El secretario de Salud, David Kershenobich, visitó la noche del 3 de septiembre de 2026 a los 41 médicos residentes y de alta especialidad que permanecen internados tras el brote de Salmonella registrado en el Hospital General de México “Dr. Eduardo Liceaga”. Después de recorrer las áreas donde reciben atención, la dependencia informó que todos se encuentran estables y presentan una evolución favorable.
La visita tuvo como objetivo verificar directamente el estado de salud de los profesionales afectados y revisar la atención que reciben dentro del propio hospital. Kershenobich estuvo acompañado por Eduardo Clark, subsecretario de Salud; Carlos Hinojosa, titular de la Comisión Coordinadora de Institutos Nacionales de Salud y Hospitales de Alta Especialidad (CCINSHAE), y Alma Rosa Sánchez Conejo, directora general del Hospital General de México.
La cifra que permanece bajo vigilancia
Los 41 médicos que continúan hospitalizados forman parte de un grupo de 135 residentes y especialistas que presentaron síntomas compatibles con una infección por Salmonella después de consumir alimentos del comedor institucional. La diferencia entre el número total de personas afectadas y quienes aún requieren internamiento indica que una parte de los pacientes ha podido continuar su recuperación sin permanecer en el hospital, aunque el brote sigue siendo objeto de seguimiento sanitario.
La Secretaría de Salud no reportó, hasta el momento, fallecimientos ni un deterioro generalizado entre los pacientes. La estabilidad comunicada por las autoridades constituye el principal dato de la actualización, pero no elimina la necesidad de mantener observación clínica: las infecciones por Salmonella pueden provocar síntomas gastrointestinales de intensidad variable y, en determinados casos, complicaciones que requieren hidratación, vigilancia médica y tratamiento específico.

Qué ocurrió en el hospital
El brote fue detectado entre personal médico en formación y de alta especialidad que había consumido alimentos preparados o distribuidos en el comedor institucional. Ante la aparición de los síntomas, el Hospital General activó sus protocolos sanitarios, suspendió temporalmente el servicio del comedor y puso en marcha estudios de laboratorio para identificar el origen del problema y establecer con mayor precisión la cadena de transmisión.
La suspensión del comedor es una medida preventiva relevante porque interrumpe la posible exposición común mientras se realizan inspecciones y análisis. Sin embargo, para cerrar el episodio sanitario no basta con retirar los alimentos: también es necesario determinar si la contaminación estuvo relacionada con alguna materia prima, con la manipulación, con la conservación a temperaturas inadecuadas o con las condiciones de limpieza en las instalaciones. La información disponible no establece todavía cuál de esos factores habría provocado el brote.
Una alerta sobre la seguridad alimentaria hospitalaria
El caso adquiere una importancia particular por el lugar donde ocurrió. Un hospital concentra pacientes vulnerables, personal sometido a jornadas extensas y servicios de alimentación que deben operar bajo controles estrictos. Aunque los afectados en esta ocasión son médicos residentes y especialistas, una falla en el comedor institucional puede exponer a trabajadores, pacientes y visitantes, con consecuencias potencialmente más graves para personas inmunodeprimidas o con enfermedades previas.
Además, la afectación de 135 profesionales revela que no se trató de un incidente aislado de baja escala. La concentración de síntomas entre personas que compartieron una fuente de alimentos orienta la investigación hacia una exposición común, pero la confirmación epidemiológica depende de comparar resultados clínicos, muestras de laboratorio, registros de consumo y condiciones de operación del comedor. Cada uno de esos elementos permite distinguir entre una coincidencia temporal y un brote vinculado efectivamente con el servicio alimentario.
La respuesta deberá ir más allá de la atención médica
La prioridad inmediata es que los 41 médicos hospitalizados se recuperen y que se mantenga una comunicación clara sobre su evolución. La siguiente etapa será explicar qué encontraron los estudios, qué medidas correctivas se aplicarán y bajo qué condiciones podría reanudarse el servicio del comedor. La transparencia en esos puntos será determinante para recuperar la confianza del personal y evitar que la suspensión se convierta únicamente en una respuesta temporal.
El episodio también pone a prueba la capacidad institucional para coordinar vigilancia clínica, investigación epidemiológica y control sanitario dentro de una unidad de alta demanda. La visita del secretario confirma la atención política y administrativa al brote, pero el resultado más importante se medirá en las acciones posteriores: identificar la fuente, proteger a quienes estuvieron expuestos, documentar las fallas y asegurar que los controles de compra, almacenamiento, preparación y distribución funcionen de manera verificable.
Por ahora, el dato central es favorable: los 41 médicos internados permanecen estables y evolucionan positivamente. Aun así, la magnitud del brote obliga a mantener la vigilancia hasta completar los análisis y esclarecer el origen de la contaminación. En un hospital, la seguridad alimentaria no es un servicio accesorio, sino una parte esencial de la atención y de la protección de toda la comunidad que depende de sus instalaciones.
