En México la acogida al extranjero no depende de guiones oficiales ni de cámaras. Ejemplos recientes durante la preparación del Mundial lo confirman: la selección de Corea del Sur fue recibida en Guadalajara con mariachis y aficionados que, más allá de los sombreros, provocaron emoción genuina entre los jugadores. La de Irán, impedida de pernoctar en Estados Unidos por decisión del gobierno de Trump, encontró en Tijuana entrenamientos abiertos y banderas sin preguntas sobre el conflicto bélico.

Estas escenas revelan un patrón: la hospitalidad mexicana surge de la comunidad, no del operativo de seguridad. En zonas rurales como la sierra de Arteaga, familias campesinas ofrecen cobija y comida sin preguntar identidad. Este rasgo, formado por siglos de supervivencia colectiva y mezcla cultural, persiste pese a los problemas estructurales del país.
Un contraste con la soledad global
En un mundo donde las ciudades fomentan el aislamiento, México mantiene la costumbre de abrir la puerta sin esperar recompensa. El trato dado a las selecciones muestra que la gente, no las instituciones, genera la sensación de pertenencia. Quien visita se lleva más que imágenes: percibe una comunidad capaz de reconocer al otro como propio.
La capacidad de hacer sentir al extraño que importa constituye el núcleo de esa identidad. No se decreta ni se improvisa; se hereda de generaciones que aprendieron a sostenerse mutuamente frente a la adversidad.
