Los sismos de 7.2 y 7.5 grados que sacudieron el norte de Venezuela el 26 de junio han dejado un saldo preliminar de 589 muertos, 2.980 heridos y más de 50.000 desaparecidos, según estimaciones del jefe de ayuda humanitaria de la ONU, Tom Fletcher. La mayor destrucción se concentra en La Guaira, donde decenas de edificios colapsaron y la población enfrenta la ausencia de maquinaria pesada para las labores de rescate.
Vecinos y voluntarios trabajan con herramientas manuales entre los escombros, mientras denuncian que las autoridades no han desplegado los recursos militares disponibles. La presidenta interina Delcy Rodríguez declaró la zona como desastre, pero el avance de las operaciones sigue siendo lento tras casi 48 horas.

Escasez de recursos y críticas locales
La falta de equipos especializados obliga a los rescatistas a depender de martillos y linternas para detectar posibles sobrevivientes. En redes circula una lista no oficial con más de 51.000 nombres de desaparecidos, lo que refleja la magnitud del caos en una región ya vulnerable por su historia sísmica, sin un evento de esta escala desde 1997.
Ayuda internacional en camino
Equipos de rescate de 17 países, entre ellos México, Colombia, Ecuador y El Salvador, han comenzado a llegar. Estados Unidos anunció 150 millones de dólares y el envío de buques y helicópteros, mientras la líder opositora María Corina Machado pidió liberar a presos políticos para que puedan reunirse con sus familias en medio de la tragedia.
El seísmo se sintió en Colombia y ya se registran más de 130 réplicas. La complejidad del rescate radica tanto en la extensión de los escombros como en las limitaciones logísticas que enfrenta un país con infraestructura dañada y tensiones políticas internas.
