El escritor francés Mathias Enard, ganador del Premio Goncourt por su novela Brújula, publica Norte, primer volumen de una proyectada tetralogía de los puntos cardinales. El libro abandona la ficción para relatar un paseo invernal por Brandeburgo que convierte el paisaje en materia de reflexión sobre fronteras geográficas, históricas y literarias.
La acción transcurre en las inmediaciones de Berlín durante un atardecer de otoño. Enard camina sin destino fijo, visita a una amiga ingresada en la clínica de Beelitz tras un accidente cerebrovascular y deja que el pensamiento divague entre lagos, ruinas y referencias culturales. El texto, traducido por Robert Juan-Cantavella, mantiene la frase larga y sinuosa característica del autor.
De la novela a la caminata reflexiva
Enard, conocido por ambientar sus ficciones en el Mediterráneo y Oriente Próximo, cambia de registro y de geografía. Norte prescinde de trama y personajes para adoptar la forma del paseo digresivo. El autor emplea la melancolía personal como punto de partida, pero la mantiene en segundo plano, al modo en que W. G. Sebald utilizaba sus fotografías borrosas: como contraseña que abre otras puertas temáticas.
El sanatorio de Beelitz, antes el mayor centro europeo para tuberculosos y luego hospital militar soviético, concentra la historia del siglo XX en Brandeburgo. Enard recorre sus ruinas invadidas por la maleza y los Trabant abandonados, conectando la Gran Guerra, el periodo soviético y el presente turístico sin caer en sensiblería.
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Fronteras visibles e invisibles
El concepto de frontera vertebra el volumen. Enard examina la línea que separó el alemán del polaco al este del Oder, la división de Europa durante la Guerra Fría y la más amplia separación entre vida y muerte. Un roble plantado en honor del káiser sirve para ilustrar cómo un solo tronco puede contener siglos de historia. La frontera entre sueño y vigilia, entre literatura y realidad, también aparece tratada con la misma atención.
El autor establece un diálogo constante con la tradición romántica alemana. Caspar David Friedrich, Robert Walser, Johann Wolfgang von Goethe y Georg Büchner desfilan por las páginas junto a referencias cinematográficas como el ángel de Wim Wenders. La partitura secreta del libro es Viaje de invierno de Schubert y Wilhelm Müller, cuya cercanía biográfica —ambos murieron con pocos meses de diferencia por la misma enfermedad— sirve de cierre simbólico.
Crítica al turismo y memoria histórica
Enard no renuncia al tono satírico. El teleférico turístico bautizado “Árbol y Tiempo” le permite ironizar sobre el capitalismo romántico que convierte ruinas y sufrimiento ajeno en mirador panorámico por diez euros. La crítica se formula con elegancia y sin perder la distancia analítica.
En el capítulo más grave, el escritor aborda, siguiendo a Sebald, el silencio con que la posguerra alemana enterró a sus propios muertos. Las ciudades destruidas por los bombardeos de Bomber Harris —Hamburgo, Dresde, Maguncia— regresan como crímenes nunca juzgados. Enard contempla esa historia sin coartadas ni sentimentalismo.
Primera entrega de una tetralogía
Norte constituye el prólogo de cuatro volúmenes dedicados a los puntos cardinales. La traducción conserva la musicalidad de la prosa original y permite que la erudición respire como indagación moral más que como exhibición de cultura. El libro confirma la capacidad de Enard para transformar el deambular sin destino en una exploración de la memoria europea contemporánea.
La obra llega en un momento en que el debate sobre fronteras —geográficas, políticas y culturales— vuelve a ocupar el centro de la discusión pública en Europa. Enard aporta una perspectiva literaria que evita tanto el panfleto como la nostalgia estetizante.
