La escasez de gas licuado de petróleo está empujando a numerosas familias cubanas a cocinar en la calle o en espacios improvisados, utilizando carbón y leña para suplir una carencia que se agrava cuando también faltan la electricidad y otros combustibles. El problema ya no se limita a la incomodidad de esperar por un cilindro: para muchos hogares, preparar una comida diaria se ha convertido en una operación condicionada por los apagones, la disponibilidad de combustible y la capacidad de pagar precios cada vez más altos.
La distribución estatal funciona de manera irregular y mediante un sistema de cupos. En febrero, La Habana, Artemisa y Mayabeque recibieron alrededor de 15.000 cilindros diarios, con un límite de un cilindro por contrato. Esa cifra, distribuida entre territorios densamente poblados, no garantiza una reposición continua para todos los usuarios y deja a las familias expuestas a intervalos prolongados sin suministro. En varias provincias orientales, los reportes describen interrupciones que se extienden desde enero, sin una fecha clara para la normalización.
Cuando el cilindro no llega, la cocina se traslada
La respuesta doméstica más visible ha sido el regreso a métodos de cocción que requieren carbón, leña o cualquier material combustible disponible. Algunas familias encienden fogones en patios, portales o aceras; otras comparten recursos con vecinos para reducir el gasto y el tiempo necesario para preparar los alimentos. La cocina improvisada no representa una elección cultural ni una alternativa planificada, sino la consecuencia inmediata de no contar con una fuente estable de energía dentro de la vivienda.

El carbón y la leña permiten cocinar cuando el gas falta, pero trasladan el costo a otros ámbitos. La preparación de alimentos se vuelve más lenta, exige conseguir y transportar materiales, produce humo y expone a las personas a riesgos de incendio o intoxicación en lugares mal ventilados. El impacto recae especialmente sobre quienes deben organizar el abastecimiento familiar, porque cada comida requiere más tiempo, más esfuerzo físico y una planificación que antes dependía de abrir una válvula y encender una hornilla.
Una crisis que se multiplica con los apagones
La escasez de gas no ocurre de forma aislada. Coincide con apagones extensos y con una falta general de combustibles que limita el transporte, la generación eléctrica y la actividad económica. Cuando se interrumpe la electricidad, los equipos de cocina eléctricos dejan de ser una alternativa; cuando el gas no se distribuye, el hogar pierde el otro recurso habitual. La combinación elimina las opciones disponibles y convierte una falla de suministro en una crisis cotidiana de acceso a los alimentos.
Esta simultaneidad también dificulta que las familias compensen una carencia con otra. Un hogar podría recurrir a una cocina eléctrica durante una demora en la entrega del gas, pero esa posibilidad desaparece durante los cortes de energía. Del mismo modo, almacenar alimentos o cocinar grandes cantidades para aprovechar las pocas horas con electricidad resulta difícil cuando la refrigeración tampoco es estable. La falta de energía, por tanto, no solo afecta la cocción: altera la conservación, la compra y la distribución de los alimentos dentro de cada casa.
El mercado informal convierte la urgencia en negocio
Ante la irregularidad de los canales oficiales, el mercado informal aparece como una vía de acceso para quienes pueden pagarla. Los cilindros se ofrecen a precios elevados y, en algunos casos, directamente en dólares. Esa modalidad profundiza la desigualdad entre los hogares: la necesidad básica de cocinar queda vinculada a los ingresos, a la disponibilidad de moneda extranjera y a las redes personales capaces de localizar un recipiente lleno.
El precio informal no refleja únicamente el valor del gas. También incorpora la escasez, el riesgo de conseguirlo y la incertidumbre sobre la próxima entrega. Por eso, quienes compran fuera del sistema estatal pueden resolver una emergencia inmediata, pero difícilmente obtienen una solución sostenible. Para las familias con menos recursos, la alternativa suele ser continuar con leña o carbón, reducir el número de comidas calientes o depender de la ayuda de parientes y vecinos.
El problema revela una fragilidad que va más allá de la cocina
La crisis de los cilindros expone la vulnerabilidad de un sistema doméstico demasiado dependiente de una distribución centralizada y de una red energética sometida a múltiples restricciones. La existencia de cupos puede ordenar una oferta limitada, pero no elimina la brecha entre la demanda real y los volúmenes disponibles. Cuando las interrupciones se prolongan durante meses, el racionamiento deja de ser una medida temporal y pasa a definir la vida diaria de la población.
La consecuencia más profunda es que una dificultad logística termina afectando la salud, el tiempo de trabajo, la economía familiar y la seguridad. Cocinar con humo o en espacios abiertos puede aumentar los riesgos respiratorios y de accidentes; comprar combustible en dólares desvía ingresos que podrían destinarse a alimentos; y dedicar horas a buscar un cilindro reduce el tiempo disponible para estudiar, trabajar o cuidar a otras personas. Mientras no se estabilicen simultáneamente el suministro de gas, la electricidad y los combustibles, los fogones improvisados seguirán siendo menos una imagen excepcional que el indicador visible de una crisis energética con efectos sobre toda la estructura de la vida cotidiana.
