Los últimos años de Yayoi Kusama combinaron una expansión comercial sin precedentes con un progresivo alejamiento de la vida pública. Antes de su fallecimiento, a los 97 años, la artista japonesa se había consolidado como una de las figuras más cotizadas del arte contemporáneo: una de sus pinturas abstractas alcanzó 10,5 millones de dólares en una subasta de 2022 y su colaboración con Louis Vuitton, en 2023, llevó sus motivos a productos de lujo valorados en cientos de miles de dólares.

Una producción difícil de verificar
El contraste entre su reclusión y el volumen de obras atribuidas a su estudio abrió interrogantes sobre el alcance de su participación directa. Kusama dejó de recibir a la mayoría de sus visitantes alrededor de 2019 y, en sus últimos años, permaneció gran parte del tiempo hospitalizada y con movilidad limitada. Aun así, su equipo continuó entregando pinturas, esculturas y nuevas calabazas, uno de los símbolos centrales de su trayectoria.
La fundación de la artista sostiene que Kusama elaboraba bocetos y maquetas, colaboraba con fabricantes y aprobaba personalmente las piezas terminadas. Ese modelo de producción es habitual en el arte contemporáneo y también fue utilizado por artistas como Jeff Koons. Sin embargo, la aparición en 2024 de una escultura de calabaza firmada y fechada durante un periodo de grave deterioro físico intensificó las dudas entre coleccionistas y especialistas. La cuestión no es solo quién fabricó cada objeto, sino cuánto control creativo conservaba Kusama.
Su imagen siguió siendo un activo decisivo. Louis Vuitton produjo una figura animatrónica de la artista y una réplica monumental en París, mientras la colaboración reutilizó diseños de obras anteriores en cientos de artículos. Para sus seguidores más antiguos, aquella estrategia evidenció la tensión entre la difusión masiva de su identidad y la dificultad de confirmar su aprobación individual.
La última entrevista de Kusama, realizada por videollamada en 2023, indicó que continuaba pintando desde una habitación de hospital, aunque ya no podía crear piezas de gran formato. La próxima exposición de sus obras recientes volverá a poner en el centro una pregunta que el mercado aún no ha resuelto: dónde termina la supervisión de la artista y dónde comienza la producción de su estudio.
