Con el final de las vacaciones estivales para buena parte de la población, septiembre marca para muchas familias el regreso a los horarios habituales, aunque el verano y las altas temperaturas todavía continúen. En este contexto, Isaac Galiani, experto en Nutrición Humana y Dietética del hospital Cruz Roja Córdoba y vocal en la provincia del Colegio de Dietistas-Nutricionistas de Andalucía, recomienda recuperar de manera progresiva una alimentación ordenada y combinarla con actividad física. Su planteamiento se distancia de las estrategias destinadas a perder peso rápidamente y pone el foco en cambios que puedan mantenerse a medio y largo plazo.
El especialista explica que durante julio y agosto es relativamente frecuente ganar algunos kilos, una situación comparable a la que se produce en Navidad. La modificación de las rutinas, el menor nivel de ejercicio y una mayor presencia de comidas fuera de casa pueden alterar el equilibrio habitual. A ello se suma, según Galiani, un consumo más elevado de alimentos ultraprocesados, postres, frituras preparadas con aceites menos saludables, refrescos y bebidas alcohólicas o azucaradas con una alta carga calórica.
El regreso a la normalidad empieza por ordenar las comidas
La recomendación no consiste en convertir septiembre en un periodo de restricción severa, sino en utilizar el regreso a la actividad cotidiana para recuperar pautas más regulares. Galiani anima a no interpretar este mes como una etapa de “castigo” en la que haya que comer lo mínimo posible, sino como el momento de volver a una alimentación proporcionada a las necesidades concretas de cada persona.
Ese matiz resulta relevante porque el peso ganado durante el verano no responde siempre a una única causa. Puede estar relacionado con un exceso calórico sostenido, pero también con cambios temporales en los horarios, la composición de las comidas y la retención de líquidos asociada a una alimentación menos equilibrada. Por ello, el objetivo no debería limitarse a perseguir una cifra en la báscula, sino a restablecer una rutina que mejore la calidad global de la dieta y la relación entre la ingesta y el gasto energético.
Entre los alimentos que el experto aconseja priorizar figuran los propios de la dieta mediterránea: legumbres, frutas, verduras, pescado azul, aceite de oliva virgen extra, cereales integrales, frutos secos, huevos, lácteos desnatados y carnes con menor contenido graso. La selección, sin embargo, debe ajustarse a las características y necesidades de cada individuo. La misma pauta no tiene por qué ser adecuada para una persona sedentaria, un deportista, un adulto mayor o alguien con una enfermedad previa.

La preparación también determina el resultado
Además de qué alimentos se consumen, Galiani llama la atención sobre la forma de cocinarlos. Las técnicas que requieren menos grasa, como la cocción, pueden contribuir a reducir la densidad calórica de las comidas, mientras que las frituras deberían reservarse para ocasiones más puntuales. La recomendación no implica eliminar por completo determinados productos, sino limitar su frecuencia y recuperar una distribución más equilibrada del conjunto de la alimentación.
La vuelta a los hábitos cotidianos también puede facilitar una planificación más estable. Organizar las compras y las comidas, recuperar horarios regulares y reducir la dependencia de productos preparados ayuda a que las decisiones alimentarias no queden condicionadas por la improvisación. En ese proceso, el modelo mediterráneo ofrece una referencia basada en alimentos variados, pero su aplicación debe atender a las cantidades y al gasto energético individual, no solo a la lista de productos recomendados.
El ejercicio acompaña, pero no sustituye a la alimentación
Galiani plantea que la recuperación de la rutina debe combinar, en la medida de lo posible, una dieta saludable con ejercicio físico. La actividad contribuye a restablecer el nivel de movimiento perdido durante las vacaciones y forma parte de un enfoque global de salud. No obstante, el regreso al ejercicio debería adaptarse a la condición física de cada persona y producirse de forma gradual, especialmente cuando se ha pasado un periodo prolongado de inactividad o persisten las temperaturas elevadas.
La combinación de alimentación y actividad física permite abordar el problema desde dos frentes relacionados: mejorar la calidad de lo que se consume y recuperar un gasto energético más acorde con las necesidades diarias. El especialista subraya así que la pérdida de peso no depende de una medida aislada ni de una respuesta inmediata, sino de la continuidad de varias conductas saludables.
Advertencia ante las promesas de resultados inmediatos
El experto cordobés alerta del riesgo de recurrir a dietas diseñadas para bajar de peso con rapidez sin la supervisión de un profesional. Antes de establecer un plan, considera necesario realizar un estudio nutricional y corporal personalizado, además de una analítica cuando proceda, para conocer la situación de la persona y evitar pautas inadecuadas.
Las dietas exprés pueden generar expectativas difíciles de sostener y no siempre responden a las necesidades reales de quien las sigue. Galiani insiste en que alcanzar un peso más adecuado suele requerir un proceso de medio y largo plazo, lejos de resultados instantáneos o milagrosos. La supervisión especializada permite valorar la evolución, ajustar la alimentación y reducir el riesgo de consecuencias negativas para la salud.
Con el verano aún presente en el calendario, la propuesta no pasa por compensar los excesos con restricciones bruscas, sino por recuperar una estructura alimentaria razonable y mantenerla en el tiempo. Para Galiani, el regreso de septiembre ofrece una oportunidad para revisar rutinas, mejorar la calidad de las comidas y reintroducir el ejercicio sin convertir la pérdida de peso en una carrera contra el reloj.
