La vida digital amplió los espacios en los que se construyen vínculos y, al mismo tiempo, modificó la manera en que muchas parejas interpretan la fidelidad. Una encuesta entre estadounidenses citada por Independent en Español mostró que conductas sin contacto físico o sexual, como mantener conversaciones de coqueteo, conservar perfiles activos en aplicaciones de citas o borrar mensajes, ya son consideradas formas de infidelidad por una parte significativa de las personas casadas o en pareja.
El relevamiento, difundido el 23 de agosto de 2026, refleja un cambio en el centro de la discusión: la sospecha de engaño no depende únicamente de que exista un encuentro presencial. También puede surgir por la intención, la frecuencia del contacto, el carácter emocional de una conversación o el esfuerzo deliberado por ocultarla. En ese marco, las redes sociales, los servicios de mensajería y las aplicaciones de citas se convirtieron en escenarios donde los límites de cada relación deben negociarse de manera explícita.
El secreto aparece como un límite decisivo
Según los datos publicados por Independent en Español, el 41 por ciento de los encuestados considera infidelidad sostener una conversación de coqueteo constante con una persona ajena a la pareja. El 37 por ciento incluyó en esa categoría mantener un perfil activo en aplicaciones de citas “solo para mirar”, mientras que el mismo porcentaje señaló como una conducta de engaño guardar a alguien en el teléfono con un nombre falso.
La lista también incluye prácticas vinculadas directamente con el ocultamiento. El 36 por ciento de los participantes dijo que borrar mensajes para impedir que la pareja los vea constituye una infidelidad. Una proporción similar mencionó el contacto secreto con una expareja. Los porcentajes no implican que exista un consenso absoluto sobre cada conducta, pero sí muestran que el secreto puede resultar tan relevante como el contenido del intercambio.
Ese criterio ayuda a explicar por qué una interacción aparentemente menor puede adquirir un significado distinto dentro de una relación. Un mensaje aislado no tiene necesariamente el mismo peso que una conversación sostenida, una identidad falsa o una comunicación que se elimina de forma sistemática. La percepción de traición suele estar relacionada con la ruptura de un acuerdo implícito: aquello que una persona decide esconder puede ser interpretado como una señal de que sabe que está cruzando un límite.

La evidencia académica vincula estas prácticas con el malestar
Los resultados de la encuesta coinciden parcialmente con investigaciones previas sobre el uso de redes sociales dentro de parejas casadas o convivientes. Un estudio disponible en PubMed Central examinó conductas asociadas con la infidelidad digital y encontró que solo una minoría de los participantes reconocía realizarlas. Sin embargo, esas prácticas aparecían relacionadas con una menor satisfacción en la relación, mayor ambivalencia y más inseguridad afectiva.
En esa investigación, el 7 por ciento de los participantes declaró que a veces comparte información emocional o íntima con otras personas en lugar de hacerlo con su pareja. El 6 por ciento dijo que en ocasiones conversa por chat con antiguas parejas románticas y el 5 por ciento admitió que a veces oculta a su pareja lo que les dice a otras personas por internet.
Los datos deben interpretarse teniendo en cuenta el alcance del estudio y sus características específicas. No permiten afirmar que toda comunicación privada con terceros constituya una infidelidad ni que las redes sociales causen por sí mismas el deterioro de una pareja. Sí sugieren, en cambio, que determinadas formas de interacción digital pueden funcionar como indicadores de distancia, insatisfacción o falta de acuerdos cuando reemplazan la comunicación dentro del vínculo o se desarrollan bajo condiciones de ocultamiento.
Sentimientos externos y diferencias entre generaciones
La encuesta también abordó una dimensión menos visible que el intercambio de mensajes: la aparición de sentimientos románticos por una persona ajena a la relación. El 15 por ciento de quienes están casados o en pareja reconoció haberlos experimentado. Esa cifra desplaza la atención desde la conducta observable hacia la intimidad emocional, un terreno en el que las parejas pueden tener definiciones muy diferentes sobre lo que significa ser fiel.
El relevamiento registró diferencias generacionales y de género. La generación Z fue la más propensa a reconocer atracción por alguien externo a la relación, con el 31 por ciento, seguida por los millennials, con el 21 por ciento. Entre los hombres, el 19 por ciento admitió esa experiencia, frente al 12 por ciento de las mujeres. Las diferencias pueden estar influidas por factores culturales, por la disposición a responder una encuesta y por las distintas formas en que cada grupo describe sus vínculos, por lo que no deben leerse como una explicación única del fenómeno.
La presencia de sentimientos por otra persona tampoco equivale automáticamente a una ruptura de la confianza. Algunas parejas pueden considerar normal sentir atracción ocasional mientras exista transparencia y no se establezca una intimidad paralela. Otras pueden entender que el desarrollo de un vínculo emocional exclusivo ya vulnera el compromiso, incluso si nunca hubo contacto físico. El impacto depende, por tanto, de las reglas acordadas y de la manera en que se administra la información.
La fidelidad deja de ser una categoría única
Una revisión sistemática retomada por un artículo publicado en el Journal of Sex & Marital Therapy define la infidelidad como una violación del compromiso de pareja en la que la intimidad sexual o emocional, o ambas, se dirigen fuera de la relación principal sin el consentimiento de la otra persona. Esta formulación permite incluir conductas digitales, pero también advierte que no existe una lista universal aplicable a todos los vínculos.
En la práctica, la expansión de la comunicación digital vuelve más frecuentes las situaciones ambiguas: conversaciones que empiezan como amistad, contactos con exparejas, reacciones reiteradas en redes sociales o perfiles que permanecen abiertos sin intención declarada de concretar un encuentro. La dificultad no está solo en determinar si hubo engaño, sino en establecer qué información era relevante, qué se había pactado y cuándo una interacción dejó de ser casual para convertirse en una relación paralela.
Por eso, los porcentajes de la encuesta funcionan como una fotografía de percepciones sociales y no como una norma general. La misma conducta puede ser irrelevante para una pareja y una traición grave para otra. En un contexto de disponibilidad permanente, la confianza depende cada vez más de la claridad de los acuerdos, de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y de la posibilidad de revisar esos límites cuando cambian las circunstancias del vínculo.
