El método termina a la mañana siguiente: la escoba debe retirarse del agua con sal, enjuagarse con agua limpia y dejarse secar al aire libre, preferentemente colgada con las cerdas hacia abajo. La práctica busca eliminar residuos y malos olores acumulados en las fibras, aunque también conserva un sentido simbólico de renovación del hogar en numerosas familias de México y América Latina.
El procedimiento comienza al llenar una cubeta con agua caliente suficiente para cubrir por completo las cerdas. Luego se añade entre media taza y una taza de sal de mesa, fina o gruesa, y se revuelve hasta disolverla. El palo puede permanecer fuera del recipiente para evitar que se deteriore con la humedad.

Con la mezcla preparada, las cerdas se sumergen y permanecen en remojo durante toda la noche, en un sitio ventilado. Según la costumbre popular, el agua caliente facilita el desprendimiento de suciedad y la sal contribuye a combatir los olores que puede retener una escoba de uso frecuente.
Además de la finalidad práctica, algunas personas vinculan este paso con una limpieza energética. Bajo esa creencia, la escoba puede haber recogido vibras negativas durante la limpieza cotidiana, por lo que el remojo se realiza después de visitas, discusiones u otros momentos considerados importantes dentro de la casa.
La recomendación habitual es repetirlo al menos una vez al mes. Antes de hacerlo, conviene verificar que el material de la escoba soporte el agua caliente, especialmente cuando sus cerdas o su base están fabricadas con componentes que podrían deformarse.
