La derecha avanza en América Latina con apoyo de Trump

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Los resultados electorales recientes en Colombia y Perú han acelerado un proceso que venía gestándose desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Abelardo De la Espriella obtuvo el 49.65 % de los votos en Colombia, mientras Keiko Fujimori alcanzó el 50.12 % en Perú. Estos triunfos se suman a un mapa regional donde Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador y Honduras también presentan administraciones de orientación conservadora. El cambio no es aislado: responde a una estrategia deliberada de Washington para recuperar influencia en seguridad y comercio tras el período de mayor presencia de gobiernos de izquierda entre 2019 y 2022.

Tres años atrás, dieciséis países latinoamericanos estaban bajo gobiernos de izquierda o centroizquierda. Hoy la proporción se invirtió: trece naciones tienen administraciones de derecha y once mantienen posiciones progresistas. Este reacomodo coincide con el derrocamiento de Nicolás Maduro en Venezuela y la instalación de un gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez, lo que modificó el equilibrio geopolítico del norte de Sudamérica y permitió una cooperación inédita entre Caracas y Washington en materia energética y migratoria.

Antecedentes del realineamiento regional

El viraje hacia posiciones conservadoras no surgió de manera espontánea. En 2023, la combinación de crisis económica postpandemia, incremento de la violencia criminal y descontento con políticas de subsidios sin resultados visibles erosionó el apoyo a gobiernos de izquierda en varios países. En Argentina, la victoria de Javier Milei reflejó el rechazo a la inflación crónica. En Ecuador, Daniel Noboa capitalizó el hartazgo frente al narcotráfico. Colombia y Perú siguieron la misma lógica: electores que priorizaron mano dura y estabilidad macroeconómica sobre agendas redistributivas amplias.

La Casa Blanca identificó esta tendencia y la canalizó mediante la alianza Escudo de las Américas. El secretario de Estado Marco Rubio reorientó el foco de esa iniciativa hacia el combate al crimen organizado y a la influencia de China y Rusia en puertos y minería. La posible adhesión de Colombia a este mecanismo y la recuperación de la certificación antidrogas perdida durante el gobierno de Gustavo Petro son pasos concretos que ilustran cómo Washington traduce preferencias electorales locales en cooperación operativa.

Impactos en la seguridad y la geopolítica

La coordinación entre Bogotá, Quito y Washington en seguridad fronteriza representa un cambio cualitativo. Durante años, la frontera entre Colombia y Ecuador funcionó como corredor para el narcotráfico. Ahora, el intercambio de inteligencia y el uso de drones por parte de Honduras y Panamá sugieren que varios países están adoptando el modelo Bukele de mayor protagonismo militar en prisiones y control territorial. Esta convergencia reduce espacios para grupos armados y, simultáneamente, limita el margen de maniobra de actores extrarregionales como China, que había avanzado en proyectos portuarios y mineros sin contrapesos locales significativos.

El caso de Venezuela muestra el efecto más inmediato. La caída de Maduro abrió canales de exportación petrolera hacia Estados Unidos y debilitó el eje Caracas-La Habana-Managua. Cuba, sometida a un bloqueo petrolero casi total, enfrenta escasez energética que obliga a reformas de mercado más rápidas de lo previsto. La pérdida de respaldo diplomático tradicional en la región acelera el aislamiento de la isla y reduce su capacidad para proyectar influencia ideológica.

Consecuencias económicas y diplomáticas a mediano plazo

El nuevo equilibrio facilita la renegociación de tratados y la atracción de inversión estadounidense en sectores de energía y tecnología. Colombia podría recuperar certificaciones que abren mercados y financiamiento. Ecuador, ya alineado con Noboa, obtiene respaldo para modernizar su infraestructura portuaria bajo estándares de seguridad occidentales. Sin embargo, esta mayor integración también expone a los países a las fluctuaciones de la política interna estadounidense, especialmente ante las elecciones legislativas de noviembre próximo.

En Brasil, las encuestas favorecen a Flávio Bolsonaro para las elecciones de octubre. Una victoria consolidaría un bloque conservador que abarca desde México hasta Argentina, aunque con diferencias ideológicas notables. El riesgo principal radica en la polarización interna: gobiernos que adoptan mano dura sin controles institucionales pueden generar retrocesos en derechos humanos y, eventualmente, protestas que desestabilicen la región.

Riesgos estructurales y escenarios futuros

El fortalecimiento de la influencia estadounidense contrasta con las tensiones que Trump enfrenta en Europa y Oriente Medio. Si la atención de Washington se desplaza nuevamente hacia otros frentes, los gobiernos latinoamericanos podrían quedar expuestos a presiones de China y Rusia sin respaldo suficiente. Además, la dependencia de líderes individuales como De la Espriella o Fujimori introduce incertidumbre: cualquier cambio de rumbo en esos países puede alterar el equilibrio regional con rapidez.

A largo plazo, la combinación de políticas de seguridad más estrictas y apertura selectiva a capital estadounidense puede reducir flujos migratorios irregulares hacia el norte, pero también exige que los gobiernos locales demuestren resultados tangibles en empleo y reducción de violencia. De lo contrario, el péndulo electoral podría oscilar nuevamente. La región atraviesa un período de realineamiento cuyos efectos se medirán no solo en votos, sino en la capacidad de cada país para traducir estabilidad política en desarrollo sostenido.

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