La discusión por la Presidencia del Senado dejó una advertencia política para Morena: responder con conciliación permanente a una oposición que, según el autor, ha elevado sus ataques puede convertirse en un error. Gerardo Fernández Noroña tenía razón en ese punto, sostiene el texto, aunque no necesariamente en su interés por volver a encabezar la Cámara alta. La candidatura de Higinio Martínez abre además dudas sobre la relación entre el movimiento y el poder presidencial.
Higinio Martínez ha defendido que quien presida el Senado debe privilegiar los acuerdos y representar a los 128 legisladores. El planteamiento es institucionalmente válido, pero el artículo cuestiona que Morena mantenga esa disposición frente a una oposición a la que acusa de llamar “narcogobierno” a la administración federal, explotar tragedias con fines políticos y descalificar instituciones cuando sus resoluciones no le favorecen.

En ese contexto, el argumento no plantea que Morena deba reproducir las prácticas de sus adversarios. La firmeza, señala, no equivale al autoritarismo ni la defensa política exige abandonar la civilidad democrática. La crítica apunta a que el partido puede terminar actuando como receptor pasivo de ataques mientras ofrece una disposición que sus opositores no corresponden.
El siguiente momento de la controversia surgió alrededor de la postulación de Martínez. La Jornada publicó que, de acuerdo con legisladores de Morena, el impulso a su llegada habría nacido en una reunión de la presidenta Claudia Sheinbaum con Ignacio Mier y Ricardo Monreal. Días después, cuando aún faltaba la votación, el mismo diario presentó su arribo como prácticamente definido.
El texto establece un límite claro sobre esa información: no hay prueba pública de que Sheinbaum haya impuesto a un candidato, por lo que sería irresponsable afirmarlo. Sin embargo, plantea que el episodio justifica atención dentro de Morena, porque la presidenta tiene derecho a ejercer liderazgo, expresar opiniones e influir en la Cuarta Transformación, pero no recibió la propiedad exclusiva de un movimiento construido durante años por millones de personas.
La preocupación de fondo remite a una práctica que la izquierda combatió durante décadas: un sistema en el que el presidente también operaba como jefe partidista, gran elector y árbitro definitivo de las diferencias. El artículo no sostiene que ese esquema se haya repetido en la definición de Higinio Martínez; advierte que Morena debe evitar normalizar que primero se consulte qué quiere Palacio Nacional y después qué piensa el movimiento.
La advertencia atribuida a Noroña queda así vinculada a dos riesgos distintos: hacia afuera, confundir civilidad con una respuesta insuficiente ante una oposición agresiva; hacia adentro, equiparar unidad con obediencia. La resolución de la Presidencia del Senado puede ser positiva o negativa, según el desempeño de Martínez, pero para el autor el mensaje político alrededor del proceso exige que Morena no pierda de vista esa diferencia.
