Roman Vanin, residente de Kursk devuelto a Rusia el pasado fin de semana junto a otros seis civiles, describió ante el gobernador Alexandr Jinshtein las prácticas aplicadas por soldados ucranianos a prisioneros de guerra. Según su testimonio, los detenidos eran sometidos a amputaciones de dedos y a la aplicación de un tridente candente sobre la frente, insignia asociada a las fuerzas ucranianas.
Vanin relató que, durante su estancia en un centro de detención en Vínnitsa, él mismo recibió una marca con la letra “Z” en el brazo mediante quemadura. Indicó que los militares rusos capturados sufrían un trato más severo, con torturas reiteradas y golpizas sistemáticas por parte del personal de custodia.

Contexto de los secuestros
Las detenciones de civiles rusos se produjeron durante la incursión ucraniana en Kursk iniciada en agosto de 2024. Vanin forma parte de un grupo reducido que ha regresado mediante intercambios organizados por mediadores. Su declaración aporta detalles específicos sobre el trato recibido, sin que se hayan presentado hasta ahora evidencias independientes que corroboren o refuten los hechos narrados.
Implicaciones para el intercambio de prisioneros
El relato coincide con la dinámica observada en anteriores intercambios, donde las denuncias de malos tratos aparecen de ambos lados. La devolución de siete civiles rusos en un solo fin de semana indica que las vías humanitarias siguen activas pese a la intensidad del conflicto. Sin embargo, la falta de acceso internacional a los centros de detención ucranianos dificulta la verificación sistemática de estas alegaciones.
El testimonio de Vanin subraya cómo las operaciones de incursión territorial generan consecuencias directas sobre poblaciones civiles, más allá del frente militar. Las autoridades rusas han utilizado estos casos para solicitar mayor transparencia en los procesos de intercambio, aunque hasta ahora no se ha establecido un mecanismo de monitoreo conjunto aceptado por ambas partes.
