La dimisión de Daniel P. Driscoll como secretario del Ejército de Estados Unidos deja al Pentágono sin el principal responsable civil de esa fuerza en un momento de presión operativa por la confrontación con Irán. Según funcionarios citados por The New York Times, Driscoll presentó personalmente su renuncia al presidente Donald Trump después de choques reiterados con el secretario de Guerra, Pete Hegseth.
La salida no representa sólo un cambio administrativo. El Ejército gestiona bases militares estadounidenses en el exterior y ha enfrentado bajas tras represalias iraníes con misiles balísticos. Por ello, la ausencia simultánea de conducción civil y de una jefatura militar plenamente consolidada aumenta la dificultad para coordinar decisiones, sostener despliegues y responder a ataques que combinan presión militar convencional con tácticas asimétricas.

Una renuncia tras una cadena de destituciones
Driscoll es la baja más reciente de una dirigencia que ya había sufrido una alteración profunda. En abril, Hegseth destituyó al jefe del Estado Mayor del Ejército, general Randy George, en medio de discrepancias sobre decisiones estratégicas relacionadas con la guerra. Su puesto continúa vacante, y otros tres funcionarios considerados para sucederlo también fueron removidos.
Ese patrón importa porque los altos cargos no son intercambiables de forma inmediata. La experiencia acumulada en Irak y Afganistán aporta conocimiento sobre logística, protección de instalaciones, coordinación con aliados y respuesta a adversarios que evitan enfrentamientos directos. Sustituir a varios mandos a la vez puede ser posible en términos formales, pero reduce la continuidad institucional cuando la organización debe actuar bajo presión.
El desacuerdo llegó a la Casa Blanca
Fuentes consultadas por el diario neoyorquino señalaron que Driscoll trasladó a Trump su frustración por la salida de líderes experimentados y por el veto a perfiles preparados que no contaban con la aprobación de Hegseth. La decisión de entregar la carta al presidente subraya que el conflicto no se limitaba a diferencias rutinarias entre un secretario y su subordinado, sino que alcanzaba el criterio para construir la cadena de mando.
En Washington, Driscoll era considerado además un interlocutor capaz de mantener vínculos de trabajo entre sectores demócratas y republicanos. Esa condición tenía valor práctico: los nombramientos de alto nivel y la financiación de las fuerzas dependen de un Congreso donde la polarización ha vuelto más costosa cualquier negociación. Su salida reduce uno de los canales que podían amortiguar esa fricción.
La guerra vuelve más visible el costo del vacío
El deterioro del liderazgo ocurre mientras Estados Unidos e Irán reanudaron ataques por primera vez en un mes, después del estancamiento de las conversaciones. El secretario general de la ONU, António Guterres, calificó de “muy lamentable” la vuelta de los bombardeos, misiles y drones. Aunque la escaramuza no escaló de nuevo hasta la noche del lunes, expuso la fragilidad de una pausa que no se convirtió en desescalada.
Para el Ejército, el desafío no consiste únicamente en resistir ataques, sino en anticipar dónde y cómo puede producirse el siguiente golpe. Las represalias iraníes pueden dirigirse contra bases, rutas de abastecimiento, socios regionales o sistemas de apoyo. Una estructura directiva incompleta obliga a los mandos restantes a resolver asuntos inmediatos mientras se redefine quién tendrá autoridad duradera para fijar prioridades.
La disputa también condiciona los próximos nombramientos
Hegseth ha indicado que preferiría al portavoz del Pentágono, Sean Parnell, como jefe del Estado Mayor del Ejército. Sin embargo, su perfil controvertido podría dificultar una ratificación en el Congreso. La posibilidad de una confirmación disputada prolongaría el problema: no bastaría con anunciar un nombre, sino que sería necesario asegurar legitimidad política y capacidad profesional para recomponer una cadena de mando debilitada.
La renuncia de Driscoll revela así una tensión más amplia entre control político y continuidad militar. Un gobierno puede buscar dirigentes alineados con sus prioridades, pero en una crisis exterior el valor de esa alineación depende también de preservar competencia, memoria institucional y claridad de responsabilidades. Mientras esos elementos no se restablezcan, cada nuevo episodio con Irán pondrá a prueba no sólo la capacidad defensiva estadounidense, sino la estabilidad de las decisiones que la sostienen.
