La IA revela una gramática en los clics de los cachalotes, pero traducirlos sigue lejos

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El avance más relevante en el estudio de la comunicación de los cetáceos ya no consiste en registrar sus sonidos, sino en demostrar que esos sonidos poseen una organización compleja. Investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts identificaron 156 tipos de codas, secuencias rítmicas de clics producidas por cachalotes, tras revisar cerca de 9.000 grabaciones reunidas durante una década en el Caribe oriental. El resultado, publicado en Nature Communications, apunta a un sistema combinatorio con reglas internas: una base indispensable para investigar si esas señales transportan información comparable, en algún grado, al lenguaje.

Un repertorio que cambia según el contexto

El equipo del MIT, integrado entre otros por Pratyusha Sharma y Jacob Andreas, halló que las codas no son unidades rígidas. Varían en ritmo, velocidad, rubato —ajustes temporales muy breves que permiten coordinar la emisión— y ornamentación, es decir, clics añadidos según la situación. Estas dimensiones pueden combinarse de múltiples maneras, como ocurre con los fonemas en el habla humana. La comparación no implica que los cachalotes utilicen palabras o frases equivalentes a las humanas, pero sí descarta la idea de un repertorio puramente mecánico o aleatorio.

La relevancia metodológica está en la escala. Durante décadas, la bioacústica marina dependió de observaciones escasas y de interpretaciones limitadas por la capacidad humana para distinguir patrones. El aprendizaje automático permite revisar miles de horas de audio, separar individuos, comparar contextos y detectar regularidades que pasarían inadvertidas en una escucha convencional. La inteligencia artificial, sin embargo, no ha resuelto el problema central: reconocer una estructura no equivale a conocer su significado.

CETI lleva la investigación del archivo al diálogo experimental

Ese límite define el trabajo del Proyecto CETI, la Cetacean Translation Initiative, fundada en 2020 en Dominica. La organización reúne a más de 50 especialistas de áreas como biología marina, lingüística, criptografía, acústica submarina e inteligencia artificial. Su ambición es especialmente exigente porque exige vincular cada señal con información verificable sobre conducta, entorno y respuesta de otros animales. Para traducir una coda no basta con saber qué patrón suele seguir a otro; hace falta establecer qué cambia cuando aparece, quién la recibe y qué conducta desencadena.

Los modelos desarrollados por CETI ya predicen con más de 90% de precisión cuál será el siguiente tipo de coda en una interacción, y pueden asociar vocalizaciones con individuos y clanes vocales. Es un indicador de regularidad estadística, no una prueba de comprensión semántica. Un sistema puede anticipar una señal porque reconoce hábitos de turno, identidad o situación social sin saber si el contenido alude a alimento, desplazamiento, alerta o vínculo familiar. La distancia entre predicción y traducción es, por ahora, la principal frontera científica.

Las “vocales” y los límites de una analogía humana

En 2025, CETI informó que, al acelerar grabaciones para compensar diferencias entre el aparato fonador humano y el de los cachalotes, emergieron patrones que lingüistas describieron como análogos a vocales. Gáspér Beguš, lingüista principal de la iniciativa, sostuvo que los sonidos presentan estructura, ritmo y rasgos semejantes a vocales. El hallazgo abre una vía de análisis, pero requiere cautela: una similitud acústica o estructural no demuestra que ambas especies compartan los mismos mecanismos cognitivos ni las mismas categorías comunicativas.

La comparación con el lenguaje humano resulta útil cuando orienta preguntas medibles: si existen unidades discretas, reglas de combinación, variaciones regionales o aprendizaje social. Se vuelve problemática cuando convierte esas semejanzas en equivalencias apresuradas. La ciencia del descifrado deberá evitar proyectar categorías humanas sobre animales cuyo sistema sensorial, vida social y medio físico son radicalmente distintos. Precisamente por eso los experimentos de respuesta controlada serán más decisivos que las analogías.

El ruido de los barcos aparece como un mensaje alterado

La comunicación cetácea no se estudia en un vacío acústico. CETI ha observado que los cachalotes de Dominica modifican el tempo y la frecuencia de sus codas cuando hay tráfico marítimo cercano. Esa respuesta puede reflejar una adaptación para mantener el contacto, una señal sobre una perturbación ambiental o ambas cosas. En cualquiera de los casos, convierte al ruido submarino en algo más que una molestia: altera un canal del que dependen la coordinación social, la orientación y posiblemente la transmisión cultural.

La investigación sobre belugas refuerza esa conclusión desde otra especie. Valeria Vergara, de la Raincoast Conservation Foundation, documentó que las crías empiezan a vocalizar durante su primera hora de vida y aprenden por imitación hasta manejar más de 50 tipos de llamadas. Entre ellas figuran señales de identificación acústica que ayudan a las madres a localizarlas. Como el alcance de las llamadas infantiles es 18 veces menor que el de las adultas, el ruido de embarcaciones puede afectar de manera desproporcionada a los animales más vulnerables.

Una herramienta de conservación antes que un traductor universal

Un estudio publicado por Vergara en marzo de 2025 mostró que las belugas del estuario del San Lorenzo recurren a señales ultrasónicas cuando aumenta el tráfico marítimo, empleando frecuencias menos interferidas por los motores. Su equipo también participa en un sistema de monitoreo que combina hidrófonos, drones e inteligencia artificial para alertar a embarcaciones sobre la presencia de belugas. Esta aplicación ilustra el valor inmediato de la investigación: aun sin entender cada llamada, detectar cambios sistemáticos permite identificar zonas de presión acústica y ajustar la navegación antes de que aparezcan daños físicos visibles.

La siguiente fase de CETI será emitir codas sintetizadas y medir la reacción de cachalotes en Dominica. Si determinadas señales provocan respuestas repetibles, el proyecto podrá empezar a relacionar forma, contexto y efecto. Esa evidencia también alimenta un debate jurídico en el que CETI colabora con la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York: si los cetáceos poseen dialectos, aprendizaje cultural y sistemas sociales sensibles al ruido, las políticas de protección podrían considerar no solo su supervivencia biológica, sino también su derecho a mantener una cultura y a no sufrir una perturbación acústica evitable.

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