Proyecto Hombre Alicante ha detectado un patrón que preocupa por su edad de inicio y por la facilidad con la que se ha integrado en el ocio juvenil: menores de entre 12 y 14 años que consumen cuatro o cinco bebidas energéticas en un mismo día. El dato no describe un uso aislado, sino una práctica cada vez más visible durante fines de semana, salidas y reuniones entre amigos. La entidad advierte de que el principal problema comienza cuando esa cantidad deja de percibirse como excepcional y pasa a formar parte de una rutina aparentemente inofensiva.
La alarma no se limita a los efectos inmediatos de la cafeína y otros estimulantes. El consumo elevado puede alterar la conducta, favorecer la irritabilidad, afectar al descanso y generar una relación de dependencia con la activación artificial. En una etapa en la que los adolescentes buscan pertenencia, resistencia al cansancio y mayor intensidad en sus experiencias de ocio, estas bebidas pueden adquirir una función social que dificulta reconocer el exceso. Lo que se normaliza en el grupo suele tardar más en ser identificado como un problema en casa.

Un consumo que deja de parecer extraordinario
El elemento más relevante de la advertencia de Proyecto Hombre es la pérdida de percepción de riesgo. Una lata puede presentarse como un producto cotidiano, accesible y asociado a marcas, deporte, videojuegos o vida nocturna. Sin embargo, la suma de varias unidades multiplica la carga estimulante y puede modificar los ritmos de sueño, la capacidad de concentración y la respuesta emocional. Cuando el organismo se acostumbra a compensar el cansancio mediante estimulantes, el adolescente puede entrar en un ciclo de fatiga, consumo y nuevo cansancio que se refuerza a sí mismo.
Fundación Noray subraya que, a los 13 o 14 años, la maduración cerebral sigue en pleno desarrollo. Esta circunstancia no significa que cualquier consumo ocasional determine por sí solo una adicción, pero sí explica por qué la repetición de conductas de recompensa rápida merece una atención especial. Durante la adolescencia, la capacidad para valorar consecuencias a largo plazo todavía se está consolidando, mientras que la búsqueda de novedades y recompensas inmediatas tiene un peso mayor. Esa combinación convierte la prevención temprana en una cuestión de salud pública, no en un simple debate sobre hábitos alimentarios.
De las palpitaciones a los riesgos cardiovasculares
La preocupación también tiene una dimensión clínica concreta. Profesionales sanitarios han advertido de la llegada a hospitales de niños de 11 y 12 años derivados desde Atención Primaria por palpitaciones vinculadas al consumo casi diario de estas bebidas. Las arritmias, la taquicardia y otros síntomas cardiovasculares no son una hipótesis abstracta cuando se ingieren cantidades elevadas, especialmente si existen factores de vulnerabilidad previos, falta de sueño, deshidratación o mezcla con otras sustancias.
Los cardiólogos recuerdan que, en determinados casos, el consumo excesivo puede derivar en situaciones graves, incluidos paros cardiacos. Conviene mantener la precisión: no todos los menores que toman una bebida energética sufrirán una complicación severa, pero el riesgo aumenta con la dosis, la frecuencia y la ausencia de supervisión. El problema es que los efectos no siempre se interpretan correctamente. Un adolescente que duerme mal, está nervioso o presenta cambios bruscos de humor puede atribuirlo al estrés escolar o a la propia edad, cuando el patrón de consumo también debería formar parte de la conversación.
La relación con las adicciones empieza antes de las drogas clásicas
Proyecto Hombre sitúa esta tendencia dentro de un cambio más amplio en las conductas adictivas. El inicio de una relación problemática no siempre aparece ligado a sustancias tradicionalmente identificadas con la drogodependencia. Puede surgir a través de prácticas incorporadas al ocio cotidiano, como el uso compulsivo de pantallas, el juego, la búsqueda constante de estimulación o el consumo de productos legales que se consideran inocuos. La clave no está únicamente en el objeto consumido, sino en la pérdida progresiva de control y en el lugar que esa conducta ocupa en la vida diaria.
Por eso, las familias que acuden a la entidad no consultan solo por alcohol, cannabis u otras sustancias. También plantean dificultades relacionadas con la tecnología y con cambios de comportamiento que afectan a la convivencia. Aislamiento, irritabilidad, descenso del rendimiento académico, conflictos domésticos o abandono de actividades habituales son señales que deben interpretarse en conjunto. Ninguna de ellas prueba por sí sola una adicción, pero su acumulación puede indicar que una conducta frecuente ha dejado de ser libre y está empezando a organizar el día a día del menor.
La prevención exige mirar el conjunto del entorno
La alerta coincide con la inquietud social suscitada por informaciones sobre consumo de heroína en espacios públicos de Alicante. Proyecto Hombre reconoce la extrema gravedad de esa sustancia, pero puntualiza que sus datos asistenciales no reflejan un aumento estadísticamente mayoritario: la heroína representa actualmente menos del 4% de los casos atendidos en Alicante y provincia. El contraste es relevante porque ayuda a ordenar las prioridades sin minimizar ningún problema: lo más visible en la calle no siempre es lo más extendido entre quienes necesitan atención.
Según la memoria anual de Proyecto Hombre, la cocaína y el alcohol continúan entre las principales adicciones en adultos, mientras que entre los jóvenes prevalecen el alcohol y el cannabis. También preocupa el cannabis sintético por su posible impacto en la salud mental y por la falsa creencia de que se trata de un producto natural o sin consecuencias. En ese contexto, las bebidas energéticas no deben tratarse como una amenaza equivalente a todas esas sustancias, pero sí como un posible indicador temprano de una cultura de consumo basada en la intensidad, la disponibilidad inmediata y la escasa percepción de límite.
La respuesta, por tanto, requiere más que prohibiciones puntuales o mensajes alarmistas. Padres, centros educativos, profesionales sanitarios, administraciones y entidades sociales necesitan compartir criterios para detectar consumos repetidos, explicar riesgos con información comprensible y ofrecer alternativas de ocio que no dependan de la sobreestimulación. Actuar cuando aparecen los primeros indicios permite intervenir antes de que el hábito se consolide. En Alicante, la advertencia de Proyecto Hombre plantea una cuestión de fondo: proteger la salud adolescente implica prestar atención no solo a lo que se considera droga, sino también a aquello que, por ser cotidiano, puede pasar desapercibido.
