Festejos futboleros y basura: el costo oculto para barrenderos

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El 18 de junio de 2026, tras la victoria de México sobre Corea del Sur, la Secretaría de Obras y Servicios de la Ciudad de México recogió cerca de 40 toneladas de residuos en Paseo de la Reforma. Esta cifra equivale a tres días completos de desechos generados por el sistema Metro en 2023. Las cuadrillas habituales que antes llenaban dos o tres carritos de basura pasaron a recolectar entre 30 y 40, mientras los trabajadores enfrentaron botellas de vidrio rotas, preservativos usados, credenciales de elector y hasta 45 kilos de materia fecal humana en jardineras y áreas verdes. El patrón se repitió tras los triunfos posteriores ante Chequia y otros rivales, con hasta 800 mil personas concentradas en la zona.

La sobrecarga física y sanitaria del personal de barrido

Los barrenderos de la Sobse y los prestadores de servicio reportan un aumento drástico en lesiones por cortes con vidrio. Leonor, una de las trabajadoras entrevistadas, señaló que varios compañeros debieron retirarse temporalmente por heridas en las manos. Antes de los festejos mundialistas, la recolección de excremento humano oscilaba entre cinco y diez kilos por jornada; durante los partidos subió a 40 o 45 kilos. Esta materia fecal, combinada con orines y charcos que se acumulan en el suelo pisoteado, eleva el riesgo de infecciones cutáneas y respiratorias en un grupo laboral que carece de equipo de protección especializado para este tipo de residuos. El trabajo nocturno, que se extiende hasta las madrugadas, multiplica la fatiga y reduce el margen de maniobra para evitar objetos peligrosos.

El impacto económico también resulta medible. La contratación de tres cuadrillas adicionales de 15 personas cada una por evento representa un gasto extraordinario que la ciudad no presupuestaba de forma recurrente. Si se proyecta que México dispute al menos cinco partidos de fase de grupos más posibles eliminatorias, el costo adicional en personal y disposición final de residuos podría superar los dos millones de pesos por torneo, sin contar indemnizaciones por accidentes laborales.

Cultura del consumo y ausencia de corresponsabilidad

El comportamiento observado no se limita a la falta de botes de basura. Andrea, otra barrendera, señaló que los aficionados consumen cervezas, caguamas y shots en envases de vidrio o unicel y luego los abandonan en el asfalto o las jardineras. Esta práctica revela una disociación entre el acto de compra y la gestión del residuo. Quienes pagan por un producto en la calle no asumen la responsabilidad de transportarlo hasta un contenedor, aun cuando estos existan y el personal de limpieza los proporcione. El resultado es una externalización del costo de limpieza hacia el erario y hacia trabajadores de bajos ingresos.

Este patrón coincide con observaciones en otros eventos masivos de la capital, como conciertos en el Zócalo o marchas políticas. Sin embargo, los festejos futboleros presentan una particularidad: la alta presencia de alcohol y la euforia colectiva reducen la inhibición social que normalmente frena el abandono de desechos. La ausencia de campañas educativas intensivas antes de cada partido agrava el problema, ya que la repetición de conductas sin consecuencia refuerza la norma implícita de que “alguien más limpiará”.

Perspectivas enfrentadas entre actores involucrados

Los barrenderos coinciden en pedir mayor corresponsabilidad ciudadana, pero también reconocen que su labor existe precisamente para atender la suciedad generada. Esta postura contrasta con la de algunos aficionados que justifican el desorden como expresión legítima de alegría popular. Desde la óptica gubernamental, la Sobse ha optado por reforzar cuadrillas en lugar de implementar sanciones o sistemas de contenedores temporales visibles. Organizaciones ambientales, por su parte, señalan que el problema va más allá de la limpieza: plásticos de un solo uso y botellas de vidrio representan una carga adicional para los rellenos sanitarios y generan riesgos de microplásticos en áreas verdes urbanas.

El debate sobre medidas correctivas expone tensiones. Proponer multas por tirar basura choca con la dificultad de identificación individual en aglomeraciones de cientos de miles de personas. Campañas de concientización, aunque menos costosas, han demostrado baja efectividad cuando no van acompañadas de infraestructura visible y presencia de contenedores en los puntos de mayor consumo. Un enfoque intermedio, probado en ciudades como Bogotá durante partidos de la selección colombiana, combina contenedores temporales con voluntarios que entregan bolsas a los asistentes antes del evento.

Riesgos proyectados y escenarios futuros

Si el calendario de competiciones internacionales se mantiene denso, la frecuencia de estas concentraciones aumentará. Cada evento añade presión sobre una plantilla de barrenderos ya limitada: en 2023 existían 2 064 personas asignadas al barrido manual en vialidades primarias, de las cuales solo 165 dependían directamente del gobierno local. La dependencia de prestadores de servicio externos dificulta la estandarización de protocolos de seguridad y la provisión de equipo adecuado para residuos biológicos.

El riesgo más inmediato sigue siendo la integridad física de los trabajadores. La presencia de vidrio roto en zonas de alta densidad también eleva la probabilidad de incidentes entre los propios aficionados durante riñas nocturnas. A mediano plazo, la acumulación repetida de materia orgánica y plásticos en jardineras puede alterar la calidad del suelo y afectar la vegetación del corredor de Reforma, uno de los espacios públicos más emblemáticos de la ciudad. Sin cambios estructurales, el ciclo de sobrecarga laboral, gasto público reactivo y deterioro ambiental se consolidará como norma cada vez que México dispute partidos de alto perfil.

Una alternativa viable consiste en integrar la gestión de residuos al propio diseño de los festejos: contenedores estratégicos, campañas en redes sociales con mensajes de hinchas reconocidos y, sobre todo, la colocación de bolsas distribuidas por voluntarios antes de que comience la celebración. Estas medidas no eliminan la necesidad de limpieza posterior, pero reducen la magnitud del problema y envían una señal clara de corresponsabilidad compartida entre autoridades, aficionados y trabajadores de servicio público.

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