La Liga Árabe inicia una nueva etapa con la llegada del egipcio Nabil Fahmy como secretario general por cinco años. El organismo enfrenta una disyuntiva clara: impulsar una reforma profunda que le otorgue capacidad real de acción o continuar anclado en un panarabismo que perdió vigencia hace décadas.
Tensión regional sin mediación efectiva
El acuerdo entre Líbano e Israel, negociado al margen de la Liga, ilustra esta debilidad. Beirut deberá desarmar solo a Hezbolá, respaldado por Irán, mientras la organización permanece inactiva. Críticas similares provienen del Golfo tras ataques iraníes contra Kuwait, Baréin y Emiratos Árabes Unidos, donde se cuestiona la incapacidad de defender la soberanía de sus miembros.

Desde su fundación en 1945, la Liga fracasó en su objetivo central: la cuestión palestina y la defensa común. Las guerras de 1948 y 1967, la suspensión de Egipto (1979-1990), la invasión de Kuwait y las divisiones de la Primavera Árabe confirmaron la primacía de intereses nacionales sobre cualquier solidaridad colectiva.
El reto de Fahmy
La Carta exige unanimidad para decisiones vinculantes, lo que permite a cada Estado priorizar sus propias constituciones. Fahmy deberá flexibilizar este mecanismo y convertir la Liga en un bloque pragmático capaz de proteger intereses económicos y de seguridad comunes. Sin cambios estructurales, el organismo seguirá siendo un foro de declaraciones sin fuerza coercitiva.
