Un estudio publicado en Nature Neuroscience ha identificado en ratones un circuito cerebral que puede predecir y provocar un aumento del consumo de alcohol después del aislamiento social. La conexión une la amígdala basolateral con la corteza prefrontal medial y mostró efectos opuestos según el sexo: se volvió más activa en los machos, que bebieron más, y menos activa en las hembras, cuyo consumo disminuyó.
El resultado aporta una posible explicación neurobiológica a una relación observada desde hace décadas. El aislamiento social se ha vinculado con un mayor consumo excesivo de alcohol, mientras que vivir solo se ha asociado con una mortalidad relacionada con esta sustancia. Durante la pandemia, además, la soledad coincidió con un aumento de los episodios de consumo intensivo en muchas personas. Hasta ahora, sin embargo, no estaba claro qué cambios concretos podían conectar esa experiencia con la conducta de beber.
Once días de aislamiento cambiaron la respuesta
El equipo dirigido por la neurocientífica Kay M. Tye, del Instituto Salk, estudió a ratones machos y hembras que podían elegir durante una hora diaria entre alcohol al 15% y agua. Las sesiones se realizaron primero en condiciones de convivencia grupal y después durante 11 días de aislamiento social completo.
En los machos, el aislamiento elevó el consumo de alcohol, con un máximo aproximadamente una semana después del inicio y una persistencia posterior de los niveles altos. En las hembras ocurrió lo contrario: bebieron menos. Los registros cerebrales mostraron que esa divergencia conductual estaba acompañada por cambios en la misma vía. La actividad del circuito BLA-mPFC aumentó en los machos y se redujo en las hembras.

La actividad cerebral anticipó cuánto beberían
En la siguiente fase, centrada en los machos, los investigadores utilizaron imágenes de calcio con resolución celular para observar la actividad neuronal mientras los animales bebían. La señal del circuito BLA-mPFC permitía diferenciar si el ratón estaba consumiendo alcohol o agua con una precisión superior a la registrada en otras neuronas de la amígdala.
La intensidad de esa actividad también guardaba relación con la conducta posterior. Cuanto más se activaba la vía ante el alcohol, más tragos daba después el animal. Esa correlación no apareció con el agua ni con neuronas de la amígdala que no estaban conectadas específicamente con la corteza prefrontal medial.
Para comprobar que no se trataba únicamente de una asociación, el equipo manipuló directamente el circuito mediante optogenética. Cuando activó la vía cada vez que el ratón bebía, los animales alargaron sus tragos y aumentaron el consumo de alcohol, sin incrementar la ingesta de agua ni de sacarosa. Al inhibirla en ratones que habían sido aislados, el número de tragos de alcohol se redujo de forma significativa, mientras el consumo de agua no cambió.
El aislamiento desplazó el sistema de recompensa
Los experimentos también mostraron una modificación en la forma de procesar las recompensas. Antes del aislamiento, las neuronas de la corteza prefrontal respondían poco al alcohol. Después, su respuesta aumentó, mientras que la reacción ante la sacarosa, una recompensa natural para los ratones, disminuyó.
La estimulación artificial del circuito en animales que no habían sido aislados reprodujo el mismo patrón: menor interés por el azúcar y mayor respuesta al alcohol. El estudio describe así una reconfiguración de la actividad relacionada con las recompensas, observada en condiciones experimentales y vinculada específicamente con la conducta de los ratones.
La posición social también influyó antes de llegar al aislamiento completo. Dentro de los grupos, los animales subordinados bebieron más alcohol que los dominantes y presentaron una mayor excitabilidad basal en el circuito BLA-mPFC. El hallazgo sugiere que una situación social desfavorable puede asociarse con cambios en esta vía incluso sin separación total del grupo.
Los autores advierten que los resultados no pueden trasladarse directamente a las personas y que son necesarios más estudios. Aun así, señalan un paralelismo con observaciones clínicas: en personas con problemas de alcohol, una mayor respuesta de la corteza prefrontal ante señales relacionadas con la bebida se ha asociado con más ansia de consumo y mayor riesgo de recaída. En los ratones aislados, el circuito identificado presentó precisamente una actividad más intensa ante el alcohol y una influencia causal sobre la cantidad ingerida.
