La calidad del agua en Los Pedroches mantiene en primer plano la necesidad de ajustar la actividad ganadera a la capacidad ambiental del territorio. La crisis registrada en el embalse de La Colada ha concentrado una preocupación que no se limita al estado ecológico de una masa de agua: afecta a la seguridad hídrica, la salud pública, los costes económicos y la garantía de abastecimiento en una comarca dependiente de recursos limitados.
El problema no se atribuye a una única causa. La sequía, el volumen almacenado, la concentración de contaminantes, las aportaciones superficiales, las características del embalse y las aguas residuales intervienen en la calidad final. Entre esas presiones figura la contaminación ligada a la actividad agraria y ganadera, especialmente relevante por el peso económico y social de la ganadería en Los Pedroches.

2008: la cuenca de La Colada entra en zona vulnerable
La contaminación por nitratos lleva años reconocida por las administraciones. Desde 2008, la cuenca del embalse de La Colada está designada como zona vulnerable a la contaminación por nitratos de origen agrario. Esa declaración sitúa el foco en un compuesto muy móvil: una vez transformado en nitrato, el nitrógeno puede desplazarse desde el suelo hacia las aguas subterráneas o superficiales.
La dehesa representa uno de los principales sistemas productivos y ecológicos de la comarca. Con un manejo extensivo y equilibrado, el ganado aprovecha pastos y recursos naturales, mientras sus deyecciones retornan al suelo y pueden ser utilizadas por la vegetación. La tensión aparece cuando la concentración de animales supera la capacidad del terreno para absorber y reciclar los nutrientes producidos.
El aumento de nutrientes eleva la presión
La situación cobra especial importancia alrededor de las explotaciones intensivas, donde se generan grandes cantidades de estiércoles y purines en espacios reducidos. Estos residuos contienen nitrógeno, fósforo y materia orgánica y pueden funcionar como fertilizantes si se aplican en las cantidades y condiciones adecuadas. Cuando su producción rebasa las necesidades de cultivos y pastos, se crea un excedente.
Parte del nitrógeno excedentario puede volatilizarse como amoníaco y otra parte puede acabar convertida en nitrato. La contaminación ganadera tampoco se reduce a ese elemento: los residuos pecuarios pueden aportar amonio, fósforo, materia orgánica, sólidos en suspensión y microorganismos de origen fecal. Algunas prácticas pueden contribuir además a la presencia de restos de medicamentos veterinarios y otros contaminantes emergentes.
2028-2033: la planificación incorpora la presión acumulada
El cuarto ciclo de planificación hidrológica, previsto para 2028-2033, identifica entre sus problemas comunes la contaminación difusa, el saneamiento y la depuración, la gestión sostenible de las aguas subterráneas y la garantía de los usos. El enfoque planteado evita reducir la cuestión a posibles incumplimientos aislados de determinadas explotaciones y la sitúa como una presión acumulativa sobre las masas de agua.
La recuperación, además, no tiene por qué ser inmediata aunque disminuyan las aportaciones contaminantes. Los acuíferos responden con más lentitud que los cauces superficiales: el nitrato que alcanza el subsuelo puede permanecer durante largos periodos y avanzar con el flujo subterráneo. Los contaminantes incorporados en años anteriores pueden seguir condicionando la calidad del agua durante un tiempo prolongado.
El debate se centra así en determinar qué densidad ganadera, en qué lugares y bajo qué condiciones puede sostenerse sin comprometer el estado químico y ecológico de los recursos hídricos. Mantener una economía ganadera viable y preservar el agua de la que depende no son objetivos separados en Los Pedroches, donde el desequilibrio entre producción ganadera y capacidad ambiental del territorio concentra la cuestión de fondo.
