José Sacristán vuelve desde este miércoles al Teatre Romea de Barcelona con una propuesta que trasciende el tributo biográfico. El hijo de la cómica, en cartel hasta el 4 de octubre, reconstruye el universo juvenil de Fernando Fernán Gómez a partir de sus memorias El tiempo amarillo 1921-1943, pero lo hace desde un vínculo personal: el de un intérprete que conoció al homenajeado como colega, amigo y maestro. Sacristán adapta, dirige e interpreta un espectáculo en el que encarna a quince personajes vinculados a la adolescencia del escritor, cineasta y actor.
La dimensión principal de la obra no reside, por tanto, en reproducir una vida célebre, sino en trasladar al escenario la forma en que Fernán Gómez relataba esa vida. Sacristán ha explicado que pretende provocar en el público una experiencia semejante a la que él sentía al escuchar aquellas historias. Esa decisión desplaza el foco desde la imitación hacia la evocación: no busca presentar una copia del artista madrileño, sino recuperar la densidad humana, social y emocional de las voces que poblaron sus primeros años.

Quince voces para contar una época
El reto interpretativo es considerable. Sacristán asume quince figuras que orbitan alrededor del Fernán Gómez adolescente y que permiten dibujar un paisaje familiar, profesional y popular. La multiplicidad de personajes no responde solo a una exhibición actoral. Sirve para mostrar que una biografía se compone también de relaciones, trabajos precarios, conversaciones y gestos cotidianos. En ese mecanismo coral, el protagonista no aparece aislado como una figura monumental, sino integrado en una comunidad que intenta salir adelante en condiciones difíciles.
El propio Sacristán ha señalado que su mayor temor era que la sucesión de personajes derivara hacia un ejercicio de muñecos o de efectos reconocibles. La referencia, expresada con humor, revela una preocupación central: la transformación física o vocal solo tiene sentido si conserva el perfil moral y la función narrativa de cada presencia. De ahí que el actor hable de una “línea de comportamiento actoral” para cada personaje. La obra necesita distinguir voces sin convertirlas en caricaturas y emocionar sin apoyarse en concesiones sentimentales fáciles.
Su negativa a imitar literalmente a Fernán Gómez pertenece a la misma lógica. Sacristán reconoce que pueden aflorar ciertos rasgos o “ramalazos”, inevitables tras décadas de cercanía profesional y afectiva, pero sitúa el homenaje fuera del terreno de la réplica. La distancia es importante porque Fernán Gómez poseía una identidad pública muy reconocible: su manera de hablar, su ironía y su presencia podrían convertirse fácilmente en un icono. El espectáculo parece evitar esa simplificación para atender al hombre que todavía se estaba formando.
El mundo de los cómicos como punto de partida
La función comienza con imágenes y sonidos de El viaje a ninguna parte, la película que Fernando Fernán Gómez dirigió en 1986 y en la que Sacristán interpretó al cómico Carlos Galván. Esa apertura establece un puente entre dos obras y dos momentos de una relación creativa. También sitúa al espectador en el mundo de las compañías ambulantes, de los trabajadores del espectáculo que luchan por conseguir “el garbanzo” diario y que convierten el oficio en una forma de resistencia.
La elección de esa película tiene un valor más profundo que el de una cita cinematográfica. El viaje a ninguna parte retrataba a una gente sostenida por el trabajo, la incertidumbre y la necesidad de seguir representando incluso cuando el público o el dinero escaseaban. Sacristán encuentra en ese territorio una autorización simbólica para narrar los años iniciales de Fernán Gómez: ambos relatos comparten una España donde la supervivencia económica condiciona las trayectorias individuales, aunque no elimina el deseo de dignidad ni la ambición cultural.
Por eso el actor define el espectáculo como un homenaje no solo a su amigo, sino también a “un tiempo, una gente y una manera de sobrevivir”. La formulación amplía el alcance de las memorias. El pasado deja de ser mero decorado nostálgico y se convierte en materia histórica: personas de a pie que trabajan, se desplazan y se adaptan sin renunciar del todo a imaginar una vida mejor. Las referencias de Sacristán a Pío Baroja, Benito Pérez Galdós y Arturo Barea apuntan precisamente a esa tradición narrativa que entiende la historia nacional a través de existencias corrientes.
Una amistad que sostiene el relato
La cercanía entre Sacristán y Fernán Gómez explica el tono de la pieza, pero no la reduce a una memoria privada. Su amistad comenzó en el trabajo y se consolidó gracias a Emma Cohen, segunda pareja de Fernán Gómez, quien intervino con franqueza ante la timidez de ambos. A partir de entonces compartieron celebraciones de fin de año y cumpleaños. La anécdota aporta una clave de lectura: el homenaje nace de una relación prolongada, construida tanto en los rodajes como fuera de ellos, y por ello dispone de una intimidad que difícilmente tendría un retrato documental convencional.
Sin embargo, esa intimidad también exige disciplina. Sacristán debe seleccionar, ordenar y transformar recuerdos personales para que resulten comprensibles a espectadores que quizá no conocieron a Fernán Gómez ni vivieron el periodo reconstruido. La adaptación convierte la confianza en una responsabilidad artística: preservar la singularidad de la voz evocada sin encerrarla en códigos de complicidad entre amigos. El teatro ofrece una respuesta adecuada a ese desafío porque hace visible el proceso de recordar, con un actor presente que cambia de cuerpo, tono y perspectiva ante el público.
La continuidad del Romea y el valor de un repertorio vivo
Para Josep Maria Pou, director del Romea y también actor, la llegada de El hijo de la cómica confirma la confianza y la lealtad de Sacristán hacia el teatro barcelonés. El intérprete ha participado en cinco de las seis últimas temporadas de la sala, con títulos como Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes, y La colección, de Juan Mayorga. Esa continuidad no equivale a una repetición cómoda: configura un diálogo estable entre un actor de larga trayectoria, autores centrales de la literatura española y un público dispuesto a recibir propuestas basadas en la palabra y la presencia.
La nueva obra añade una capa particular a ese recorrido. Delibes y Mayorga situaban a Sacristán ante textos de otros autores; esta vez, él asume además la adaptación y la dirección de un material atravesado por su propia biografía. El resultado puede leerse como una defensa de la memoria artística entendida no como patrimonio inmóvil, sino como conversación entre generaciones. Fernán Gómez permanece en escena no mediante una estatua ni una reproducción exacta, sino a través de las personas, los oficios y las contradicciones que ayudaron a formar su mirada. Esa es la apuesta más relevante de El hijo de la cómica: recordar a un maestro devolviéndolo al movimiento de la vida.
