El aumento de las infecciones de transmisión sexual en Argentina ya no puede leerse solo como una consecuencia de la falta de información. Los datos de sífilis muestran una tendencia sostenida: 26.647 casos notificados en 2022, 32.293 en 2023 y 36.917 en 2024, cuando la tasa global alcanzó 93 casos por cada 100.000 habitantes. En 2025, el acumulado llegó a 55.183 diagnósticos, un 71% por encima del valor mediano registrado entre 2020 y 2024, según información del Boletín Epidemiológico Nacional difundida previamente.
La fecha del Día Mundial de la Salud Sexual, que se conmemora este 4 de septiembre, encuentra así un escenario en el que conviven herramientas de prevención conocidas, pruebas disponibles y tratamientos eficaces con una persistente dificultad para transformar esos recursos en prácticas habituales. El fenómeno no es exclusivo del país: la Organización Mundial de la Salud estima que más de un millón de personas contraen una ITS cada día y que unas 376 millones adquieren anualmente sífilis, gonorrea, clamidia o tricomoniasis.

La magnitud global incluye además infecciones de alta circulación que muchas veces quedan fuera de la conversación cotidiana sobre salud sexual. La OMS calcula que más de 290 millones de mujeres viven con virus del papiloma humano y que más de 500 millones de personas tienen infección genital por herpes simple. Estas cifras describen un problema sanitario amplio, pero también revelan un límite de las campañas centradas únicamente en la advertencia: conocer que existe un riesgo no garantiza que se lo perciba como cercano en una relación concreta.
La sífilis puede avanzar mientras parece haber desaparecido
La sífilis, causada por la bacteria Treponema pallidum, es prevenible, diagnosticable y curable. Sin embargo, su capacidad de transitar etapas con signos leves, transitorios o inexistentes favorece los diagnósticos tardíos y la continuidad de las transmisiones. Isabel Cassetti, directora médica de Helios Salud, explicó que se transmite principalmente por contacto sexual sin protección con una persona infectada y también puede pasar durante el embarazo de la persona gestante al bebé, con riesgo de sífilis congénita.
En la etapa primaria suele aparecer un chancro: una llaga redonda, dura y habitualmente indolora en genitales, ano u otras zonas de contacto. Puede desaparecer por sí sola en pocos días, pero esa aparente mejoría no elimina la infección. La OMS señala que esta fase dura alrededor de 21 días y advierte que la lesión puede transmitir la bacteria si no queda cubierta correctamente por el preservativo. El dato es relevante porque la ausencia de dolor o la desaparición de la marca puede interpretarse erróneamente como una señal de seguridad.
Sin tratamiento, la infección puede pasar a una fase secundaria, con sarpullido que suele aparecer en palmas y plantas, lesiones en mucosas, fiebre o inflamación de ganglios. Luego puede ingresar en una etapa latente sin síntomas. Años después, la enfermedad puede comprometer el sistema nervioso, el corazón y los vasos sanguíneos. La secuencia explica por qué la consulta temprana no depende de esperar manifestaciones evidentes: una ITS puede continuar activa aun cuando no genere molestias perceptibles.
El preservativo todavía carga con mitos dentro de vínculos estables
Especialistas del Hospital de Clínicas de la UBA identifican una distancia entre la información básica disponible y la aceptación efectiva del preservativo. La ginecóloga y sexóloga Silvina Valente, directora del Programa de Salud Sexual y Sexología Clínica de esa institución, sostiene que el problema central no es solo desconocer la función preventiva del método, sino una resistencia persistente a incorporarlo. Esa resistencia adquiere formas distintas: pérdida de percepción de riesgo, confianza asociada a la juventud o a la estabilidad de la pareja, y temor a que proponer su uso sea leído como sospecha de infidelidad.
Un caso relatado por el programa resume esa lógica. Un joven de 18 años decidió no utilizar protección al comenzar su vida sexual con una pareja de su misma edad porque asumió que ella estaba sana. Semanas después recibió un diagnóstico de gonorrea. El impacto no provino únicamente de la infección, sino de que el riesgo estaba asociado en su imaginario a encuentros múltiples o casuales, no a una relación que consideraba segura. La edad y el tipo de vínculo, sin embargo, no son indicadores clínicos del estado de salud sexual de una persona.
Analia Urretavizcaya, psicóloga y sexóloga del mismo equipo, remarcó que las mucosas de vagina, pene, ano y boca son permeables y pueden sufrir pequeñas fisuras imperceptibles durante las relaciones. Por eso una sola exposición puede ser suficiente para transmitir gonorrea, clamidia, sífilis o VIH en fase aguda, incluso cuando no hay síntomas. También persisten creencias sobre una supuesta reducción del placer o dificultades de erección atribuidas al látex, cuando la ansiedad, la falta de experiencia y la presión del momento pueden tener un peso mayor.
Diagnosticar a tiempo corta una cadena que suele ser silenciosa
La respuesta sanitaria requiere combinar prevención con acceso ágil al diagnóstico. Las recomendaciones incluyen realizar pruebas después de relaciones sin preservativo, cuando una pareja recibe el diagnóstico de una ITS, durante el embarazo y como parte de controles periódicos en personas sexualmente activas. Además de los estudios de laboratorio, las pruebas rápidas permiten ampliar el testeo en distintos ámbitos y obtener resultados en pocos minutos.
Para la mayoría de los cuadros de sífilis, la penicilina continúa siendo el tratamiento indicado por las guías internacionales, aunque el esquema debe definirse según el estadio y la evaluación médica. El abordaje no termina con tratar a una sola persona: evaluar y tratar a las parejas sexuales resulta decisivo para evitar reinfecciones y nuevas transmisiones. En el embarazo, la oportunidad es aún más crítica, porque el testeo prenatal y el tratamiento inmediato ante un resultado positivo pueden prevenir la sífilis congénita.
El crecimiento de los casos plantea, por lo tanto, una discusión que excede la conducta individual. Hacen falta servicios accesibles, disponibilidad sostenida de preservativos, consultas sin estigma y mensajes que cuestionen la falsa oposición entre confianza y cuidado. La salud sexual no se fortalece únicamente con advertencias sobre el peligro: se fortalece cuando la prevención puede sostenerse en relaciones reales, sin que pedir protección sea interpretado como una acusación y sin que la ausencia de síntomas se confunda con ausencia de infección.
