El Tayta reabre el debate sobre la economía forestal y la protección de la Amazonía peruana

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Un shihuahuaco de más de 1.100 años, localizado en la cuenca del río Las Piedras, en Madre de Dios, se ha convertido en un referente del debate sobre cómo conciliar conservación y actividad económica en la Amazonía peruana. El ejemplar, conocido como El Tayta, mide 54 metros de altura y forma parte de una concesión de conservación administrada por ARBIO Perú. Su antigüedad, anterior a la expansión del Imperio incaico, ilustra la escala temporal de unos ecosistemas cuya degradación avanza a un ritmo mucho más acelerado que su capacidad de recuperación.

Perú mantiene cerca de 74 millones de hectáreas de cobertura boscosa, equivalentes al 58% de su territorio nacional. Sin embargo, la amplitud de ese patrimonio no ha evitado una pérdida sostenida de masa forestal. Datos oficiales citados por organizaciones ambientales indican que el país perdió más de tres millones de hectáreas de bosques entre 2001 y 2023, con un promedio próximo a 150.000 hectáreas anuales. En términos acumulados, la Amazonía peruana ya registra más de 8,6 millones de hectáreas perdidas, una cifra que evidencia la presión sobre la principal reserva forestal del país.

Un árbol que concentra funciones ecológicas

ARBIO Perú monitorea científicamente más de 200 shihuahuacos en su concesión de 916,2 hectáreas. El objetivo es conservar la estructura de un bosque primario y comprender el papel que desempeñan los árboles de gran porte dentro de la dinámica amazónica. Estudios realizados con tecnología LiDAR estimaron que El Tayta almacena aproximadamente 62,8 toneladas de dióxido de carbono equivalente en su biomasa. Esa capacidad de almacenamiento es relevante en un contexto de mitigación climática, aunque los investigadores subrayan que reducir el valor de estos árboles a una cifra de carbono dejaría fuera otros servicios ambientales decisivos.

Las copas, cavidades y troncos de los grandes árboles ofrecen refugio y sitios de reproducción para numerosas especies. Al mismo tiempo, intervienen en los ciclos locales del agua, aportan materia orgánica y sostienen procesos de regeneración vegetal. La pérdida de un ejemplar centenario no equivale, por tanto, solo a la extracción de madera: implica eliminar una pieza funcional de una red ecológica construida durante siglos. Esta diferencia es central para la discusión sobre el aprovechamiento de especies de crecimiento lento, cuya reposición biológica no puede medirse con los plazos habituales de la actividad comercial.

La deforestación responde a presiones múltiples

La expansión de la frontera agrícola sigue siendo el principal motor de pérdida forestal. La agricultura migratoria y de pequeña escala representa cerca del 51% de la deforestación, mientras que la ganadería de pequeña escala explica alrededor del 40%, según los datos disponibles. A estas actividades se suman la minería ilegal, con aproximadamente el 6%, los cultivos ilícitos, con el 2,3%, y la tala ilegal comercial en áreas vulnerables. La combinación de estas presiones muestra que el problema no depende exclusivamente del sector maderero ni puede resolverse únicamente mediante controles sobre la extracción de árboles.

La deforestación también plantea un desafío territorial. En muchas zonas, el cambio de uso del suelo transforma el bosque en espacios agrícolas, pecuarios o mineros antes de que puedan aplicarse medidas de manejo forestal. Esa dinámica dificulta la vigilancia y reduce las posibilidades de que la actividad económica vinculada al bosque se mantenga en el tiempo. Cuando un área pierde su cobertura original, disminuyen tanto los recursos maderables futuros como los servicios ambientales que sostienen actividades locales, sistemas hídricos y biodiversidad.

Producción legal y brechas de control

La madera sigue teniendo peso en la economía forestal peruana. La madera aserrada concentra entre el 78% y el 84% de la producción nacional de madera transformada, seguida por el triplay y el carbón. Ucayali ha liderado históricamente este segmento productivo. Informes de supervisión señalan que cerca del 88% de la madera extraída mediante títulos habilitantes y planes de manejo tiene origen legal, un dato que refleja avances en trazabilidad dentro del ámbito formal.

No obstante, ese indicador no elimina los riesgos en territorios sin gestión forestal activa. Allí persisten mayores probabilidades de tráfico de madera, ocupación no autorizada y pérdida de cobertura. La distinción entre operaciones con planes de manejo y zonas sin instrumentos de control resulta relevante: atribuir toda la degradación a la actividad formal invisibilizaría los problemas de gobernanza territorial, pero presentar la legalidad documental como garantía absoluta también ignoraría las limitaciones de supervisión y la presión acumulada sobre los bosques.

Los árboles madre como activo de largo plazo

Junto a El Tayta se encuentra Annita, otro shihuahuaco de aproximadamente 700 años identificado por ARBIO como árbol madre debido a su alta producción de semillas. La organización desarrolla investigaciones con los Jardines Botánicos Reales de Kew para estudiar la función de estos individuos en la recuperación natural del bosque. La hipótesis de trabajo es que proteger ejemplares maduros puede reforzar la disponibilidad de semillas y mejorar las condiciones para que áreas alteradas recuperen parte de su estructura ecológica.

La Municipalidad Provincial de Tambopata reconoció recientemente a diez ejemplares como Árboles Patrimoniales, entre ellos dos protegidos por ARBIO. El reconocimiento tiene un valor simbólico y de gestión, al incorporar árboles singulares en la agenda pública local. Sin embargo, la conservación efectiva requiere recursos para monitoreo, vigilancia y control de amenazas alrededor de los sitios protegidos. La protección aislada de árboles monumentales difícilmente será suficiente si el paisaje forestal que los rodea continúa fragmentándose.

Perú cuenta con más de nueve millones de hectáreas de bosques tropicales afectados; de ese total, unos 5,5 millones están degradados o abandonados. El Tayta pone esa realidad en perspectiva: conservar los bosques primarios y restaurar áreas alteradas no son objetivos contrapuestos, sino componentes de una misma estrategia. El futuro económico de la Amazonía dependerá de reglas de manejo aplicables, trazabilidad verificable, investigación científica, presencia estatal e inversión privada orientada a plazos largos. Sin esos elementos, el valor forestal del país seguirá expuesto a una conversión rápida que compromete recursos cuya formación tomó siglos.

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