La obra Lebreles y albas (o El horizonte de los espejos), de Jorge Lara Rivera, fue recuperada para una nueva lectura crítica en Mérida como parte del programa “Libros de ayer para lectores de hoy”, impulsado por el Ayuntamiento. El encuentro, realizado en el Centro Cultural “José Martí”, no se limitó a presentar un poemario publicado originalmente en 2009: propuso examinar qué permanece vigente en sus imágenes sobre la soledad, el deseo, la muerte y la vida urbana.
La jornada reunió a académicos, escritores, lectores y al propio autor. Josué Morelos Echeverría ofreció las palabras de bienvenida, mientras que Indalecio Cárdena Vázquez moderó la mesa. La participación de los comentaristas mostró que el volumen admite aproximaciones distintas, pero conectadas por una misma preocupación: cómo puede la poesía convertir la experiencia individual en una forma de memoria colectiva.

Un libro de 2009 que regresa a un presente distinto
La recuperación resulta significativa porque el poemario vuelve a circular en una ciudad que, aunque conserva conflictos reconocibles, ha transformado sus ritmos, sus espacios y sus formas de exclusión. El programa municipal plantea así una operación doble: preservar una obra editada por el Ayuntamiento de Mérida y Cultur, y comprobar si sus preguntas siguen interpelando a los lectores actuales.
Silvia Cristina Leirana Alcocer, autora de la contraportada de aquella edición, abrió las lecturas con una intervención que combinó cercanía personal y análisis formal. Su interpretación identificó en el libro una arquitectura sostenida por los antiguos cantares mexicanos, la poética de Nezahualcóyotl y la tradición latina. En esa combinación observó una escritura que no busca una identidad cultural simple, sino que trabaja con capas históricas diversas para expresar la fragilidad del presente.
Para Leirana Alcocer, el poemario se mueve entre el despojamiento de los deseos y la conciencia persistente de la finitud. “Instrucciones para el itinerario estático” y “El Ua Ua Patch” articulan, desde esa perspectiva, la envidia, la ansiedad barroca ante la muerte y la defensa de la alegría inmediata como respuesta posible. La relación con recursos retóricos cercanos a Sor Juana Inés de la Cruz permite leer esos poemas no como ejercicios de erudición, sino como una actualización de tensiones novohispanas: el tiempo que se escapa, el cuerpo que envejece y la necesidad de hallar placer antes de que llegue la pérdida.
La ciudad aparece cuando cae la máscara
El análisis de “Canción en sombras” y “Comedores de lotos” desplazó la atención hacia la nocturnalidad urbana. En esos textos, la ciudad no funciona únicamente como escenario; se convierte en un mecanismo que revela contradicciones sociales. La concatenación, los juegos sonoros y la sucesión de imágenes producen una sensación de tránsito continuo, semejante a la experiencia de quienes cruzan una urbe donde la convivencia está marcada por la vigilancia, la indiferencia y la hipocresía.
Leirana Alcocer vinculó también “Quien duda encerrado” y “Áfono con su Relámpago inmóvil” con el leitmotiv del libro: la búsqueda de una conexión profunda en medio de la soledad del transeúnte, el burócrata y el marginado. La diversidad de esas figuras importa porque evita reducir el aislamiento a un problema íntimo. En el poemario, la incomunicación tiene causas sociales y espaciales: ocurre en oficinas, calles y zonas donde ciertas vidas son toleradas sólo mientras permanezcan invisibles.
Su conclusión convirtió la relectura en una invitación a “otear este horizonte y enfrentarnos a los lebreles”, una imagen que enlaza el título con la Mérida contemporánea. Los perros de caza pueden representar las amenazas que persiguen al individuo, pero también las fuerzas interiores que obligan a mirar de frente aquello que la ciudad intenta ocultar.
El espejo no devuelve una identidad completa
María Sabina Aké Méndez abordó el libro desde su dimensión reflexiva y conceptual. Lo definió como un “argumento de la era consecuencial”, expresión que subraya una época determinada por los efectos acumulados de decisiones históricas, políticas y personales. Desde esta lectura, el espejo del título deja de ser un objeto pasivo: ya no se limita a reflejar, sino que cuestiona a quien se contempla.
Aké Méndez sostuvo que la poesía de Lara Rivera no permite una lectura completamente pasiva. El alba, por su parte, aparece como un punto de encuentro entre pasado, presente y futuro, aunque ninguno de esos tiempos se presenta de manera estable. La memoria y la identidad surgen fragmentadas, llenas de interrupciones, como ocurre con las experiencias que no pueden organizarse en un relato único.
Su interpretación describió la lírica del autor como un “tibio refugio para nuestros tiempos modernos”. La fórmula no implica evasión. El refugio poético permite reconocer belleza e incertidumbre en los escenarios cotidianos, rodeados de sombras, amantes y del avance inevitable del tiempo. La poesía protege precisamente porque no elimina el conflicto: ofrece un lenguaje para permanecer dentro de él sin aceptar sus silencios.
Del margen urbano a la memoria disidente
La intervención de Raúl Moarquech Ferrera-Balanquet llevó la discusión hacia la historia, el erotismo y la descolonización. Su lectura presentó Lebreles y albas como una denuncia poética de la colonialidad patriarcal y del desarrollo tecnomaterialista, dos sistemas que organizan los cuerpos, los deseos y los espacios urbanos bajo criterios de normalidad y productividad.
Ferrera-Balanquet destacó que Lara Rivera se distancia de la versificación rítmica eurocéntrica para abrevar de tradiciones orales del Mayab y de Mesoamérica. La escritura experimental, cinética y sensorial del poemario adquiere entonces una dimensión política: modificar el ritmo y la forma también significa cuestionar quiénes han tenido autoridad para definir lo poético y qué experiencias merecen ser registradas.
Desde ese marco, los lebreles y las albas fueron interpretados a través de la vivencia del cruising y de la territorialización del cuerpo en la ciudad. La lectura señaló el confinamiento histórico de las sexualidades disidentes a márgenes lúgubres, donde el deseo debía desenvolverse entre el riesgo y la clandestinidad. La ciudad aparece, por tanto, como un territorio disputado: puede controlar y excluir, pero también albergar encuentros, códigos y formas de resistencia.
Ferrera-Balanquet calificó el volumen como un “acta notarial” para futuras generaciones e investigadores LGBTQI+. La metáfora apunta a una función documental de la poesía. Al nombrar cuerpos, recorridos y deseos que suelen quedar fuera de los archivos oficiales, el libro conserva una experiencia histórica que de otro modo podría desaparecer. Su valor no depende únicamente de la belleza de los versos, sino de su capacidad para dejar constancia de una época y de sus conflictos.
Al final del encuentro, Jorge Lara Rivera agradeció las lecturas y ofreció una selección de poemas en voz alta. Ese cierre devolvió la obra a su origen: la palabra pronunciada, compartida y escuchada. La relectura crítica confirmó que un libro publicado hace más de una década puede adquirir nuevos sentidos cuando cambia el contexto que lo recibe. En Mérida, Lebreles y albas reapareció como un archivo sensible de la soledad urbana, una exploración del deseo y una advertencia sobre las vidas que la historia todavía intenta mantener en los márgenes.
