La campaña de excavaciones desarrollada este año en la cueva de Prado Vargas, dentro del complejo kárstico de Ojo Guareña, en la Merindad de Sotoscueva (Burgos), ha recuperado más de 1.500 restos fósiles de animales y herramientas de piedra. El conjunto procede de un área excavada de 140 metros cuadrados y presenta una antigüedad media de unos 46.000 años, en un periodo en el que los neandertales ocupaban de forma recurrente el interior de la península ibérica.
La concentración y la diversidad de los materiales refuerzan la interpretación de que el nivel 4D de Prado Vargas no fue un refugio utilizado de manera ocasional. Los investigadores consideran que funcionó como un campamento de larga duración estacional, probablemente ocupado desde la primavera hasta el otoño y visitado por distintas generaciones. La hipótesis se apoya tanto en la cantidad de restos como en las evidencias de actividades cotidianas desarrolladas en el interior de la cavidad.
Huesos con señales de procesamiento
Entre los fósiles identificados figuran dientes y fragmentos óseos de jabalí, caballo, bisonte, vaca, gamo y ciervo. Muchos presentan marcas de corte y estigmas de percusión en las extremidades. Estas señales permiten reconstruir una secuencia de aprovechamiento que incluía el descuartizado de los animales y la extracción del tuétano contenido en los huesos largos.
La información no se limita a demostrar que los neandertales consumían carne. El patrón de marcas aporta indicios sobre cómo organizaban el procesamiento de las presas y sobre el valor que concedían a cada parte del animal. La ruptura intencionada de los huesos para acceder al tuétano revela una estrategia de aprovechamiento intensivo, especialmente relevante en un entorno en el que la disponibilidad de recursos podía variar según la estación.

Una tecnología adaptada a las tareas diarias
El repertorio lítico recuperado muestra una tecnología de aspecto práctico y diversificado. El 95 % de las piezas fue fabricado en sílex, mientras que el resto se elaboró sobre cantos de cuarcita y cuarzo. Entre los instrumentos predominan las lascas con filo bruto, seguidas por raederas, muescas y denticulados, herramientas compatibles con labores de corte, raspado y transformación de materiales.
La campaña también ha aportado varios retocadores de hueso. Sumados a los hallados en temporadas anteriores, estos objetos alcanzan aproximadamente un centenar. Su presencia permite profundizar en la fabricación y el mantenimiento de los útiles de piedra, ya que pudieron emplearse para modificar sus bordes mediante golpes controlados. El hallazgo sitúa la producción y reparación de herramientas dentro de las actividades realizadas en el propio campamento, y no únicamente en lugares externos.
La combinación de restos faunísticos con instrumentos y retocadores ofrece una lectura más completa del asentamiento. Prado Vargas aparece como un espacio donde se obtenían y procesaban alimentos, se mantenían herramientas y se organizaba parte de la vida del grupo. Esa variedad funcional es uno de los argumentos que diferencian un campamento residencial de una ocupación breve vinculada a una actividad concreta.
El mismo paisaje, dos poblaciones humanas
Las excavaciones han avanzado además en los subniveles más modernos de la cueva, correspondientes al Paleolítico superior, identificados como niveles 4A-AB. En esa zona se descubrió el año pasado un hogar atribuido a los primeros Homo sapiens que ocuparon este sector del interior peninsular. La datación preliminar de los materiales ronda los 35.000 años, aunque su interpretación requerirá el estudio de los restos recuperados durante los próximos años.
La sucesión de niveles convierte a Prado Vargas en un registro especialmente valioso para estudiar el cambio entre neandertales y Homo sapiens en el occidente de Eurasia. Los restos indican que la cueva fue utilizada primero por grupos neandertales y, tras su desaparición de la secuencia local, también por poblaciones de Homo sapiens en expansión. No se trata de una prueba directa de convivencia en el mismo momento, pero sí de una evidencia de continuidad en el uso de un territorio estratégico.
El entorno de Ojo Guareña y la proximidad del río Trema pudieron ofrecer condiciones favorables para ambas poblaciones: refugio, acceso al agua, rutas de desplazamiento y posibilidades de explotación de fauna. El estudio de los niveles más recientes permitirá valorar cómo los primeros Homo sapiens gestionaron esos recursos y si mantuvieron pautas de ocupación comparables o desarrollaron estrategias diferentes respecto a los grupos neandertales.
Una investigación colectiva para reconstruir el asentamiento
La campaña está dirigida por Marta Navazo, de la Universidad de Burgos; Alfonso Benito, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana; y Rodrigo Alonso, del Museo de la Evolución Humana. En los trabajos han participado alrededor de veinte arqueólogos y estudiantes de las universidades de Burgos, Cantabria, Complutense y Austral de Chile, además de investigadores del Museo de Historia Natural de ese país.
La relevancia de los resultados dependerá ahora del análisis detallado de cada categoría de evidencia. La identificación de especies, el estudio microscópico de las marcas, la distribución espacial de los hallazgos y la datación de los distintos subniveles permitirán precisar cuánto tiempo permanecieron los grupos en la cueva, qué actividades concentraron en cada zona y cómo cambiaron sus prácticas a lo largo del tiempo.
Más que un inventario de piezas, Prado Vargas está proporcionando una secuencia de ocupación capaz de relacionar alimentación, tecnología y movilidad humana en un mismo paisaje. La acumulación de datos de varias campañas puede ayudar a explicar cómo los neandertales organizaron sus asentamientos durante miles de años y cómo, posteriormente, los Homo sapiens incorporaron Ojo Guareña a sus propias redes de expansión por la península.
