Manolo Arjona, integrante histórico de Locomía, murió de forma repentina a los 58 años en su domicilio de Barcelona durante la madrugada del 1 de julio. El deceso ocurrió de manera pacífica, tras una tarde dedicada a la pintura, actividad que el artista cultivaba como principal pasatiempo en su etapa posterior a la música.

El velatorio se realizará en el tanatorio Áltima Viladecans, en Barcelona, ciudad donde residía. La noticia, confirmada por El Español, subraya cómo Arjona mantuvo una vida alejada de los focos tras su paso por el grupo, centrada en expresiones creativas privadas que parecen haber marcado su último día.
El mensaje de despedida
Luis Font, compañero de Arjona, publicó un emotivo tributo en redes: “Hoy su luz se ha elevado al cielo, pero su recuerdo vive con nosotros. Tu luz seguirá brillando en cada recuerdo. Siempre en nuestros corazones”. Esta declaración refleja el impacto duradero del músico más allá de su trayectoria escénica y sugiere una red de afectos que persiste tras su retiro.
Contexto y significado
La muerte repentina de Arjona invita a reflexionar sobre la trayectoria de los artistas que, tras periodos de visibilidad pública, eligen caminos de introspección. Su dedicación a la pintura en los últimos años evidencia una continuidad creativa que trasciende la fama inicial y revela una forma de resistencia personal frente al paso del tiempo.
El caso también pone de relieve la fragilidad de la salud en etapas maduras, incluso cuando se mantiene una rutina serena y productiva. La información disponible hasta ahora no indica circunstancias extraordinarias, lo que refuerza la imagen de un final discreto y coherente con la vida que Arjona había construido en Barcelona.
