El copal marca el ambiente en la calle de Alfarería, en el corazón de Tepito, donde un altar dedicado a la Santa Muerte recibe a fieles que llegan para cumplir promesas y participar en una expresión de religiosidad popular profundamente arraigada en la Ciudad de México. Durante septiembre, la escena adquiere una tonalidad particular: el verde, el blanco y el rojo de la bandera mexicana se incorporan a las imágenes, los atuendos y los adornos que acompañan la celebración.
Una manda familiar convertida en acto público
Entre los asistentes destacan Fanny y su familia, quienes trasladan con orgullo sus imágenes desde San Juan de Aragón, en la alcaldía Gustavo A. Madero, hasta el altar de Tepito. El recorrido no representa únicamente un desplazamiento entre dos zonas de la capital. También expresa la forma en que estas prácticas conectan a comunidades distintas mediante promesas personales, vínculos familiares y espacios de culto compartidos.
Como parte de su manda, la familia viste a sus “niñas blancas” con trajes patrios elaborados con listones y encajes brillantes. La denominación alude a una de las formas populares de referirse a las imágenes de la Santa Muerte, cuya vestimenta suele modificarse de acuerdo con la intención de la petición, la fecha religiosa o la promesa cumplida. En este caso, los colores nacionales funcionan como una declaración de pertenencia y como un recurso visual que integra una devoción particular al calendario cívico de septiembre.

Cuando el calendario nacional entra al altar
La incorporación de los símbolos patrios permite observar cómo las expresiones religiosas populares no permanecen separadas de la vida cotidiana. En septiembre, México multiplica sus referencias a la identidad nacional en calles, mercados, escuelas, hogares y espacios públicos. El altar de Alfarería participa de ese mismo entorno, aunque lo hace desde una tradición devocional que no siempre ocupa los espacios institucionales de la religión.
El verde, el blanco y el rojo no aparecen aquí como una simple decoración estacional. Al vestir las imágenes, la familia vincula la protección, la esperanza o el agradecimiento asociados con su manda a una identidad colectiva reconocible. El resultado es una composición en la que lo íntimo y lo público se superponen: la promesa pertenece a la familia, pero su cumplimiento se realiza ante una comunidad de creyentes y bajo códigos visuales que cualquier visitante puede identificar.
El uso de encajes, listones y prendas llamativas añade otra dimensión. La imagen deja de ser un objeto estático y se convierte en una presencia cuidada, arreglada y presentada ante los demás. La preparación del atuendo requiere tiempo, elección de materiales y atención al detalle; por ello, también comunica compromiso. La ornamentación hace visible el esfuerzo depositado en la manda y refuerza el carácter ceremonial del encuentro.
Tepito como punto de reunión y reconocimiento
La calle de Alfarería ocupa un lugar central en esta escena porque el culto no se desarrolla en aislamiento. La presencia del copal, las imágenes y los visitantes construye un espacio de reunión en el que los fieles pueden reconocerse entre sí. Para quienes llegan desde otros puntos de la ciudad, el altar representa un destino con significado propio, pero también un lugar donde la devoción adquiere dimensión comunitaria.
Ese carácter colectivo ayuda a explicar por qué familias como la de Fanny trasladan sus imágenes hasta Tepito. La práctica puede comenzar en el ámbito doméstico, pero encuentra en el espacio público una forma de confirmación. Mostrar la imagen, participar en el ritual y compartir la celebración con otros devotos convierte una promesa individual en parte de una experiencia común.
La escena también revela la diversidad religiosa y cultural de la capital. La Santa Muerte es objeto de una devoción popular que convive, entra en tensión o se relaciona con otras tradiciones religiosas según la experiencia de cada creyente. Reducir estas prácticas a una curiosidad urbana impediría entender su función social: para sus seguidores, los altares y las mandas organizan momentos de agradecimiento, petición, memoria y acompañamiento.
Más que una postal de septiembre
La imagen de niñas vestidas con los colores nacionales puede parecer, a primera vista, una estampa propia de las fiestas patrias. Sin embargo, su importancia está en la combinación de elementos. La celebración reúne una tradición de devoción, una promesa familiar, un trayecto por la ciudad y una simbología nacional que cambia de significado al incorporarse al altar.
El fenómeno muestra que la identidad mexicana no se expresa de una sola manera ni pertenece exclusivamente a ceremonias oficiales. También se construye en prácticas locales, en la manera de vestir una imagen, en la elección de un altar y en la decisión de llevar una promesa a un espacio compartido. En este caso, los colores patrios no sustituyen la devoción de la familia; la hacen visible dentro del momento cultural específico de septiembre.
La celebración de Fanny y sus familiares, por tanto, puede leerse como una manifestación de continuidad y adaptación. La manda conserva su sentido personal, mientras que el atuendo incorpora códigos del entorno y del calendario nacional. Entre el humo del copal y los adornos tricolores, Tepito ofrece una escena donde la fe popular encuentra una forma propia de participar en la conversación pública sobre pertenencia, tradición y comunidad.
