La Ruta 66 llega a su centenario como patrimonio vivo del viaje estadounidense

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La Ruta 66 cumple un siglo de historia convertida en uno de los símbolos más reconocibles de Estados Unidos. Inaugurada a finales de 1926 para conectar Chicago con Santa Mónica, la carretera que atraviesa ocho estados conserva su atractivo pese a haber sido retirada del sistema oficial de carreteras en 1985. Su recorrido, de casi 4.000 kilómetros, reúne hoy vestigios de la expansión del automóvil, antiguos moteles, restaurantes de carretera, carteles de neón y comunidades que han hecho de la memoria un recurso turístico y económico.

De vía estratégica a escenario de la migración

La carretera no nació como una atracción turística. Su importancia se consolidó durante la Gran Depresión, entre 1929 y 1939, cuando miles de familias abandonaron distintas zonas del centro y el sur del país rumbo a California en busca de empleo, estabilidad y mejores condiciones de vida. La Ruta 66 ofrecía una conexión pavimentada hacia el oeste en una época en la que buena parte de la red viaria estadounidense aún presentaba grandes limitaciones.

Ese desplazamiento masivo convirtió a la carretera en una vía de supervivencia además de transporte. Los viajeros necesitaban combustible, alimentos, reparaciones y alojamiento, y las poblaciones situadas a lo largo del trazado comenzaron a crecer alrededor de esos servicios. La imagen romántica de la carretera, asociada posteriormente con la libertad y la aventura, tiene así un origen más complejo: también está vinculada a la precariedad, la incertidumbre y el esfuerzo de familias que atravesaron el país en circunstancias adversas.

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Flagstaff, entre las vías del tren y el desierto

Flagstaff, en Arizona, fue una de las localidades que prosperaron como punto de descanso para quienes se dirigían hacia los desiertos y los valles californianos. Ubicada entre montañas y próxima al Gran Cañón, la ciudad conserva edificios de piedra del siglo XIX, comercios de estética retro, hoteles clásicos y restaurantes conocidos como diners. Su arteria principal discurre en paralelo a las históricas vías ferroviarias y mantiene a la Ruta 66 como uno de los ejes de su identidad urbana.

Ryan Randazzo, gerente de proyectos de relaciones con los medios y marketing del Comisionado de Cine de Flagstaff, señaló a EFE que la ciudad ha experimentado una expansión considerable, pero la antigua carretera continúa siendo su calle principal. La afirmación resume una tensión habitual en las comunidades de la ruta: modernizarse para atender a una población creciente sin perder los elementos que atraen a los visitantes.

Flagstaff recibe una media de cinco millones de visitantes al año y funciona como una de las puertas de entrada al Gran Cañón, situado a aproximadamente una hora y media en automóvil. Esa proximidad amplía el flujo turístico, pero también permite que la Ruta 66 se beneficie de viajeros que inicialmente llegan a Arizona por otros motivos. Según Randazzo, muchos visitantes extranjeros combinan la visita al parque natural con la experiencia de recorrer una parte de la carretera.

La conservación como modelo económico

El atractivo de la Ruta 66 depende menos de la continuidad de una carretera única que de la preservación de un conjunto de lugares, objetos y relatos. En Flagstaff, la conservación de edificios antiguos, algunos anteriores a la propia Ruta 66, se ha integrado en la política local de patrimonio. Los escaparates, las fachadas comerciales y los letreros luminosos forman un paisaje reconocible que permite al visitante relacionar la experiencia contemporánea con la historia del tránsito por la ciudad.

Sarah, empleada de un comercio de objetos de época situado en el centro de Flagstaff, destacó la diversidad del entorno: desiertos, bosques y cañones conviven con la historia de quienes viajaron por Estados Unidos desde la década de 1930. Esa combinación explica la resistencia del atractivo de la ruta. No se trata únicamente de observar una infraestructura antigua, sino de recorrer un territorio en el que naturaleza, comercio local y memoria migratoria permanecen conectados.

Para los negocios independientes, el patrimonio puede representar una fuente de ingresos y una herramienta de diferenciación frente a destinos dominados por cadenas nacionales. Moteles, talleres, tiendas de recuerdos y restaurantes de carretera mantienen una relación directa con el flujo de viajeros. Sin embargo, la dependencia del turismo también exige equilibrar la autenticidad del lugar con las necesidades de una ciudad que ya no cumple exclusivamente la función de escala para conductores.

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Un trazado fuera del mapa oficial

El auge de las autopistas modernas durante el siglo XX relegó progresivamente la Ruta 66. Las nuevas vías permitían trayectos más rápidos y directos, y muchas localidades quedaron fuera de los principales circuitos de circulación. En 1985, la carretera fue retirada oficialmente del sistema nacional. El final administrativo, no obstante, no significó su desaparición: distintos tramos, negocios y asociaciones mantuvieron vivo el trazado bajo la denominación de Historic Route 66.

La transformación de la carretera en un “museo vivo” fue resultado de una combinación de factores. Las comunidades recuperaron señales y edificios, los viajeros buscaron itinerarios alternativos a las autopistas y la cultura popular consolidó la imagen de la Ruta 66 como representación de una determinada idea de Estados Unidos. Esa reconstrucción de la memoria ha sido esencial para su supervivencia, aunque también puede simplificar un pasado marcado por la desigualdad y las dificultades económicas.

Al alcanzar los cien años, la Ruta 66 no es una infraestructura homogénea ni una vía continua en el sentido tradicional. Es un corredor histórico fragmentado, sostenido por ciudades como Flagstaff, Kingman y Seligman, cuyos comercios y paisajes conservan señales de distintas etapas del desarrollo estadounidense. Su vigencia demuestra que una carretera puede perder su función original y, aun así, adquirir otra: la de preservar experiencias colectivas y atraer a quienes buscan comprender el país a través del desplazamiento.

Un siglo después de su inauguración, los viajeros continúan recorriendo sus tramos a la antigua usanza, lejos de la velocidad de las autopistas modernas. La Ruta 66 permanece como un espacio donde confluyen turismo, patrimonio y memoria social. Su futuro dependerá de que esa combinación no quede reducida a una escenografía comercial, sino que siga incorporando la historia real de las personas y comunidades que hicieron de la carretera una ruta de esperanza, trabajo y transformación.

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