El barrio de Las Flores, en Santa Úrsula, surgió junto al Estadio Azteca cuando este aún era un cráter excavado con dinamita en roca volcánica. Vecinos como Agustina Aguilar recuerdan que los niños usaban el hueco como resbaladilla y recorrían túneles libres de bardas hasta la inauguración de 1966. Esa misma cercanía convirtió la calle en el principal soporte económico durante el Mundial 2026.

Los precios de micheladas y tacos en Las Flores son menos de la mitad que dentro del estadio, lo que genera ingresos directos para familias que llevan tres generaciones en la zona. Julio y César Hernández reportan que el tráfico de aficionados extranjeros y locales ha elevado las ventas sin que se registre rivalidad entre equipos, solo una identidad compartida de barrio.
De libertad a cercos
La transformación más notable es la pérdida de acceso. Antes los residentes caminaban sin restricciones hasta la explanada; ahora los cierres viales los aíslan. Agustina, de avanzada edad, señala que ya no puede desplazarse con la misma autonomía, mientras los precios de boletos impiden que la mayoría asista a los partidos del Mundial.
Balance del legado
El contraste revela una ecuación clara: el estadio aportó identidad y sustento al barrio, pero también impuso límites físicos y económicos que antes no existían. Las Flores sigue siendo el espacio donde México se vive sin boleto, aunque el costo de esa cercanía ya no es solo nostalgia.
