A inicios del siglo XX el espiritismo ocupaba páginas enteras de diarios como El Imparcial, donde se debatía su estatus entre ciencia incipiente y posible fraude. Aquella cobertura reflejaba un momento en que México buscaba respuestas racionales a preguntas sobre la vida después de la muerte, mientras la prensa alertaba sobre charlatanes que aprovechaban la inquietud popular. La doctora Dulce Adame González recuerda que el espiritismo moderno, nacido en Francia en la década de 1850, llegó al país como una corriente que pretendía explicar fenómenos invisibles mediante observación y método, no como mera superstición.
El interés mexicano por estas ideas coincidió con la expansión de la prensa y el auge de sociedades científicas. Los lectores encontraban en las columnas de El Imparcial advertencias sobre la diferencia entre experimentos controlados y prácticas de adivinación que prometían resolver problemas amorosos o económicos. Esa distinción inicial se diluyó con el tiempo, pero dejó huella en la forma en que el cine y la literatura retomaron el tema décadas después.
Del discurso científico al imaginario de terror
Durante el siglo XIX el espiritismo proponía una síntesis entre moral cristiana y lenguaje experimental. Sus defensores argumentaban que las mesas parlantes o la escritura automática podían someterse a verificación, igual que cualquier otro fenómeno natural. Sin embargo, la misma prensa que reportaba estas sesiones también vinculaba a sus practicantes con brujos y yerberas de barrios populares, creando una narrativa ambigua que asociaba conocimiento oculto con engaño. Esta tensión explica por qué, en la cinematografía mexicana de mediados del siglo XX, las representaciones oscilaron entre la crítica social y el espectáculo de lo sobrenatural.

La película Espiritismo (1961) de Benito Alazraki ilustra ese viraje. En su primera mitad recrea sesiones con fenómenos controlados y dudas racionales; en la segunda introduce una mano de mono disecada que concede deseos, desplazando el relato hacia la brujería. El guion no solo entretiene: revela cómo el espiritismo, al perder su pretensión científica, fue absorbido por códigos del terror que ya circulaban en Hollywood. El resultado es una cinta que, sin proponérselo, documenta el proceso mediante el cual una corriente filosófica se convirtió en fuente de miedos colectivos.
Influencia en la producción cinematográfica nacional
El caso de La tía Alejandra (1978) de Arturo Ripstein muestra otra vía de impacto. La cinta adapta un cuento de Delfina Careaga y mezcla prácticas espiritistas populares con elementos de brujería doméstica. Ripstein declaró que buscaba un filme entretenido y sin pretensiones; sin embargo, la atmósfera creada con banda sonora y efectos de sonido mínimos influyó en el ciclo de películas de demonios que dominó la cartelera mexicana de los años setenta. Esta producción demuestra que el espiritismo, al integrarse al cine de bajo presupuesto, amplió el repertorio de géneros accesibles a directores independientes y contribuyó a la formación de un público habituado a narrativas de lo oculto.
Otra obra relevante es En la palma de tu mano (1951) de Roberto Gavaldón. El personaje interpretado por Arturo de Córdova se presenta como astrólogo y quiromántico, aunque en realidad estafa a sus clientes. La película explota la charlatanería como crítica social y, al mismo tiempo, consolida la imagen del espiritismo como escenario propicio para el drama moral. Su éxito comercial alentó a productores posteriores a reutilizar el motivo del médium falso, patrón que se repite en varias cintas de la época de oro y que aún hoy aparece en producciones de streaming ambientadas en el México del siglo pasado.
Repercusiones sociales y culturales a largo plazo
La advertencia de El Imparcial en 1903 sobre charlatanes que ocupaban el lugar de antiguos brujos anticipa un fenómeno persistente: la desconfianza institucional hacia prácticas que prometen conocimiento del futuro. Esa sospecha se tradujo en regulaciones dispersas y en una narrativa periodística que, hasta la fecha, distingue entre espiritismo “serio” y mercantilismo ocultista. El efecto en la sociedad mexicana ha sido doble: por un lado, ha reforzado la autoridad de la ciencia oficial; por otro, ha mantenido viva una demanda popular de explicaciones que el discurso médico o religioso no siempre satisface.
En el ámbito literario, la distinción que establece Adame González entre obras que difunden la doctrina y aquellas que solo emplean sus tópicos como recurso estético sigue vigente. Novelas contemporáneas que recrean sesiones de espiritismo en el Porfiriato suelen hacerlo para explorar tensiones entre modernidad y tradición, no para defender la existencia de los espíritus. Este uso narrativo demuestra que el espiritismo, aunque desacreditado como pseudociencia, conserva valor como lente para examinar conflictos históricos y sociales que aún no se han resuelto.
El ciclo de proyecciones organizado por la Sociedad Teosófica en México, donde recientemente se discutió La tía Alejandra, indica que el interés académico y cultural persiste. Estos espacios permiten reinterpretar las películas no solo como productos de entretenimiento, sino como documentos de una época en que México negociaba su relación con lo invisible. La continuidad de tales foros sugiere que el espiritismo, despojado de su pretensión científica original, sigue operando como catalizador de reflexión sobre los límites del conocimiento racional y las necesidades simbólicas de la sociedad.
