Las autoridades rusas derribaron 660 drones ucranianos en una sola noche, el mayor ataque registrado hasta la fecha contra territorio ruso. La cifra supera el récord anterior de 556 aparatos alcanzado en mayo y refleja una escalada sostenida que ya promedia 220 drones diarios durante 2026.

La capital fue objetivo de unos 50 drones que no alcanzaron sus blancos. En respuesta, helicópteros desplegaron sistemas antiaéreos Pantsir-S1 sobre tejados residenciales a primera hora de la mañana, una medida visible que busca transmitir control ante la población.
Impacto en la infraestructura energética
Los ataques también alcanzaron depósitos de combustible en Krasnodar y dos refinerías en Ufá, más de 1.100 km al este de Moscú. El resultado inmediato ha sido escasez de gasolina en al menos sesenta regiones, con largas filas de vehículos en estaciones de servicio. En Crimea, las restricciones de repostaje vigentes desde finales de mayo han provocado una caída del 40 % en el turismo ruso, un golpe simbólico para la narrativa oficial que presenta la península como trofeo nacional.
Estrategia ucraniana de presión sostenida
Kiev ha anunciado una operación de cuarenta días del Servicio de Seguridad para mantener la presión sobre Moscú. Al combinar ataques a distancia con el deterioro de la logística energética rusa, Ucrania busca elevar el costo interno de la guerra sin necesidad de avances territoriales significativos. Las defensas rusas, aunque eficaces en términos numéricos, muestran límites ante la intensidad y dispersión de los lanzamientos.
La instalación nocturna de baterías antiaéreas en pleno centro de Moscú evidencia que el Kremlin ya no puede limitar la respuesta a las regiones fronterizas. El mensaje visual dirigido a los moscovitas indica que la capital misma ha entrado en la zona de riesgo directo.
