El texto publicado por María Isabel Romero López, maestra en Psicología Clínica Integrativa, describe un proceso que atraviesan muchas parejas: desde la atracción inicial hasta la búsqueda de acuerdos que permitan convivir sin estar en alerta permanente. Aunque el escrito tiene tono reflexivo, sus ideas se inscriben en un contexto más amplio de cambios demográficos y culturales que han modificado la forma en que las personas establecen y sostienen vínculos afectivos.
Las etapas que menciona la autora —curiosidad, desencuentro, desilusión y eventual construcción de un “nosotros”— coinciden con modelos desarrollados por la psicología desde mediados del siglo XX. Investigaciones de John Gottman en la Universidad de Washington, por ejemplo, identificaron patrones similares en parejas que permanecen juntas más de una década. Lo que distingue el planteamiento de Romero López es su énfasis en que ambos miembros suelen perseguir el mismo objetivo —la paz— pero mediante estrategias distintas: uno prioriza el diálogo y otro la distancia temporal.

Antecedentes: del modelo tradicional al individualismo afectivo
Hasta finales del siglo pasado, las relaciones de pareja en América Latina se regían por normas sociales más rígidas. El matrimonio se entendía como una institución que priorizaba la estabilidad económica y la crianza de hijos por encima de la satisfacción personal. Datos del INEGI muestran que, entre 1990 y 2010, la edad promedio al primer matrimonio en México aumentó casi seis años. Este retraso coincidió con mayor acceso a educación superior y empleo formal para las mujeres, lo que modificó las expectativas sobre la vida en pareja.
Al mismo tiempo, la difusión de internet y las aplicaciones de citas introdujeron nuevas variables. Un estudio de la Universidad de Stanford publicado en 2023 reveló que el 39 % de las parejas heterosexuales en México que se formaron entre 2018 y 2022 se conocieron a través de plataformas digitales. Esta mediación tecnológica acelera la fase de ilusión inicial, pero también reduce el tiempo dedicado a resolver conflictos cuando aparecen diferencias de hábitos o necesidades.
Impacto en la salud mental colectiva
Cuando las parejas quedan atrapadas entre la necesidad de hablar y la de soltar, el desgaste emocional se extiende más allá de la relación. La Organización Mundial de la Salud estima que los trastornos de ansiedad y depresión relacionados con problemas de pareja representan el 12 % de las consultas de salud mental en países de ingresos medios. En México, el Instituto Nacional de Psiquiatría reportó en 2024 un incremento del 27 % en atenciones por conflictos de pareja respecto a 2019.
La falta de resolución no solo afecta a los involucrados directos. Hijos que crecen en hogares donde persiste el “punto muerto” descrito por Romero López presentan mayor probabilidad de reproducir patrones de evitación o hiperactivación emocional en sus propias relaciones adultas, según un seguimiento longitudinal realizado por la Universidad Nacional Autónoma de México entre 2015 y 2023.
Consecuencias económicas y laborales
El estancamiento relacional también tiene costos medibles en productividad. Un informe de la consultora Mercer correspondiente a 2024 indica que empleados que atraviesan procesos de separación o reconciliación prolongada registran un promedio de 11 días adicionales de ausentismo al año. En sectores como tecnología y servicios financieros, donde la rotación ya es alta, las empresas han comenzado a incorporar programas de apoyo psicológico para parejas como parte de sus paquetes de bienestar.
Por otro lado, la incapacidad de avanzar hacia acuerdos compartidos contribuye a tasas de divorcio que se mantienen estables pese al descenso de matrimonios. En 2023 México registró 157 000 divorcios, de los cuales el 34 % correspondió a parejas con menos de cinco años de convivencia. Esta cifra sugiere que muchas separaciones ocurren precisamente en la etapa de desilusión que describe la autora, antes de que se consolide la capacidad de construir “nosotros frente al problema”.
Perspectivas a largo plazo
El reconocimiento de que ambos miembros buscan el mismo destino —la paz— abre la posibilidad de intervenciones preventivas. Países como Suecia y Países Bajos han implementado talleres de comunicación de pareja financiados por el Estado desde la educación secundaria, con resultados que muestran una reducción del 18 % en consultas por conflicto conyugal diez años después. México carece de programas equivalentes a escala nacional, aunque iniciativas locales en Nuevo León y Jalisco han comenzado a replicar modelos similares.
En términos culturales, la idea de que la virtud reside en el “justo medio” entre valentía para mirar el dolor y sabiduría para soltar podría influir en la manera en que las nuevas generaciones conciben el compromiso. Si las parejas logran identificar que sus estrategias opuestas responden a un objetivo compartido, el riesgo de ruptura por malentendidos disminuye. De lo contrario, el patrón de agotamiento mutuo que señala Romero López seguirá contribuyendo a la fragmentación de redes de apoyo familiar y al aumento de hogares unipersonales, una tendencia que ya modifica la estructura demográfica de varias ciudades latinoamericanas.
El texto de la psicóloga mexicana, aunque breve, señala un mecanismo que trasciende el ámbito privado: la forma en que las parejas gestionan sus diferencias determina, en agregado, la salud emocional de sociedades enteras y la sostenibilidad de sus sistemas de cuidado.
