La posdata que se volvió apodo

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Una carta de despedida marcada por el maltrato y la infidelidad terminó dando origen al sobrenombre de una mujer conocida en un pueblo del norte del estado como “la Posdata”. La vecina no rechazaba el remoquete; por el contrario, lo llevaba con naturalidad, al grado de que los visitantes creían que ése era su nombre y la saludaban respetuosamente como doña Posdata. El apodo nació de la frase final que añadió a una emotiva carta dirigida a su esposo antes de abandonar el hogar con sus dos hijos.

La historia aparece entre una serie de sobrenombres recopilados por el autor, quien recuerda que a él mismo, cuando era joven, Salvador Flores Guerrero le decía “el Wildrot”. El mote aludía a la brillantina Wildroot y a los anuncios donde aparecía un galán de cabello perfectamente engominado. La comparación era irónica: a los 18 años, el autor llevaba una melena larga y desaliñada, más cercana a la de un bohemio que a la de aquellas cabelleras pulidas de publicidad.

Apodos nacidos de una ocurrencia

Otros casos muestran la rapidez con que una frase o un rasgo físico pueden fijar un nombre en la memoria de una comunidad. A una muchacha poco agraciada le decían “La culpa”, porque nadie se la quería echar. A un hombre bajo y muy moreno lo llamaban “el Aurrerá”, bajo el juego de palabras de que no era Gigante ni Blanco. Una mujer de Arteaga recibió el nombre de “la Pinta” porque, cada vez que le señalaban su parecido con alguna persona, respondía: “Díganme la pinta”.

También estaba el “Chico Sandy”, un hombre de Ciudad Victoria cuyo abdomen prominente inspiró el apodo. Aunque sonaba como nombre estadounidense, era una abreviatura de “el chico sandillón”: su vientre recordaba una sandía de gran tamaño. En ese conjunto de nombres, “la Posdata” sobresale porque no procedía de una apariencia ni de una respuesta repetida, sino del desenlace escrito de una relación que ella decidió dejar atrás.

La carta antes de partir

Según el relato, el marido de la Posdata era bebedor, salía cada noche a bailar con las pintadas y mantenía otra relación. La esposa decía saberlo porque él regresaba de madrugada con olor a jabón chiquito. Además, el hombre era violento: cuando ella le reclamaba sus desviaciones, respondía con cachetadas que, según se cuenta, se escuchaban hasta la calle. La situación llegó a un punto en que la mujer hizo un atadillo de ropa, tomó a sus dos hijos y se fue en un carro de sitio a la casa de sus padres, en un pueblo cercano.

Antes de irse le dejó una carta de tono dolorido. Le dijo que lo había amado con todo su corazón, que había querido hacerlo feliz y que entre ambos se había abierto un abismo cuyos puentes él destruyó. Se despidió como de “el único hombre” de su vida, pidió que no la buscara y afirmó que guardaría su nombre y su recuerdo hasta la tumba. Tras firmar con nombre y apellidos, añadió una última línea que cambió por completo el tono del escrito: “Posdata. Ahora que me acuerdo, vas mucho a chingar a tu madre”.

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