiero, aunque no sustituye los desafíos estructurales de su economía.
Trump incluyó entre los gobiernos alineados con su visión a los de Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador y Perú. No obstante, agruparlos bajo una misma categoría puede ocultar diferencias decisivas. Algunos privilegian la cooperación en seguridad; otros buscan inversión, acceso comercial o respaldo frente a crisis internas. La coincidencia ideológica puede facilitar reuniones y declaraciones conjuntas, pero no garantiza posiciones idénticas sobre aranceles, migración, China, cambio climático o la política hacia Cuba y Venezuela.
Brasil y México limitan la idea de un viraje uniforme
La afirmación de que “todos” avanzan hacia la derecha encuentra límites evidentes en Brasil y México, los dos principales bastiones de la izquierda latinoamericana. Brasil sigue gobernado por Luiz Inácio Lula da Silva, aunque su escenario electoral se encamina a una nueva disputa en octubre frente a Flávio Bolsonaro, aliado de Trump. El presidente estadounidense afirmó mantener una buena relación con Brasil pese a las tensiones entre ambas administraciones, una señal de que los intereses comerciales y estratégicos obligan a preservar canales de contacto incluso entre gobiernos rivales.
En México, Claudia Sheinbaum encabeza un Gobierno de izquierda cuya relación con Washington está condicionada por asuntos de alta sensibilidad: comercio bajo el T-MEC, migración, combate al narcotráfico, seguridad fronteriza y cadenas de suministro. La interdependencia entre ambos países vuelve improbable una relación definida solo por la afinidad partidista. Para la Casa Blanca, México es a la vez socio económico indispensable, vecino inmediato y punto central de su agenda doméstica.
La disputa por el relato regional
La utilidad política de las palabras de Trump radica en convertir victorias electorales de aliados en una demostración de liderazgo estadounidense. Ese relato puede reforzar a candidatos conservadores que presenten la cercanía con Washington como una garantía de seguridad, inversión o influencia internacional. También puede ofrecer a sus adversarios un argumento para denunciar injerencia externa, sobre todo en países donde la soberanía y la memoria de intervenciones estadounidenses siguen ocupando un lugar relevante en el debate público.
El mapa latinoamericano, por tanto, no parece definido por un giro ideológico único ni irreversible. La región continúa atravesada por electorados volátiles, economías con bajo crecimiento, demandas de seguridad y una profunda desconfianza hacia los partidos tradicionales. La capacidad de Trump para consolidar alianzas dependerá menos de las declaraciones en Washington que de los resultados concretos que sus socios puedan ofrecer a sus ciudadanos y de la disposición estadounidense a sostener relaciones estables incluso cuando cambien los gobiernos.
