La dimisión de Dan Driscoll como secretario del Ejército estadounidense ha convertido una pugna interna conocida en una crisis institucional de primer orden. Según las informaciones publicadas por medios como The Atlantic y The New York Times, Driscoll abandonó el cargo tras discrepar de la reorganización promovida por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, especialmente por el bloqueo de ascensos y la salida de altos mandos. El episodio no se limita a un relevo político: ocurre mientras el Ejército pierde responsables civiles y militares en puestos clave y trata de sostener operaciones globales con una estructura de mando alterada.
Una dimisión precedida por un aviso directo a Trump
Driscoll habría trasladado personalmente al presidente Donald Trump sus objeciones y la posibilidad de renunciar si la política de cambios seguía adelante. Su preocupación se concentraba en dos frentes: la congelación de promociones de oficiales y la incorporación de criterios ideológicos y de género a decisiones que tradicionalmente se justifican por experiencia operativa, disponibilidad y méritos profesionales. La posterior dimisión sugiere que el canal directo con la Casa Blanca no fue suficiente para modificar el rumbo fijado desde el Pentágono.

La importancia de ese choque radica en la posición que ocupaba Driscoll. El secretario del Ejército es la principal autoridad civil de esa rama y actúa como puente entre la conducción política, el Congreso y la jerarquía uniforme. Su salida deja al Departamento de Defensa con menos voces capaces de discutir internamente una agenda que Hegseth ha presentado como una recuperación de la “letalidad” y de una cultura militar más tradicional.
La cadena de ceses alcanza a la cúpula operativa
La disputa se desarrolla en paralelo a una secuencia de destituciones sin explicaciones públicas detalladas. Hegseth habría apartado ya a 24 generales y almirantes, una cifra inusual por su amplitud y por la rapidez con que se ha concentrado. Entre los últimos relevados figuran Randy A. George, jefe de Estado Mayor del Ejército; William Green, jefe de capellanes; y David Hodne, responsable del Comando de Transformación y Entrenamiento.
El caso de George adquirió especial peso porque, de acuerdo con The New York Times, se opuso junto a Driscoll al bloqueo de cuatro ascensos a general. Dos de los oficiales eran afroamericanos y dos eran mujeres. Ambos habrían defendido que los candidatos contaban con expedientes sólidos, frente al intento de retirar sus nombres de una lista de 29 aspirantes. Que esos nombramientos quedaran paralizados y que quienes cuestionaron la decisión terminaran fuera alimenta la percepción de que no se trata solo de una revisión administrativa, sino de una redefinición política del liderazgo militar.
La agenda contra lo “woke” llega a los cuadros de mando
Hegseth ha identificado la diversidad, la inclusión y determinadas políticas de género como factores que, a su juicio, habrían debilitado la capacidad de combate. Bajo esa premisa, el Pentágono ha eliminado referencias a diversidad en páginas institucionales y redes sociales, ha restringido el servicio de personas transgénero y ha revisado iniciativas internas vinculadas a representación y equidad. También ha utilizado una retórica que asocia la preparación militar con una idea muy específica de masculinidad.
La controversia se intensificó tras el anuncio de pruebas de testosterona para militares mayores de 30 años. La medida y las declaraciones que la acompañaron han abierto un debate que excede el plano cultural. Las Fuerzas Armadas dependen de estándares físicos verificables, pero convertir atributos biológicos o identitarios en señal política puede afectar el reclutamiento, la retención de especialistas y la confianza de quienes ya integran una institución profesionalmente diversa. La cuestión central no es si el Ejército debe mantener exigencias de aptitud, sino si estas se aplican con criterios operativos consistentes y no como instrumento de alineamiento ideológico.
El coste inmediato es un mando más frágil
La salida de Driscoll coincide con varias vacantes o relevos en la parte superior de la cadena de mando. El Ejército, con más de 450.000 soldados en servicio activo desplegados en distintos continentes, queda sin su máximo responsable civil confirmado, sin un jefe militar respaldado por el Senado y sin algunos responsables operativos de primer nivel. Este tipo de vacíos no implica automáticamente un colapso funcional, porque existen sustituciones temporales y procedimientos establecidos, pero reduce la continuidad necesaria para gestionar presupuestos, promociones, entrenamiento y despliegues de largo alcance.
El riesgo aumenta por el contexto estratégico. La destitución de George se produjo poco después del inicio de la Operación Furia Épica contra Irán, según el relato de la información de origen. En momentos de tensión exterior, las reorganizaciones masivas pueden generar incertidumbre en aliados, mandos subordinados y legisladores que deben aprobar nombramientos. La eficacia militar no depende únicamente de la disciplina vertical: también requiere que los cuadros sepan qué criterios rigen su carrera y qué prioridades permanecerán estables más allá de una disputa política coyuntural.
La sucesión definirá el margen de autonomía del Ejército
El subsecretario Michael Obadal aparece como opción para asumir provisionalmente, aunque en Washington también ha crecido la especulación sobre un posible nombramiento de Sean Parnell, actual portavoz del Departamento de Defensa y veterano del Ejército. Parnell comparte con Hegseth un perfil político combativo, pero tendría que superar el escrutinio del Senado y demostrar capacidad para dirigir una organización de enorme escala. El procedimiento de confirmación puede convertirse así en una prueba de la relación entre la Administración y el poder legislativo sobre el control civil de las Fuerzas Armadas.
Driscoll no era un opositor externo a la Administración. Compartía con Hegseth experiencia militar posterior al 11-S, servicio en Irak, formación universitaria de élite y una visión crítica de algunas intervenciones estadounidenses. Su diferencia surgió en el modo de transformar la institución: mientras Hegseth parece priorizar la depuración cultural y la fidelidad de su círculo de confianza, Driscoll defendía preservar ascensos y liderazgos que consideraba acreditados. La salida de una figura con acceso a J. D. Vance elimina uno de los pocos contrapesos internos y deja abierta una pregunta decisiva: si la modernización del Ejército será guiada por necesidades estratégicas sostenidas o por la batalla política que hoy domina el Pentágono.
