La ofensiva financiera de Washington contra Irán eleva el riesgo para el comercio petrolero y el sistema del dólar

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La advertencia del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, marca una escalada relevante en la estrategia de presión sobre Irán: Washington no se limita a sancionar a entidades iraníes, sino que amenaza con excluir de los circuitos comerciales y financieros a terceros países, compañías y operadores que mantengan vínculos con Teherán. El mensaje, formulado en términos inusualmente directos, busca convertir la relación económica con Irán en una decisión de alto riesgo para cualquier empresa que dependa del dólar, de bancos corresponsales estadounidenses, de seguros marítimos internacionales o de acceso a mercados occidentales.

La promesa de movilizar “todos los recursos disponibles” y de ampliar facultades para actuar contra aerolíneas, navieras y activos digitales revela una campaña diseñada para cubrir las rutas por las que Irán ha amortiguado anteriores rondas de sanciones. En la práctica, la Casa Blanca y el Tesoro intentan cerrar simultáneamente tres canales: la venta física de petróleo, los servicios logísticos que permiten transportarlo y los mecanismos financieros utilizados para cobrarlo, ocultar su origen o convertirlo en divisas utilizables.

La sanción deja de ser bilateral y se convierte en una prueba para terceros

El elemento más importante de la declaración de Bessent no es solo la amenaza contra Teherán, sino la advertencia dirigida a sus socios. Las sanciones secundarias permiten a Estados Unidos castigar a empresas no estadounidenses por realizar determinadas operaciones con entidades iraníes. Su eficacia procede menos de la capacidad de Washington para controlar cada transacción que de una realidad estructural: una parte decisiva del comercio mundial se liquida en dólares, utiliza bancos con exposición a Estados Unidos o depende de servicios regulados desde jurisdicciones aliadas.

La exclusión del “sistema del dólar” es una amenaza particularmente potente para bancos, aseguradoras, navieras, comercializadoras de materias primas y grandes grupos industriales. Una institución que pierda acceso a bancos corresponsales estadounidenses puede tener dificultades para procesar pagos internacionales incluso cuando sus operaciones con Irán representen una fracción limitada de su negocio. Por ello, muchas compañías aplican políticas de sobrerreacción regulatoria: abandonan mercados permitidos o transacciones ambiguas para evitar multas, investigaciones o daños reputacionales.

Esta asimetría explica por qué las sanciones estadounidenses pueden afectar a actores que no comparten la política exterior de Washington. Para una empresa de transporte asiática, por ejemplo, un cargamento iraní puede ofrecer un margen comercial atractivo, pero una designación del Tesoro puede poner en peligro flotas enteras, contratos de seguros, financiación bancaria y acceso a puertos. El coste potencial deja de medirse en el valor de un envío y pasa a medirse en la continuidad de toda la empresa.

La ampliación anunciada hacia aerolíneas, empresas marítimas y activos digitales sugiere que Washington ha identificado las zonas donde las medidas tradicionales pierden eficacia. Cuando las exportaciones petroleras se reducen formalmente, proliferan transferencias de carga entre buques, cambios de bandera, documentación alterada, intermediarios opacos y pagos fuera de los circuitos bancarios convencionales. La nueva ofensiva pretende elevar el coste de esas prácticas, aunque también puede incentivar métodos de ocultación más sofisticados.

El petróleo sigue siendo el centro económico, pero el estrecho de Ormuz es el centro del riesgo

La respuesta de Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, añade una dimensión mucho más grave. Al advertir que no saldrá “ni una sola gota de petróleo” del golfo Pérsico ni del estrecho de Ormuz si países vecinos colaboran con la guerra económica estadounidense, Teherán vincula las sanciones financieras con la seguridad física de una de las rutas energéticas más sensibles del planeta. El estrecho de Ormuz conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y es una vía esencial para las exportaciones de crudo y gas natural licuado de los productores del Golfo.

El punto no es que Irán pueda cerrar de forma permanente esa ruta sin asumir un coste militar, diplomático y económico enorme. La cuestión es que ni siquiera necesita lograr un bloqueo total para alterar el mercado. Un aumento de incidentes marítimos, la amenaza de minas, ataques contra buques, interferencias de navegación o mayores primas de seguro puede encarecer el transporte de energía en cuestión de días. En mercados petroleros con escasa capacidad ociosa, la percepción de interrupción puede impulsar precios antes de que la oferta física se reduzca de forma verificable.

La experiencia de crisis anteriores en el golfo Pérsico muestra que la volatilidad energética responde tanto a los barriles realmente retirados como al riesgo de que los cargamentos no lleguen a destino. Las refinerías asiáticas, especialmente las que dependen de crudos de Arabia Saudita, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Catar, son vulnerables a retrasos y alzas de flete. Europa también sentiría el efecto a través de precios internacionales más altos, aunque su dependencia directa del petróleo iraní sea limitada.

La “asfixia” financiera tiene límites operativos y costes repartidos

La estrategia estadounidense parte de una premisa razonable: Irán necesita ingresos externos para financiar importaciones, estabilizar su moneda, sostener su presupuesto y respaldar sus prioridades regionales y de defensa. Reducir la capacidad de vender petróleo y recibir pagos afecta directamente a ese margen de maniobra. Sin embargo, la eficacia de la presión no depende únicamente de la severidad de las sanciones, sino de la disposición de grandes compradores y de redes comerciales a cumplirlas.

Irán ha demostrado en años anteriores capacidad de adaptación. La diversificación de compradores, el uso de descuentos sobre el crudo, las flotas de buques de propiedad difícil de rastrear, los intermediarios establecidos en terceros países y los acuerdos de pago en monedas distintas del dólar han permitido mantener parte de los flujos comerciales. Estas vías no eliminan el impacto de las sanciones: reducen ingresos netos, aumentan el coste logístico y limitan la disponibilidad de divisas. Pero sí impiden que el aislamiento sea absoluto.

El primer juicio analítico es que la ofensiva puede ser más eficaz contra la infraestructura comercial que contra las exportaciones físicas en sí mismas. Perseguir una carga individual es difícil cuando se mezclan orígenes, se apagan sistemas de identificación o se multiplican los intermediarios. En cambio, sancionar aseguradoras, operadores portuarios, empresas de clasificación naval, proveedores de tecnología, bancos y corredores puede degradar progresivamente la capacidad de mover petróleo con seguridad y a precios competitivos. La campaña se parece menos a un embargo instantáneo que a una elevación sostenida de los costes de transacción.

El segundo juicio es que la presión financiera también redistribuye poder entre competidores. Las compañías capaces de absorber riesgos regulatorios, obtener cobertura alternativa o utilizar redes de pagos menos transparentes pueden ganar cuota frente a empresas que cumplen rigurosamente las normas occidentales. Eso no equivale a una victoria económica para Irán. Significa que, bajo sanciones extensas, una porción mayor del comercio tiende a desplazarse hacia operadores opacos, con menores estándares de transparencia y mayor tolerancia al riesgo jurídico.

China, los vecinos del Golfo y Europa enfrentan cálculos distintos

Para China, principal destino potencial de volúmenes iraníes descontados, la cuestión combina seguridad energética, precio y rivalidad estratégica con Estados Unidos. Comprar crudo con descuento puede beneficiar a determinadas refinerías, pero una exposición demasiado visible aumenta el riesgo de medidas contra bancos, navieras o empresas comerciales chinas. Pekín tiene incentivos para preservar su capacidad de negociación con Teherán sin aceptar que esa relación comprometa sectores más amplios conectados al sistema financiero global.

Los países vecinos de Irán afrontan una ecuación aún más delicada. Estados del Golfo son aliados de seguridad de Washington y, al mismo tiempo, comparten espacio marítimo, infraestructura energética y vulnerabilidades geográficas con Irán. Cooperar activamente con la campaña estadounidense puede reforzar relaciones políticas con Estados Unidos, pero también eleva la posibilidad de represalias o incidentes en sus rutas de exportación. Para ellos, la prioridad no es solo impedir que Irán eluda sanciones; es evitar que la confrontación financiera se convierta en un conflicto que amenace terminales, puertos, oleoductos o instalaciones de desalinización.

Europa ocupa una posición diferente. Tiene menor margen para mantener vínculos comerciales con Irán bajo un régimen de sanciones endurecido y suele estar más alineada con los estándares de cumplimiento estadounidenses. Sin embargo, las economías europeas sufren de forma indirecta cuando se disparan los costes de energía, transporte y seguros. La disputa vuelve a poner de relieve una contradicción de larga data: la Unión Europea defiende mayor autonomía estratégica y financiera, pero en situaciones de alto riesgo las empresas europeas siguen priorizando el acceso al mercado estadounidense y al dólar.

La batalla contra los activos digitales no resolverá por sí sola el problema de pagos

La referencia específica a activos digitales muestra que el Tesoro pretende cerrar una vía utilizada para transferencias transfronterizas, captación de valor y evasión de controles convencionales. Las criptomonedas, billeteras digitales y plataformas de intercambio pueden facilitar pagos con trazabilidad incompleta o acelerar movimientos entre jurisdicciones. Sin embargo, su utilidad para financiar un comercio petrolero a gran escala tiene límites. Las operaciones de gran volumen requieren, tarde o temprano, conversión en monedas fiduciarias, logística física, contratos, seguros y compradores dispuestos a asumir la mercancía.

El riesgo real no reside tanto en que los activos digitales sustituyan por completo al dólar en el comercio petrolero iraní, sino en que funcionen como capa auxiliar dentro de una red fragmentada. Pueden servir para honorarios, pagos intermedios, liquidaciones parciales o transferencia de fondos entre empresas pantalla. La respuesta regulatoria de Washington probablemente se centrará en identificar direcciones, proveedores de servicios, mezcladores y plataformas que faciliten estas operaciones. Eso puede fortalecer la vigilancia financiera global, pero también elevará las disputas sobre privacidad, jurisdicción y el alcance extraterritorial de la normativa estadounidense.

Una ofensiva maximalista puede acelerar mecanismos de defensa frente al dólar

Existe una paradoja en la estrategia estadounidense. Cuanto más indispensable sea el dólar para realizar negocios internacionales, mayor será el efecto inmediato de las sanciones secundarias. Pero cuanto más se use ese poder para imponer aislamiento a terceros, mayor será el incentivo de algunos gobiernos y empresas para desarrollar mecanismos alternativos de pago, compensación y financiación. Esos mecanismos no desplazarán rápidamente al dólar, que conserva ventajas de liquidez, profundidad de mercado, convertibilidad y confianza institucional. No obstante, pueden reducir la visibilidad y la capacidad coercitiva de Washington en transacciones específicas.

El tercer juicio es que el resultado decisivo se medirá en la arquitectura comercial, no solo en los ingresos petroleros iraníes. Si las medidas logran obligar a grandes intermediarios a abandonar la relación con Teherán, el coste de evasión crecerá y la campaña tendrá efecto acumulativo. Si, en cambio, las operaciones se desplazan de manera estable a redes paralelas de pagos, seguros y transporte, Estados Unidos podría mantener presión sobre Irán a costa de fragmentar más el sistema comercial internacional.

La disputa también contiene un debate jurídico y político. Washington sostiene que las sanciones son necesarias para limitar recursos de un gobierno al que considera una amenaza para la seguridad regional e internacional. Los críticos de las sanciones secundarias argumentan que castigan a actores extranjeros sin proceso político en sus propios países, dificultan la llegada de bienes civiles y reducen los incentivos para la negociación. La diferencia es relevante: una presión enfocada en capacidades militares, redes ilícitas y financiación específica genera un consenso más amplio que una campaña percibida como castigo económico indiscriminado.

Los próximos meses dependerán de la coordinación y de la credibilidad de las amenazas

La denominada “mayor ofensiva financiera” enfrentará una prueba de credibilidad inmediata. El Tesoro tendrá que demostrar que puede identificar a los facilitadores relevantes y sancionarlos con rapidez, sin producir errores que afecten a empresas ajenas o desorganicen mercados esenciales. Una campaña basada en declaraciones pero aplicada de forma selectiva podría preservar capacidad de disuasión sin provocar una ruptura comercial mayor. Una aplicación masiva, en cambio, podría elevar la tensión con socios que intenten proteger sus propios intereses energéticos y bancarios.

Irán, por su parte, deberá decidir hasta qué punto convierte la amenaza sobre Ormuz en instrumento de disuasión o en acción concreta. El uso de la ruta marítima como palanca puede generar presión internacional sobre Washington, pero también arriesga aislar más a Teherán y afectar sus propias exportaciones. Los vecinos del Golfo tratarán previsiblemente de evitar una alineación pública que los sitúe en la primera línea de una confrontación, mientras refuerzan seguridad marítima y protegen infraestructuras críticas.

El escenario más probable no es un corte inmediato y total del comercio iraní ni un cierre efectivo y duradero del estrecho. Es una etapa de fricción prolongada: más sanciones contra redes logísticas, mayor opacidad en el transporte, primas de riesgo más elevadas, descuentos sobre el crudo iraní y episodios de volatilidad en energía. La principal amenaza para la economía mundial no sería únicamente una reducción de barriles iraníes, sino que la presión financiera y la respuesta regional se retroalimenten hasta convertir una disputa de cumplimiento comercial en una crisis de seguridad sobre una arteria energética global.

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