La publicación de un artículo que reivindica el lugar del cuerpo y los sentidos en la escuela, con especial énfasis en el olfato, llega en un momento en que los sistemas educativos de América Latina enfrentan tensiones entre la tradición racionalista y las demandas de una formación integral. El texto recuerda las ideas de Michel Foucault sobre los cuerpos dóciles y las experiencias de las hermanas Cossettini en Argentina hace casi un siglo, al tiempo que incorpora aportes de la neurocientífica Laura López-Mascaraque. Estas referencias no son casuales: responden a un largo proceso de debate sobre cómo se construye el conocimiento y qué papel juegan las emociones y las sensaciones en ese proceso.
Orígenes de la pedagogía de la quietud
Desde el siglo XIX, la escuela moderna adoptó un modelo de control corporal inspirado en instituciones disciplinarias. Foucault describió cómo el aula se convirtió en espacio de vigilancia y normalización: el alumno debía permanecer sentado, silencioso y atento solo a estímulos visuales y auditivos. Este paradigma se consolidó con la expansión de la educación obligatoria y la necesidad de formar trabajadores ordenados para las fábricas. En América Latina, las reformas liberales de fines del siglo XIX reforzaron esa matriz, priorizando la transmisión de contenidos mediante libros y pizarras. Sin embargo, ya entonces surgieron resistencias. Las escuelas experimentales de Rosario impulsadas por las hermanas Cossettini en los años treinta demostraron que el aprendizaje podía partir de la observación directa de la naturaleza, el dibujo, el movimiento y el contacto con materiales reales. Sus “conocimientos vivificados” anticiparon lo que hoy la neurociencia confirma: la memoria se consolida mejor cuando intervienen múltiples vías sensoriales.

El olfato como vía privilegiada de recuerdo
La investigación de López-Mascaraque muestra que el bulbo olfatorio conecta directamente con la amígdala y el hipocampo, áreas vinculadas a la emoción y la memoria episódica. A diferencia de la información visual o auditiva, que pasa por varios filtros corticales, los olores generan respuestas inmediatas y duraderas. Este hallazgo tiene implicaciones prácticas: un aula que incorpora aromas controlados (tierra húmeda, madera, hierbas) puede activar recuerdos autobiográficos que facilitan la retención de conceptos abstractos. En países con alta diversidad cultural como México o Perú, donde el olfato forma parte de tradiciones gastronómicas y rituales, ignorar este sentido equivale a desaprovechar un recurso cognitivo ya presente en la vida cotidiana de los estudiantes.
Impacto en políticas de inclusión
Cuando las escuelas incorporan estrategias multisensoriales, se amplía el margen de participación de estudiantes con diferentes estilos de aprendizaje. Niños con trastorno por déficit de atención o con necesidades educativas especiales suelen beneficiarse del movimiento y el contacto táctil. En Chile, programas piloto que combinan geometría con medición física de patios han registrado mejoras de hasta 18 % en la comprensión de perímetros y áreas, según evaluaciones del Ministerio de Educación. A nivel regional, la adopción de estos enfoques puede reducir las tasas de repitencia, especialmente en los primeros años de primaria, donde la deserción suele vincularse a la percepción de que la escuela es un espacio ajeno al cuerpo y las emociones.
Efectos a largo plazo en la sociedad digital
La saturación de pantallas ha intensificado la demanda de experiencias que recuperen el cuerpo. Estudios de la OCDE indican que los jóvenes que participan en actividades sensoriales estructuradas muestran mayor empatía y mejor regulación emocional en la adolescencia. Si los sistemas educativos latinoamericanos integran el olfato y otros sentidos de manera sistemática, podrían contrarrestar el aislamiento progresivo que genera el aprendizaje mediado exclusivamente por dispositivos. A escala macro, esto podría traducirse en generaciones más capaces de vincular el conocimiento científico con la vida cotidiana, un factor clave para enfrentar desafíos como el cambio climático, donde la percepción sensorial del entorno resulta indispensable.
El debate abierto por el artículo trasciende la anécdota de una maestra que usaba aromas. Señala la necesidad de revisar los marcos curriculares que aún privilegian la acumulación de información por encima de la construcción de experiencias significativas. Las reformas que incorporen estos principios requerirán inversión en formación docente y en infraestructura flexible, pero los retornos esperados en retención del aprendizaje y bienestar estudiantil justifican el esfuerzo. En definitiva, la escuela que educa la sensatez y la sensibilidad no solo mejora resultados académicos: contribuye a formar ciudadanos más conscientes de su entorno y de los demás.
