Italia plantó millones de píceas noruegas en los Alpes durante la década de 1930 para proyectar orden productivo y garantizar madera futura. Noventa años después, un estudio publicado en Ecology revela que esa decisión provocó una pérdida irreversible de diversidad biológica.
El monocultivo que silenció el ecosistema
Los investigadores compararon plantaciones de pícea con bosques nativos y praderas alpinas en Monte Bisbino y Alpe del Vicerè. En las zonas de monocultivo solo se registraron siete especies vegetales por parcela, frente a 37 en pastizales tradicionales. La cobertura perenne de las coníferas impide el paso de luz al suelo, eliminando las condiciones que requieren muchas plantas alpinas para florecer. El resultado es un bosque que permanece en pie pero ha perdido la mitad de su complejidad ecológica.

Consecuencias que tardan décadas en aparecer
Además de la reducción de especies, las plantaciones acumularon 25 % más carbono orgánico, ralentizando la descomposición y alterando los ciclos de nutrientes. No surgió una nueva comunidad adaptada; el sistema quedó en una versión empobrecida del original. Esta dinámica no es exclusiva de Italia: la mitad de las superficies destinadas hoy a restauración forestal mundial corresponde a monocultivos de especies no nativas elegidas por rapidez y bajo costo.
El caso alpino demuestra que medir el éxito por cobertura verde o hectáreas plantadas ignora la funcionalidad real del ecosistema. Cuando los efectos se hacen evidentes, la recuperación resulta inviable en plazos humanos. Las políticas de reforestación que priorizan métricas contables sobre diversidad siguen reproduciendo el mismo error estructural.
