La dimisión de Dan Driscoll como secretario del Ejército de Estados Unidos ha abierto una nueva fase de incertidumbre en la principal rama terrestre de las Fuerzas Armadas del país. Su salida, conocida este lunes, se produce en medio de una confrontación creciente entre altos responsables militares y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, por los cambios de personal, ascensos y prioridades ideológicas impulsados desde el Pentágono.
Según informaciones publicadas por medios estadounidenses, Driscoll había trasladado en días anteriores al presidente Donald Trump sus reparos sobre la dirección de la reforma militar. Entre sus preocupaciones figuraban el bloqueo de promociones de oficiales de alto rango y la introducción de criterios vinculados al género en decisiones de mando que Hegseth ha presentado como parte de su objetivo de reforzar la “letalidad” de las Fuerzas Armadas. Driscoll habría advertido de que dejaría el cargo si esa línea se mantenía.

Una cadena de ceses en la cúpula militar
La renuncia llega tras una sucesión de destituciones que ha reducido de forma notable la continuidad en la cadena de mando. The Atlantic ha señalado que Hegseth ha apartado de sus funciones a 24 generales y almirantes desde su llegada al Departamento de Defensa, en varios casos sin que se hayan detallado públicamente las razones de cada relevo. El ritmo de las salidas ha alimentado dudas sobre la estabilidad institucional y la capacidad de preservar experiencia operativa en puestos decisivos.
Entre los últimos responsables relevados figuran Randy A. George, jefe de Estado Mayor del Ejército; William Green, general de división y jefe de capellanes; y David Hodne, responsable del Comando de Transformación y Entrenamiento. El caso de George adquirió especial relevancia por haberse producido poco después del inicio de la Operación Furia Épica contra Irán, en la que participaron Estados Unidos e Israel, y por su oposición previa a ciertas decisiones sobre ascensos.
De acuerdo con The New York Times, George y Driscoll cuestionaron el bloqueo de cuatro candidaturas a general dentro de una lista de 29 aspirantes. Dos de los oficiales eran afroamericanos y dos eran mujeres. Ambos habrían defendido que los cuatro contaban con expedientes profesionales sólidos. Hegseth, según esas informaciones, buscaba excluirlos de la relación de ascensos, dominada por hombres blancos. Finalmente, los cuatro fueron apartados, sin una explicación pública específica sobre sus casos.
El conflicto entre criterios militares y agenda política
La controversia no se limita a los nombramientos. Hegseth ha situado la eliminación de iniciativas de diversidad, equidad e inclusión entre los ejes de su gestión, al considerar que las políticas asociadas a esos programas han debilitado la preparación militar. Durante los últimos meses, el Pentágono ha retirado referencias a diversidad de páginas oficiales y redes sociales, ha prohibido el alistamiento de personas transgénero y ha impulsado una revisión de los criterios internos de selección y formación.
El secretario de Defensa también anunció en julio pruebas de testosterona para militares mayores de 30 años. En intervenciones públicas, vinculó esas medidas a la preparación física para el combate y a una interpretación biológica de los requisitos militares. Sus declaraciones han suscitado críticas de sectores que ven en esa retórica una redefinición restrictiva del papel de las mujeres en las Fuerzas Armadas. Sus partidarios, en cambio, sostienen que la prioridad debe ser elevar estándares físicos y operativos en un contexto internacional más exigente.
La disputa refleja una tensión más amplia: hasta qué punto la revisión de prioridades ordenada por la Administración puede aplicarse sin erosionar los procedimientos profesionales que regulan los ascensos y garantizan la continuidad del mando. En una organización de gran tamaño, los relevos masivos no afectan únicamente a los cargos vacantes. También pueden alterar la planificación de operaciones, la formación de nuevos mandos y la confianza de los oficiales en los mecanismos de promoción.
Vacantes en un momento de elevada exigencia operativa
La salida de Driscoll deja al Ejército sin su principal responsable civil mientras persisten vacantes en posiciones de mando relevantes. Según la información difundida sobre la crisis, la institución carece además de un general de mayor rango respaldado por el Senado, de un general encargado de operaciones y de un comandante de las tropas del Ejército en Europa. La acumulación de puestos pendientes coincide con un escenario de despliegues internacionales y con más de 450.000 militares en servicio activo.
Desde la Casa Blanca, la respuesta ha sido distinta. La portavoz Anna Kelly describió a Driscoll como “muy eficaz” en la mejora de la preparación de los soldados y en el avance de las prioridades de la Administración. En un comunicado, sostuvo que el Ejército es “más poderoso que nunca” gracias al trabajo conjunto del presidente, el secretario de Defensa y el ya dimitido secretario del Ejército. La declaración no abordó de forma directa las discrepancias internas atribuidas a Driscoll.
La salida elimina además una figura que mantenía acceso directo al vicepresidente J. D. Vance. Driscoll, veterano del Ejército y antiguo compañero de estudios de Vance en Yale, era considerado por fuentes citadas por medios estadounidenses como un interlocutor con capacidad para trasladar objeciones al Ala Oeste. Esa relación no evitó su dimisión, pero podía funcionar como un contrapeso parcial frente al equipo político de Hegseth.
La sucesión puede definir el alcance de la reorganización
El subsecretario del Ejército, Michael Obadal, aparece como el candidato natural para asumir temporalmente las funciones, aunque en el Pentágono también se ha especulado con la posibilidad de que la Administración proponga a Sean Parnell, actual portavoz del Departamento de Defensa y veterano del Ejército. Parnell comparte con Hegseth un perfil político combativo, pero su eventual designación requeriría afrontar el proceso de confirmación en el Senado y reabriría el debate sobre experiencia de gestión y autonomía institucional.
Driscoll y Hegseth compartían varios elementos biográficos: ambos sirvieron durante las guerras posteriores a los atentados del 11 de septiembre, ambos desarrollaron una visión crítica de algunas intervenciones exteriores y los dos cursaron estudios en universidades de élite. Sin embargo, sus diferencias sobre el funcionamiento interno del Ejército terminaron imponiéndose a esas coincidencias. La cuestión inmediata será si el próximo secretario logra reconstruir una cadena de mando estable o si la reorganización profundiza la división entre la dirección civil del Pentágono y los mandos profesionales.
