La Fiesta de la Vendimia Montilla-Moriles ha abierto sus días centrales con un mensaje que trasciende la celebración anual de la cosecha: el futuro del vino de la denominación depende tanto de la tradición vitícola como de su capacidad para incorporar conocimiento, prestigio y nuevas vías de conexión con el consumidor. El rector de la Universidad de Córdoba, Manuel Torralbo, fue investido Capataz de Honor durante el acto celebrado en Bodegas Pérez Barquero y utilizó su pregón para subrayar la relación histórica de la institución académica con el sector.
La intervención tuvo además una consecuencia concreta. Torralbo anunció el respaldo de la UCO a la candidatura de Montilla como Ciudad Española del Vino 2027, una aspiración que busca situar al municipio en un circuito nacional de visibilidad cultural, turística y económica. El rector expresó su deseo de que ese reconocimiento pueda celebrarse dentro de un año, ligando la candidatura a una estrategia de proyección exterior para los vinos y vinagres del marco Montilla-Moriles.

Una copa como medida de un territorio
El pregón se articuló alrededor de una pregunta aparentemente sencilla: cuánto cabe realmente en una copa de vino. Desde su formación matemática, Torralbo recurrió a medidas antiguas, a la geometría de los toneles, a los rendimientos del viñedo y a los tiempos de maduración de la Pedro Ximénez. Pero el planteamiento no buscaba convertir el vino en una operación numérica. Precisamente al contrario, sirvió para sostener que una copa concentra elementos que no pueden medirse con exactitud: experiencia acumulada, incertidumbre climática, trabajo manual, memoria familiar y espera.
Ese enfoque adquiere relevancia en una zona vitivinícola donde el valor del producto no procede únicamente de la uva ni del proceso técnico. Las criaderas y soleras, la evolución pausada en bodega y la especialización de quienes trabajan el campo forman parte de una cadena de conocimiento difícil de replicar fuera del territorio. La singularidad de Montilla-Moriles reside, por tanto, en una combinación de condiciones agronómicas y decisiones humanas que se transmiten entre generaciones.
El alcalde de Montilla, Rafael Llamas, recogió esa idea al señalar que en una copa se saborean sabiduría, historia, dedicación, incertidumbres e ilusiones. Su intervención situó la fiesta en una dimensión colectiva: la vendimia no es sólo el final de una campaña agrícola, sino el momento en que una comunidad reconoce el trabajo que sostiene su identidad productiva. Esa lectura cobra peso en un sector sometido a costes crecientes, cambios en los hábitos de consumo y una competencia internacional cada vez más intensa.
Del reconocimiento ceremonial a la cadena de valor
La ceremonia también distinguió a quienes representan dos puntos decisivos del recorrido del vino. El Consejo Regulador de Montilla-Moriles nombró Capataz de Campo a Manuel Peinado Luque, encargado de campo de Bodegas Alvear, y Capataz de Bodega a Miguel Herrador Repiso, industrial, enólogo y propietario de Bodegas Navarro. Los dos reconocimientos expresan una idea central para la denominación: la calidad final no empieza en la botella ni se resuelve en la comercialización, sino que depende de la continuidad entre viña, lagar, cooperativa y bodega.
Dar visibilidad a esos oficios tiene una dimensión práctica. En los discursos sobre innovación agroalimentaria suele concentrarse la atención en la tecnología o en los mercados, mientras que el conocimiento de campo queda relegado a un segundo plano. Sin embargo, decisiones como el manejo del viñedo, el momento de recolección o la interpretación de la maduración tienen efectos directos sobre la identidad de los vinos. La experiencia profesional de quienes conocen esas variables convierte la tradición en una herramienta operativa, no en una simple referencia nostálgica.
Antes del pregón, Natalia Marín y José Antonio Marín fueron investidos Vendimiadores Mayores. Junto a ellos participaron Claudia Arrabal y Carlos Lao; Mireia Jiménez y Antonio Jiménez; Saray Rodríguez y Juan Luis García; e Irene López y Francisco José González. La presencia de estas figuras mantiene la dimensión ritual de la fiesta, pero también ayuda a enlazar el acontecimiento con generaciones que deben decidir si el vino local forma parte de su cultura cotidiana, de su horizonte laboral y de su forma de entender el territorio.
El reto de convertir prestigio en futuro
Torralbo defendió que calidad, singularidad, gastronomía y territorio deben utilizarse para generar más valor y aproximar los vinos de Montilla-Moriles a públicos jóvenes. La formulación implica una advertencia: disponer de una herencia reconocible no garantiza por sí mismo su continuidad económica. El sector necesita traducir su complejidad en propuestas comprensibles para consumidores que a menudo se acercan al vino desde experiencias gastronómicas, formatos más informales y relatos vinculados al origen.
La reivindicación del papel histórico de las mujeres en viñas, lagares y bodegas completa esa revisión del relato. Incorporarlas al centro de la memoria vitivinícola no sólo corrige una invisibilidad frecuente; permite describir con mayor precisión cómo se ha sostenido realmente la actividad. La cultura del vino no ha sido construida por una única figura profesional, sino por redes familiares y laborales en las que las mujeres han tenido presencia decisiva, aunque muchas veces no hayan ocupado el espacio público de los reconocimientos.
El apoyo de la UCO puede aportar una palanca relevante en este momento. La universidad dispone de capacidad para transferir conocimiento en ámbitos como agronomía, enología, sostenibilidad, economía rural, turismo y comunicación. Esa cooperación tiene sentido cuando responde a problemas concretos del sector y no se limita a una declaración institucional: adaptación climática, mejora de la rentabilidad, conservación del suelo, formación especializada y valorización turística son campos donde la investigación puede reforzar decisiones empresariales y públicas.
Con el acto de Pérez Barquero, la Fiesta de la Vendimia ha situado la atención en el inicio del camino del mosto hacia el vino y, al mismo tiempo, en el recorrido que debe emprender la propia denominación. Montilla-Moriles celebra una cosecha, pero también examina cómo preservar lo que la distingue. El vínculo entre universidad, productores, bodegas e instituciones locales plantea que la mejor defensa de esa identidad no consiste en inmovilizarla, sino en dotarla de conocimiento, reconocimiento social y capacidad para seguir siendo relevante.
