La mayor parte de los asesinatos de influencers en México se ha concentrado en Sinaloa y, de forma más marcada, en los últimos dos años y medio, de acuerdo con Víctor Manuel Sánchez Valdés, académico de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC). El investigador sostuvo que, en los últimos nueve años, se han documentado 36 homicidios de creadores de contenido en el país, y que 60 por ciento de esos casos ocurrió entre 2024, 2025 y lo que va de 2026.
El patrón, explicó, no puede leerse como una suma de hechos aislados. En su revisión, la violencia contra estas figuras digitales aparece ligada al reacomodo interno del crimen organizado, en particular a la disputa entre las dos facciones del Cártel de Sinaloa, la Chapiza y la Mayiza. Esa ruptura, señaló, colocó a varios creadores en una posición vulnerable, porque durante años mantuvieron cercanía con integrantes o grupos afines a estas organizaciones.

Una violencia concentrada en el noroeste
Sánchez Valdés detalló que 12 de los 36 homicidios ocurrieron en Sinaloa, equivalente a 33 por ciento del total nacional concentrado en una sola entidad. La incidencia no se limita, sin embargo, a víctimas que residían en ese estado: también hay casos de origen sinaloense asesinadas fuera de la entidad, como ocurrió con Gail Castro, en Ensenada, Baja California, y con Camilo Ochoa, en Temixco, Morelos.
El caso más reciente fue el de César Gastélum, asesinado a balazos el 4 de agosto mientras realizaba una transmisión en vivo afuera de un local de comida rápida en Culiacán. Para el especialista, ese tipo de episodios confirma que la exposición pública de los creadores de contenido, combinada con su presencia en entornos de alto riesgo, amplifica la posibilidad de ataques directos.
Cercanía, dinero y presiones criminales
El académico describió tres rutas principales detrás de estos asesinatos. La primera es la relación de cercanía con líderes criminales y la difusión de contenidos favorables a ciertos grupos. En ese terreno, dijo, el simple hecho de elogiar a una organización puede incomodar a otra, sobre todo en un contexto de guerra interna entre bandas rivales.
La segunda ruta, añadió, son los esquemas de lavado de dinero aprovechando el auge de las transmisiones en vivo. Bajo ese modelo, la organización criminal entrega recursos para simular donaciones masivas con usuarios falsos; el influencer retiene una comisión y devuelve el resto, con la apariencia de ingresos legítimos. El problema, advirtió, aparece cuando surgen reclamos por montos, reportes o entregas incompletas, lo que puede derivar en amenazas o violencia.
La tercera vía documentada en su investigación se relaciona con vínculos personales o sentimentales con personas ligadas a células criminales. En ese grupo ubicó casos que terminan en tragedia cuando esos lazos se rompen o se complican. Como ejemplo, citó el caso de Valeria Márquez, presuntamente relacionada con el hijo de Ramón Ángel Álvarez Ayala, identificado por autoridades federales como “R1”.
El especialista precisó que no todos los asesinatos de influencers tienen vínculo con la delincuencia organizada. También existen homicidios de carácter convencional, entre ellos un probable feminicidio de una creadora de contenido originaria de Oaxaca, integrante del canal de sketches “Qué Parió”, además de asaltos que terminaron de forma fatal. Aun así, sostuvo que el volumen de casos resulta atípico y apunta a una combinación de exposición digital y relaciones de riesgo.
La frontera con el periodismo
La cronología elaborada por Sánchez Valdés ubica los dos primeros casos documentados en 2017: Kevin Kaletry, en Ciudad de México, y “El Pirata de Culiacán”, asesinado en Zapopan, Jalisco, tras desafiar públicamente al líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Desde entonces, el fenómeno ha crecido en número y visibilidad, especialmente a partir del reacomodo criminal en Sinaloa.
Al comparar esta violencia con la ejercida contra periodistas mexicanos, el académico reconoció una coincidencia de fondo: en ambos casos se busca acallar voces incómodas. La diferencia, dijo, está en el papel que desempeña cada uno. Mientras el periodista investiga hechos que pueden incomodar a una organización, el influencer, en varios de los casos revisados, actúa además como promotor o vocero indirecto de contenidos favorables para uno de los bandos.
Para el investigador, la presión económica en las plataformas digitales también pesa. La competencia por seguidores, vistas y monetización empuja a algunos jóvenes a aceptar apoyos que prometen crecimiento acelerado. Ese acceso rápido a dinero y visibilidad, concluyó, suele venir acompañado de riesgos que no siempre se dimensionan a tiempo, y que en esta coyuntura han tenido un costo letal para decenas de creadores de contenido.
