La confirmación científica de que el Tonalámatl de Aubin es un manuscrito de origen prehispánico modifica una discusión que durante décadas condicionó su lugar en la historia documental de México. El fechamiento por carbono 14, realizado en colaboración entre la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia y la Universidad de Colorado en Boulder, sitúa la elaboración del códice alrededor de 1494, con un margen de variación de entre 30 y 40 años. Más allá de precisar una fecha, el resultado desplaza una sospecha persistente: la de que se tratara de una copia colonial tardía, de factura menor, o incluso de una falsificación inspirada en el Códice Borbónico.
El dato fue presentado el 29 de agosto de 2026 durante la Feria Internacional del Libro Universitario, junto con el volumen Tonalámatl de Aubin. Nuevos estudios sobre un códice adivinatorio. La publicación reúne a 16 especialistas de disciplinas que van de la física y la química a la biología, arqueología e historia. Esa composición interdisciplinaria importa porque el debate no dependía sólo de reconocer imágenes, glifos o estilos pictográficos: exigía relacionar el soporte material, los pigmentos, las intervenciones posteriores y el uso social de un objeto que sobrevivió a la conquista y al primer orden colonial.
Una fecha que cambia la jerarquía del manuscrito
El Tonalámatl de Aubin está compuesto por 18 folios de papel amate, de 24 por 27 centímetros, dispuestos en una tira de 486 centímetros y plegados como biombo. Conserva información relativa al tonalpohualli, la cuenta ritual de 260 días, así como las deidades, signos y trecenas que organizaban una parte decisiva de la visión calendárica nahua. No es, por tanto, un registro administrativo ni una crónica en el sentido europeo; es un libro mántico, diseñado para interpretar relaciones entre tiempo, destino, fuerzas divinas y decisiones de la vida colectiva.
Hasta ahora, la comparación con el Códice Borbónico había producido una lectura ambivalente. Por un lado, las semejanzas religiosas y pictográficas sugerían que ambos pertenecían a una misma tradición intelectual. Por otro, ciertas diferencias de manufactura llevaron a calificar al Tonalámatl de Aubin como una obra burda o derivada. La representación del glifo “flor” y algunas superposiciones de color reforzaron las dudas. El problema de ese razonamiento era metodológico: tendía a convertir las diferencias formales en evidencia automática de una fecha posterior, sin contar con una prueba física directa del soporte.

La datación AMS de carbono 14 no elimina toda incertidumbre, pero corrige el punto de partida. Según Baltazar Brito Guadarrama, titular de la BNAH y coautor del estudio, el análisis permite afirmar que el documento fue elaborado, por lo menos, después de 1450, mientras que 1494 es la propuesta cronológica central. El estudio también identifica 1424 como la fecha más probable de obtención de la materia prima. La distancia entre ambas fechas no debe leerse como una contradicción: un soporte vegetal puede ser preparado, almacenado, trasladado o reutilizado antes de recibir su carga pictográfica. Precisamente por eso, el fechamiento de un códice no equivale a fechar de manera mecánica cada trazo, sino a delimitar científicamente su horizonte de producción.
Del objeto estético al archivo de una práctica perseguida
El hallazgo más relevante no es sólo que el Tonalámatl haya sido producido antes de la caída de México-Tenochtitlan. El estudio plantea que el manuscrito pasó de un contexto sistémico, en el que las predicciones rituales formaban parte de la vida social, a un uso secreto tras la conquista española. Brito, Gerardo Gutiérrez y William Taylor proponen que pudo permanecer en clandestinidad entre 1614 y 1648, antes de que el historiador italiano Lorenzo Boturini conociera su existencia y lo adquiriera hacia 1740.
Esta trayectoria obliga a revisar la palabra “supervivencia”. Un códice no sobrevive únicamente porque un ejemplar evita el fuego, la humedad, el saqueo o la dispersión patrimonial. Sobrevive porque alguien lo conserva, comprende para qué sirve y asume el riesgo de mantenerlo. Si el Tonalámatl fue resguardado como libro religioso prohibido durante cerca de dos siglos, su conservación fue también una acción política y cultural. No necesariamente una rebelión abierta contra la autoridad colonial, pero sí una forma sostenida de preservar categorías de conocimiento que la evangelización buscaba desplazar o convertir en superstición.
La primera conclusión original que se desprende de esta evidencia es que el valor del códice debe medirse menos por su aparente cercanía estilística al Códice Borbónico y más por su biografía social. Dos manuscritos pueden compartir convenciones pictográficas y, al mismo tiempo, haber atravesado redes de custodia, usos rituales y condiciones materiales diferentes. Reducir uno a “copia inferior” reproduce una jerarquía estética que no explica su función histórica. El Tonalámatl de Aubin gana densidad justamente porque documenta la adaptación de un saber prehispánico a un escenario de prohibición.
La ciencia material corrige, pero no reemplaza, la interpretación histórica
El carbono 14 ofrece una respuesta robusta a una pregunta específica: cuándo fue producido el material orgánico analizado dentro de un rango estadístico. No puede, por sí solo, reconstruir quién pintó el códice, dónde lo utilizó, qué partes fueron retocadas o qué significaban todos sus signos para las comunidades que lo custodiaron. La fuerza del nuevo libro reside en no presentar la física como una autoridad que cancela a la historia del arte, la filología o la arqueología, sino en utilizarla para obligar a esas disciplinas a revisar hipótesis previas.
Ese punto es crucial para el sector patrimonial. Durante años, la autenticidad de documentos indígenas se ha discutido frecuentemente a partir de la comparación visual con piezas consideradas canónicas. El riesgo es circular: se toma un conjunto limitado de códices como patrón absoluto y todo lo que no encaja del todo se atribuye a decadencia, copia o falsificación. Los análisis de procedencia de materiales, pigmentos, capas pictóricas y pentimentos introducen otra escala de evidencia. Permiten preguntar no sólo si una imagen “parece” antigua, sino cómo fue construida, qué alteraciones recibió y qué relaciones mantiene con las tecnologías de su época.
La segunda conclusión es que el caso puede redefinir los criterios de autenticidad en el estudio de los códices mesoamericanos. No basta con oponer ciencia dura contra interpretación humanística. La autenticidad documental es acumulativa: aumenta cuando convergen el fechamiento, el estudio del soporte, la química de los colores, la lectura iconográfica, la historia de colección y el análisis de las modificaciones. El Tonalámatl de Aubin muestra que una duda razonable puede resolverse no mediante una prueba espectacular aislada, sino mediante una cadena de evidencias con límites explícitos.
Instituciones, comunidades y mercado: intereses que no coinciden por completo
Para el INAH, la Secretaría de Cultura y la UNAM, el resultado fortalece una responsabilidad institucional: conservar el manuscrito y ampliar las condiciones de acceso a su conocimiento sin poner en riesgo su integridad física. La coedición del volumen expresa una apuesta por convertir un expediente especializado en discusión pública informada. Sin embargo, difundir no es lo mismo que exhibir sin restricciones. Un códice de papel amate, con capas pictóricas antiguas y una historia de intervenciones, requiere protocolos de luz, humedad, manipulación y reproducción digital que limitan naturalmente su circulación material.
Para investigadores nacionales e internacionales, la datación abre un campo de trabajo, pero también una exigencia de prudencia. El rango cronológico respalda el carácter prehispánico del manuscrito; no autoriza a resolver de manera automática todos los debates sobre su secuencia de elaboración, sus añadidos o sus vínculos exactos con otros documentos. La disputa académica puede desplazarse ahora desde la pregunta simplificada sobre si es “auténtico” hacia asuntos más productivos: qué talleres o tradiciones pictográficas participaron, cuáles fueron las fases de retoque, y cómo se transmitió el conocimiento calendárico después de 1521.
Las comunidades indígenas y los actores dedicados a la revitalización cultural observan otra dimensión. El reconocimiento de antigüedad no debería convertir el códice en una reliquia muda administrada exclusivamente por expertos. Su contenido remite a formas históricas de comprender el tiempo y la relación entre personas, deidades y ciclos naturales. El desafío consiste en evitar dos extremos: la apropiación académica que separa el objeto de las tradiciones vivas, y una romantización que trate toda referencia prehispánica como si fuera una continuidad directa, intacta y homogénea hasta el presente.
También existe un efecto previsible en el mercado cultural. Cada confirmación de autenticidad aumenta el interés editorial, museográfico, turístico y coleccionista alrededor de los códices. Esto puede financiar investigación y mejorar la sensibilización pública, pero incrementa el riesgo de que circulen reproducciones sin contexto, discursos comerciales sobre “secretos ancestrales” y piezas atribuidas sin respaldo científico. La notoriedad del Tonalámatl debe ir acompañada de una alfabetización patrimonial: explicar que su relevancia no se agota en ser antiguo, sino que depende de una historia documentada de producción, uso, ocultamiento y estudio.
La resistencia no fue inmovilidad cultural
La hipótesis de que el códice se ocultó ante la persecución de prácticas religiosas indígenas plantea una cuestión delicada. Hablar de resistencia no debe sugerir que los pueblos originarios conservaron el pasado en una cápsula sin cambios. La clandestinidad transforma los usos: modifica quién puede consultar un libro, en qué circunstancias, qué significados se enfatizan y cómo se protege la información. Un objeto que antes participaba en una práctica reconocida dentro de una comunidad puede convertirse, bajo vigilancia colonial, en una posesión reservada y de alto riesgo.
La tercera conclusión es que el Tonalámatl de Aubin permite estudiar la resistencia como reorganización del conocimiento. Su posible custodia secreta entre 1614 y 1648 coincide con un periodo en que las autoridades coloniales endurecieron controles sobre prácticas consideradas idolátricas. En ese contexto, preservar una cuenta ritual de 260 días no implicaba necesariamente repetir sin variaciones el mundo anterior a la conquista. Implicaba sostener un lenguaje alternativo para interpretar la experiencia, aun cuando las condiciones políticas obligaran a hacerlo de manera fragmentaria, doméstica o reservada.
Este enfoque también evita una lectura cómoda para las instituciones contemporáneas. Celebrar la continuidad indígena sin reconocer las políticas que hicieron necesaria la ocultación puede vaciar de contenido el hallazgo. El códice es evidencia de sofisticación intelectual prehispánica, pero también de violencia colonial: un libro capaz de ordenar destinos y ritualidades terminó circulando fuera de la vista porque su sistema de conocimiento fue perseguido. Su valor histórico radica en ambas cosas.
Qué investigaciones pueden venir después de 1494
La publicación derivada del simposio de 2023 crea una plataforma para una etapa más precisa de investigación. La comparación sistemática con el Códice Borbónico puede concentrarse ahora en procesos de producción, repertorios de pigmentos, composición de capas y formas de corrección pictórica, en lugar de limitarse a evaluar semejanzas estilísticas generales. El estudio de los pentimentos, por ejemplo, puede revelar decisiones tomadas durante la elaboración y separar modificaciones antiguas de restauraciones o intervenciones posteriores.
Una línea decisiva será perfeccionar la historia de procedencia. Conocer que Boturini lo adquirió hacia 1740 no responde por completo a cómo salió de los circuitos de custodia indígena, qué manos lo conservaron antes ni cuáles fueron las condiciones de su traslado. Esa información afecta tanto la interpretación histórica como los debates contemporáneos sobre patrimonio, acceso, restitución y participación comunitaria. La investigación documental en archivos novohispanos, inventarios, correspondencia y registros de colecciones debe avanzar junto con los estudios de laboratorio.
La digitalización de alta resolución ofrece otra oportunidad, siempre que se gestione con criterio. Puede ampliar el acceso de investigadores, docentes y comunidades sin someter el original a consultas repetidas. Pero una plataforma digital seria debe preservar metadatos, distinguir entre imagen original y reconstrucción interpretativa, registrar las zonas intervenidas y explicar los límites del fechamiento. Una reproducción atractiva sin contexto puede convertir un documento complejo en decoración; una reproducción documentada puede transformarlo en una fuente de conocimiento compartido.
El riesgo de convertir una certeza parcial en relato absoluto
El principal riesgo posterior a la datación es el exceso de certeza. Decir que el Tonalámatl de Aubin es prehispánico está respaldado por la nueva evidencia; afirmar que cada componente visible pertenece exactamente a 1494 requeriría pruebas adicionales. Los manuscritos tienen vidas largas: pueden recibir retoques, reparaciones, recubrimientos, cambios de montaje y lecturas que alteran su apariencia. La propia existencia de superposiciones cromáticas, antes utilizada para sembrar dudas, debe ser estudiada ahora como parte de esa biografía material.
Otro riesgo consiste en tratar la ciencia como un mecanismo de legitimación puntual, utilizado sólo cuando confirma un relato deseado. La credibilidad del estudio depende de que sus métodos, muestras, márgenes de error y criterios de interpretación estén disponibles para evaluación especializada. La colaboración con la Universidad de Colorado constituye una base importante, pero la solidez pública crecerá con replicación, discusión crítica y acceso transparente a la documentación técnica. La investigación patrimonial gana autoridad cuando puede ser cuestionada sin que el cuestionamiento sea confundido con descalificación.
La nueva fecha no clausura la historia del Tonalámatl de Aubin; la vuelve más exigente. Desde 1494, aproximadamente, hasta su adquisición por Boturini hacia 1740, el manuscrito atravesó la caída de un orden político, la imposición de una religión, prácticas de ocultamiento y circuitos de colección. Entender esa trayectoria permitirá que deje de ser visto sólo como una pieza excepcional de museo y sea reconocido como evidencia material de una tradición intelectual que encontró modos concretos de persistir bajo condiciones adversas.
