México acelera frente a Estados Unidos y Canadá, pero el salto turístico plantea un desafío de distribución y sostenibilidad

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Los datos más recientes del Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC) colocan a México ante una paradoja relevante: el país lideró el crecimiento turístico de Norteamérica durante 2025 y, al mismo tiempo, conservó una posición de primer orden en el mapa mundial del sector. La contribución directa de los viajes y el turismo al producto interno bruto mexicano aumentó 1.8 por ciento, por encima del 0.9 por ciento registrado por Estados Unidos y del 1.2 por ciento de Canadá. En el gasto de los visitantes internacionales, la diferencia fue aún más marcada: México avanzó 3.5 por ciento, mientras Estados Unidos retrocedió 4.6 por ciento y Canadá cayó 3.5 por ciento.

El resultado no es únicamente una estadística favorable para la Secretaría de Turismo. También refleja un cambio relativo en la competencia regional. Mientras los dos principales mercados turísticos de Norteamérica enfrentaron una menor capacidad para atraer o retener gasto internacional, México consiguió ampliar su participación. La secretaria Josefina Rodríguez Zamora interpretó el desempeño como una confirmación de la fortaleza y competitividad de la industria mexicana. Sin embargo, la lectura más importante está en lo que todavía no resuelven las cifras: crecer más que los vecinos no garantiza, por sí mismo, que el turismo genere mayor bienestar en todos los destinos ni que la expansión sea resistente a futuras perturbaciones.

La cifra que distingue a México de sus vecinos

El primer punto de análisis es la diferencia entre crecimiento y tamaño. México no solo aumentó el valor económico asociado al turismo; también se mantuvo, desde 2019, en el cuarto lugar mundial en dos indicadores de gran peso. El WTTC estimó en 149 mil 400 millones de dólares la contribución directa de viajes y turismo al PIB mexicano durante 2025, únicamente por debajo de Estados Unidos, China y Alemania. En gasto destinado a viajes de placer y ocio, el país alcanzó 237 mil 900 millones de dólares, nuevamente en la cuarta posición global.

Estas magnitudes muestran que el turismo dejó de ser un componente periférico de la economía mexicana. Su alcance comprende hoteles, aerolíneas, transporte terrestre, restaurantes, operadores de excursiones, comercio, entretenimiento y una amplia red de proveedores locales. Además, el gasto internacional tiene una importancia específica porque aporta divisas y conecta la actividad turística con el ingreso externo del país. El aumento de 3.5 por ciento en ese rubro adquiere mayor relevancia al producirse en un entorno donde Estados Unidos y Canadá registraron contracciones.

La comparación regional, no obstante, debe manejarse con precisión. El indicador de contribución directa al PIB no equivale a todo el impacto económico del turismo, pues no incluye necesariamente todos los efectos indirectos e inducidos sobre proveedores, empleo y consumo. Tampoco permite saber por sí solo si el crecimiento se concentró en visitantes de mayor gasto, en una recuperación de flujos previamente deprimidos o en un aumento del volumen de viajeros. La conclusión sólida es que México mejoró su posición relativa, no que haya resuelto sus desequilibrios estructurales.

El avance internacional no se reparte de manera automática

El segundo hallazgo es menos visible, pero más determinante para la política pública: el crecimiento nacional puede coexistir con una distribución territorial desigual. Los destinos de playa con conectividad aérea, infraestructura hotelera y reconocimiento internacional están mejor preparados para capturar el aumento del gasto. Cancún y la Riviera Maya, Los Cabos, Puerto Vallarta, Ciudad de México y algunos corredores culturales cuentan con ventajas acumuladas que permiten responder con mayor rapidez a la demanda.

En cambio, numerosas comunidades dependen de una oferta pequeña, de conexiones limitadas y de una temporada corta. Para ellas, el crecimiento agregado del país puede traducirse en beneficios modestos si los visitantes permanecen en circuitos cerrados, si los grandes operadores concentran la comercialización o si una parte significativa de los insumos procede de otras regiones. El desafío planteado por Rodríguez Zamora, al hablar de oportunidades, bienestar y “Prosperidad Compartida”, consiste precisamente en convertir el desempeño macroeconómico en ingresos locales, empleos formales, capacitación y mejoras sostenidas en servicios públicos.

La primera conclusión propia que se desprende de los datos es que la siguiente etapa del turismo mexicano no debe medirse solo por el número de visitantes o por el valor total del gasto, sino por su capacidad de distribuir ese valor. Si un destino recibe más turistas pero enfrenta presión sobre el agua, la vivienda, el transporte y los residuos, el crecimiento puede deteriorar las condiciones que hicieron atractiva a la localidad. El éxito sectorial, por tanto, exige indicadores complementarios: ingreso turístico retenido localmente, calidad del empleo, duración de la estancia, gasto fuera de los complejos hoteleros y presión ambiental por visitante.

La ventaja de México nace también de las debilidades ajenas

El tercer elemento requiere observar qué ocurrió en Estados Unidos y Canadá. La caída de 4.6 por ciento en el gasto de visitantes internacionales en Estados Unidos y de 3.5 por ciento en Canadá no significa que ambos países hayan dejado de ser potencias turísticas. Su escala, infraestructura y capacidad de consumo siguen siendo enormes. La cifra indica, más bien, que durante 2025 enfrentaron condiciones menos favorables para captar gasto extranjero.

En Estados Unidos pueden influir el costo elevado del alojamiento, el transporte y la restauración en grandes ciudades, además de cambios en los patrones de viaje y en la percepción internacional del destino. Canadá, por su parte, enfrenta distancias extensas, una temporada turística más concentrada y una sensibilidad particular a los costos de conectividad. México se beneficia de una oferta diversificada, una extensa red de destinos de sol y playa, proximidad con su principal mercado emisor y una estructura de precios que, para ciertos segmentos, puede resultar más competitiva.

Pero una ventaja basada parcialmente en el encarecimiento o la pérdida de atractivo de los competidores es frágil. Si Estados Unidos y Canadá corrigen sus costos, recuperan conectividad o emprenden campañas agresivas de promoción, la posición mexicana puede enfrentar presión. La segunda conclusión es que México no debería interpretar el retroceso relativo de sus vecinos como una victoria permanente. La verdadera competitividad dependerá de factores que no se compran con publicidad: seguridad, certidumbre regulatoria, calidad aeroportuaria, gestión urbana, protección ambiental y capacidad para resolver conflictos con las comunidades receptoras.

Quién gana y quién asume los costos

Para las empresas turísticas, el desempeño de 2025 ofrece un argumento para ampliar inversiones. Más demanda internacional favorece la ocupación hotelera, el transporte, la gastronomía y las actividades recreativas. También puede estimular nuevas rutas aéreas, proyectos de alojamiento y productos destinados a viajeros de mayor poder adquisitivo. Los gobiernos estatales y municipales encuentran en el turismo una fuente de actividad económica que puede dinamizar regiones con pocas alternativas industriales.

La perspectiva empresarial, sin embargo, no coincide siempre con la de los residentes. En destinos de alta demanda, la expansión de los alquileres de corta estancia puede reducir la oferta de vivienda para trabajadores y elevar las rentas. El crecimiento de hoteles y desarrollos inmobiliarios puede intensificar la presión sobre acuíferos, playas y sistemas de tratamiento. Los trabajadores, por su parte, pueden beneficiarse de más empleos, pero seguir expuestos a la temporalidad, las propinas, la informalidad y salarios que no aumentan al mismo ritmo que el costo de vida.

Las comunidades indígenas y rurales plantean otra cuestión: quién controla la tierra, quién decide el modelo de desarrollo y cómo se distribuyen los ingresos. Un proyecto turístico puede generar infraestructura y mercados para productores locales, pero también desplazar actividades tradicionales o convertir la cultura en un producto administrado desde fuera. La política pública tendrá que hacer visibles estas tensiones, porque una estrategia centrada únicamente en atraer inversión puede producir conflictos que terminen afectando la reputación del destino y la continuidad de los proyectos.

La demanda mexicana es un activo, pero también una advertencia

El cuarto lugar mundial en gasto de viajes de placer y ocio, con 237 mil 900 millones de dólares, revela que México no depende exclusivamente del turista extranjero. Existe un mercado interno de gran dimensión, impulsado por una población numerosa y por una amplia variedad de viajes familiares, recreativos y culturales. Esa base puede amortiguar los choques internacionales, como recesiones, restricciones de movilidad, crisis sanitarias o cambios en el tipo de cambio.

Al mismo tiempo, el dato obliga a distinguir entre el gasto de los residentes y el ingreso que efectivamente captan los destinos. El turismo nacional puede sostener hoteles, restaurantes y transporte, pero su comportamiento está condicionado por la inflación, los salarios y el crédito disponible. Si los precios turísticos aumentan demasiado, las familias reducen la duración de sus viajes, optan por destinos cercanos o sustituyen servicios formales por alternativas informales. La expansión del consumo interno no es ilimitada y puede resentir rápidamente el deterioro del ingreso real.

Una política inteligente debería utilizar ambos mercados de forma complementaria. El visitante internacional aporta divisas y demanda productos especializados; el turista nacional contribuye a reducir la estacionalidad y puede impulsar destinos menos conocidos. La diversificación geográfica y de segmentos resultaría más útil que la concentración en unos cuantos corredores de playa. Para ello se requieren mejores conexiones ferroviarias y terrestres, promoción de rutas culturales, seguridad en carretera y una coordinación efectiva entre autoridades federales, estados y municipios.

La próxima prueba será sostener el crecimiento

El escenario hacia los próximos años estará definido por varias variables. La primera es la conectividad. Un aumento de la demanda sin suficiente capacidad aeroportuaria, transporte urbano y servicios básicos puede provocar saturación, retrasos y deterioro de la experiencia. La segunda es el clima. Huracanes, olas de calor, estrés hídrico y erosión costera pueden elevar los costos de operación y alterar la temporada en destinos dependientes del litoral. La tercera es la seguridad, cuya percepción influye tanto en la decisión inicial de viaje como en la disposición a recorrer regiones fuera de los circuitos tradicionales.

También será decisiva la forma en que México compita por el gasto, no solo por el volumen. El crecimiento de 3.5 por ciento en visitantes internacionales puede tener un impacto mayor si se orienta hacia estancias más largas, turismo de reuniones, experiencias culturales, gastronomía, naturaleza y segmentos con mayor derrama local. Un visitante adicional que se concentra en un resort no genera el mismo efecto que uno que utiliza proveedores comunitarios, visita varias localidades y consume servicios formales durante más días.

El riesgo principal es confundir una buena posición estadística con una estrategia terminada. México ya cuenta con escala, reconocimiento y una demanda interna considerable; lo que está en disputa es la calidad de ese crecimiento. Si las autoridades priorizan metas de flujo sin atender agua, vivienda, movilidad, residuos y empleo, el sector puede entrar en una fase de rendimientos decrecientes. Si, por el contrario, vinculan la promoción con ordenamiento territorial, capacitación, infraestructura y participación comunitaria, el liderazgo regional registrado en 2025 podría convertirse en una ventaja estructural y no solo en el resultado de un año favorable.

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