Wim Wenders convierte la arquitectura de Peter Zumthor en una experiencia espacial y reivindica el valor de la lentitud creativa

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La presentación fuera de competición de From Inside Out – The Architecture of Peter Zumthor en la 83ª Mostra de Venecia reúne dos trayectorias que han hecho de la observación paciente una posición estética y profesional. Wim Wenders tardó catorce años en concluir su documental sobre el arquitecto suizo Peter Zumthor, ganador del Pritzker en 2009, y ha elegido el 3D no como un adorno técnico, sino como el lenguaje central para acercarse a edificios concebidos desde la materia, el recorrido, la luz, el sonido y la memoria del lugar. La coincidencia temporal no es accesoria: para Wenders, ese plazo prolongado resulta coherente con un arquitecto cuya obra se distancia deliberadamente de la velocidad productiva y de la repetición formal.

La película visita obras decisivas de Zumthor, entre ellas las Termas de Vals, inauguradas en 1996; la Capilla de San Benito, de 1989; y Kolumba, el museo diocesano de arte sacro de Colonia abierto en 2007. También incorpora un vacío significativo: el Centro de Documentación Topografía del Terror de Berlín, un proyecto interrumpido en 1999 cuando la construcción ya había comenzado. Esa selección desplaza el documental de la celebridad arquitectónica hacia una pregunta más compleja: cómo se registra una arquitectura que no busca imponerse como imagen instantánea, sino alterar gradualmente la percepción de quien la habita.

El 3D como herramienta para filmar lo que una fotografía pierde

Wenders ha insistido en que el 3D “trabaja con el espacio” y no simplemente con imágenes. La formulación tiene consecuencias relevantes. Buena parte de la circulación pública de la arquitectura contemporánea depende de fotografías fijas, renderizados y publicaciones digitales que privilegian la fachada, la vista panorámica y el gesto reconocible. Esos formatos pueden documentar una forma, pero rara vez transmiten la relación entre escala corporal, profundidad, temperatura, textura acústica y secuencia de acceso. En el caso de Zumthor, esa limitación es particularmente sensible porque sus edificios dependen de experiencias que se despliegan en el tiempo.

Wim Wenders convierte la arquitectura de Peter Zumthor en una experiencia espacial y reivindica el valor de la lentitud creativa

Las Termas de Vals constituyen el ejemplo más evidente. El proyecto está construido con cuarcita local y organiza el baño como una sucesión de penumbras, cavidades, agua, piedra y aperturas hacia el paisaje alpino. Una imagen bidimensional puede mostrar su geometría; una visita, en cambio, hace perceptible la compresión de los pasillos, la resonancia del agua y el cambio de luz entre salas. El 3D ofrece una solución intermedia: no reemplaza la presencia física, pero puede devolver al espectador cierta conciencia de distancia y volumen. El interés de Wenders está precisamente ahí, en evitar que la arquitectura de Zumthor sea reducida a una postal de prestigio.

La primera lectura original que plantea el filme es que el 3D puede funcionar como una forma de crítica al consumo acelerado de imágenes. En una economía audiovisual dominada por pantallas pequeñas, desplazamiento continuo y atención fragmentada, una técnica que obliga a componer profundidad propone otra relación con el plano. No se trata de que toda película sobre edificios requiera tres dimensiones, sino de que determinados autores arquitectónicos exigen un dispositivo capaz de restituir la duración de la experiencia. El riesgo, naturalmente, es que el efecto inmersivo convierta el espacio en espectáculo. La diferencia dependerá de si el recurso revela las cualidades del edificio o si termina sustituyéndolas por una sensación tecnológica autónoma.

Catorce años frente a la lógica de la entrega inmediata

El dato de los catorce años de producción tiene una dimensión industrial que excede la anécdota. Wenders calculó inicialmente que el trabajo podría demandar seis o siete años, pero el proceso se duplicó. Lejos de presentarlo como una anomalía, el director lo vincula con el método de Zumthor: ambos necesitan tiempo para descubrir qué tienen delante. En un sector audiovisual condicionado por calendarios de festivales, financiación por tramos, plataformas con alta rotación de catálogo y expectativas de retorno rápidas, esa duración aparece casi como una declaración de independencia.

La lentitud, sin embargo, no debe confundirse con una virtud automática. Un documental de catorce años exige recursos, confianza entre sus participantes y una capacidad de sostener el interés de productores y distribuidores. Son condiciones que pocos cineastas, especialmente los que empiezan, pueden permitirse. Wenders llega a este proyecto con una posición consolidada: ha combinado ficción y no ficción durante décadas, fue nominado al Óscar por Perfect Days y compitió en la categoría documental con Pina, Buena Vista Social Club y La sal de la tierra. Esa reputación facilita una libertad que no está igualmente distribuida en el ecosistema cinematográfico.

La segunda conclusión es, por tanto, más incómoda: la reivindicación de la lentitud solo tendrá efectos amplios si va acompañada de modelos de financiación que la hagan accesible. En arquitectura, los concursos y los encargos públicos tienden a concentrar plazos, presupuestos y decisiones políticas; en cine documental, las ayudas suelen exigir hitos verificables antes de que el proceso de investigación haya madurado. La obra de Zumthor y la película de Wenders demuestran el valor de trabajar sin apresurar el resultado, pero también evidencian una desigualdad: el tiempo creativo se ha convertido en un recurso escaso y, a menudo, privilegiado.

Topografía del Terror: cuando la decisión política interrumpe una obra

La presencia del proyecto inconcluso de la Topografía del Terror introduce una tensión fundamental. Wenders sostiene que Zumthor quería “dejar que el edificio hablara” y que detenerlo fue “un acto político”. La afirmación obliga a situar la arquitectura fuera de una supuesta neutralidad. El Centro de Documentación debía levantarse en un terreno cargado por la historia del aparato represivo nazi y por las ruinas de instituciones vinculadas al terror de Estado. En un espacio así, toda decisión sobre forma, materialidad, visibilidad y relato adquiere un significado público.

Desde la perspectiva del arquitecto, la paralización de una obra iniciada puede leerse como una pérdida de continuidad conceptual: un edificio concebido para relacionarse con el lugar queda convertido en fragmento, memoria de un desacuerdo o prueba de los límites del autor. Desde la administración y los responsables de la política memorial, la cuestión puede ser distinta. Los proyectos públicos deben responder a presupuestos, consensos sociales, cambios institucionales y debates sobre cómo representar acontecimientos traumáticos. Que una decisión sea política no la vuelve, por sí sola, ilegítima; revela que la arquitectura pública no pertenece únicamente a quien la diseña.

Esta disputa ofrece una tercera idea central: la arquitectura de la memoria exige más que excelencia formal. Exige una legitimidad sostenida entre sobrevivientes, investigadores, ciudadanos, administraciones y responsables culturales. El documental parece inclinarse hacia la frustración del arquitecto, una perspectiva comprensible en una obra dedicada a Zumthor. Pero su mayor potencia crítica estará en mostrar que los edificios destinados a narrar violencia histórica no pueden separarse de las luchas sobre quién interpreta el pasado, con qué recursos y bajo qué autoridad. Un proyecto detenido puede ser una herida artística; también puede ser el síntoma de una conversación democrática incompleta.

Zumthor y el límite de la arquitectura convertida en marca

Peter Zumthor ocupa una posición singular en la arquitectura contemporánea. Su producción es relativamente contenida si se compara con la de grandes firmas globales, y su reconocimiento no se funda en una proliferación de objetos icónicos repartidos por el mundo, sino en edificios de fuerte arraigo material. La Capilla de San Benito, por ejemplo, no busca competir con el paisaje de Sumvitg, sino establecer una presencia precisa en él. Kolumba integra restos históricos de Colonia en una construcción de ladrillo gris que modula cuidadosamente el contacto entre ruina, arte sacro, luz y silencio.

Ese enfoque cuestiona la lógica de la arquitectura-espectáculo, en la que el edificio funciona como emblema turístico, pieza de marketing urbano o contenido fácilmente reconocible en redes sociales. No implica que Zumthor esté fuera de esos circuitos: las Termas de Vals han atraído atención internacional y el prestigio del Pritzker convierte cualquier obra del arquitecto en objeto de peregrinación cultural. Pero su lenguaje resiste parcialmente la simplificación porque depende de condiciones difíciles de exportar: piedra específica, clima, topografía, historia local y un uso atento de la penumbra.

Para las ciudades y promotores culturales, el documental puede reforzar el interés por una arquitectura más vinculada al territorio. Para instituciones museísticas, escuelas de arquitectura y cineastas, ofrece además un caso de estudio sobre cómo representar espacios sin reducirlos a un catálogo. Para el turismo, en cambio, plantea un dilema conocido. La difusión audiovisual puede ampliar el acceso simbólico a edificios remotos y estimular economías locales, pero también puede intensificar la presión de visitantes sobre sitios concebidos para el recogimiento, el baño o la contemplación. La popularidad de una obra arquitectónica puede erosionar justamente la atmósfera que la volvió valiosa.

El documental como territorio donde Wenders se siente más libre

Wenders ha explicado que se siente más cómodo en el documental porque permite entrar en un proceso sin conocer por completo el resultado. La declaración también ilumina su relación con la ficción. El director afirma que rodó películas narrativas buscando la verdad de una historia, casi como si fueran documentales, mientras percibe que la industria actual exige largometrajes cuyo destino esté previamente definido. No es una oposición absoluta entre géneros, pero sí una crítica a la creciente previsibilidad de los sistemas de producción.

En este sentido, From Inside Out prolonga una línea ya visible en Pina, donde el 3D servía para filmar el cuerpo y la coreografía en profundidad. Allí la técnica buscaba liberar la danza del encuadre plano; aquí intenta acompañar al espectador dentro de una arquitectura que se descubre caminando. La continuidad no es solo tecnológica. Wenders vuelve a estudiar una práctica artística cuya esencia no cabe del todo en una explicación verbal. La cámara no pretende dictar una tesis sobre Zumthor, sino construir las condiciones para que materiales, espacios y pausas produzcan significado.

Hay, no obstante, una posible objeción. La cercanía entre un cineasta admirado y un arquitecto igualmente canonizado puede derivar en una obra celebratoria, poco dispuesta a examinar costos, exclusiones o contradicciones. La arquitectura de alta calidad material suele requerir presupuestos, oficios especializados y procesos largos, elementos que pueden alejarla de las urgencias de vivienda, infraestructura cotidiana y sostenibilidad financiera. El documental no tiene la obligación de resolver todos esos debates, pero ganaría densidad si permitiera que el prestigio de Zumthor conviviera con preguntas sobre a quién sirven sus edificios y qué modelos de producción hacen posible su excepcionalidad.

Una ventana para la arquitectura sensorial, con riesgos de fetichización

La proyección veneciana llega en un momento de creciente interés por experiencias inmersivas, exhibiciones digitales y dispositivos de realidad extendida aplicados al patrimonio y al diseño. Si la película encuentra distribución internacional, puede ampliar el público de una arquitectura que normalmente se comprende mediante viajes costosos, publicaciones especializadas o formación profesional. El 3D, las salas de proyección de alta calidad y, eventualmente, adaptaciones para nuevas plataformas podrían acercar espacios complejos a espectadores que nunca visitarán Vals, Colonia o Sumvitg.

Pero esa expansión tiene límites. La arquitectura no es una obra cerrada que pueda transferirse íntegramente a una pantalla: depende del clima, del desgaste, de los sonidos no controlados, de la presencia de otras personas y de la libertad de recorrerla sin un montaje impuesto. Existe el riesgo de que la inmersión audiovisual genere una ilusión de conocimiento suficiente y reemplace la experiencia por su simulación. También puede consolidar un turismo de imagen, orientado a reproducir el encuadre del filme más que a entender el contexto social y territorial de cada edificio.

La contribución más duradera de Wenders quizá no sea ofrecer una versión definitiva de Peter Zumthor, sino reabrir una discusión sobre cómo mirar. En tiempos en que cine, arquitectura y cultura visual compiten por atención inmediata, un documental desarrollado durante catorce años defiende una práctica menos rentable a corto plazo, pero potencialmente más precisa: permanecer ante una obra hasta que el espacio, y no solo la firma de su autor, empiece a hablar.

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