Identifican dos linajes extintos de tortugas gigantes

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Un análisis de ADN degradado de restos óseos conservados en museos permitió identificar dos linajes extinguidos de tortugas gigantes de Galápagos, uno de San Cristóbal y otro de Santa Fe. El estudio, realizado por investigadores de Yale University y publicado en Proceedings of the Royal Society B, logró establecer esos parentescos pese a que algunas muestras contenían menos del 1% de su genoma.

La investigación abordó una limitación habitual en el estudio de especies desaparecidas: el ADN antiguo suele estar fragmentado, incompleto y contaminado. El equipo desarrolló una estrategia computacional para recuperar la mayor cantidad posible de información sin exigir genomas íntegros, una condición que normalmente deja fuera de los análisis convencionales a los especímenes de museo más deteriorados.

Fragmentos ubicados en el árbol evolutivo

Los científicos extrajeron material genético de huesos secos de ejemplares históricos, incluidos cinco individuos vinculados con dos poblaciones extintas. Después compararon pequeños fragmentos con genomas de alta calidad de tortugas actuales e históricas y los situaron en un árbol filogenético. Ese procedimiento permitió determinar de qué ramas evolutivas procedían los restos aun cuando faltaba gran parte de la secuencia genética.

“El reto de este estudio consistió en reconstruir las relaciones genéticas de las tortugas gigantes extintas de Galápagos, sabiendo que el ADN que pudimos obtener de los especímenes de museo iba a estar muy degradado y fragmentado, y que tendría un alto grado de contaminación”, explicó Alexander Ochoa, autor principal del trabajo e integrante del laboratorio de Adalgisa Caccone, del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de Yale University.

San Cristóbal y Santa Fe

La diferenciación genética también aportó contexto sobre el origen de los huesos. En San Cristóbal, los restos procedían de animales que cayeron en una cueva de la zona central de la isla y fueron recuperados por una expedición en 1906. En Santa Fe, el resultado cuestiona la hipótesis de que los huesos encontrados correspondieran a tortugas transportadas por marineros y procesadas allí: el análisis los ubicó como un grupo diferenciado.

Parte del interés actual del hallazgo está en los programas de conservación. Según Ochoa, algunos descendientes de estos quelonios pudieron cruzarse con tortugas de otras islas, por lo que fragmentos genéticos de los linajes extinguidos podrían persistir en individuos híbridos. Los programas de cría en cautiverio que trabajan con esos híbridos podrían intentar recuperar, a través de generaciones sucesivas, proporciones de genomas asociadas con los grupos desaparecidos.

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