Seis meses después del inicio de la guerra con Estados Unidos e Israel, las evaluaciones de inteligencia estadounidenses describen a un Irán más cohesionado, más seguro de sus capacidades y dispuesto a sostener la confrontación. Los últimos ataques contra buques en el estrecho de Ormuz, tropas estadounidenses y objetivos regionales sugieren que Teherán busca mantener la presión sin precipitar, por ahora, una escalada total.
La ventaja de resistir
La lectura de Washington es que la estrategia iraní combina recursos militares todavía disponibles, capacidad de perturbación marítima y operaciones cibernéticas. Aunque ha sufrido daños severos, Irán conserva misiles y drones, ha mejorado su comprensión operativa del estrecho de Ormuz y considera ese corredor una palanca decisiva: antes de la guerra, por allí transitaba cerca de una quinta parte del petróleo mundial.

La capacidad de interrumpir ese paso marítimo ha elevado los precios de la energía y trasladado el coste del conflicto al debate político estadounidense. Funcionarios actuales y antiguos creen que Teherán calcula que una guerra prolongada, junto con la presión económica sobre los consumidores, puede debilitar el respaldo interno a la estrategia de Donald Trump antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato.
Riesgo de ampliación
Los ciberataques son otra pieza de esa estrategia. Autoridades estadounidenses atribuyen a actores vinculados a Irán ataques contra más de 100 sistemas de agua a finales de julio. No hubo pruebas de contaminación del suministro, pero sí interrupciones operativas, intervenciones manuales y avisos preventivos. Los mismos grupos han mostrado interés por infraestructuras de petróleo y gas, aunque no está claro que hayan logrado penetrarlas.
La administración Trump apuesta por sanciones y presión militar para forzar concesiones sobre Ormuz y, eventualmente, el programa nuclear iraní. Pero los informes apuntan al efecto contrario en el corto plazo: Teherán puede interpretar la presión como incentivo para endurecer su postura. La cuestión ya no es solo si Irán puede sostener ataques limitados, sino si Washington dispone de una vía política creíble para impedir que una guerra intermitente se convierta en un conflicto de desgaste.
